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jueves, 26 de septiembre de 2013

El Romanticismo. Origen y tendencias




Digámoslo en voz alta. Ha llegado el tiempo en que la libertad, como la luz, penetrando por todas partes, penetre también en las regiones del pensamiento. Es preciso inutilizar por inservibles las teorías, las poéticas y los sistemas. Hagamos caer la antigua capa de yeso que ensucia la fachada del arte. No debe haber ya ni reglas ni modelos.
Víctor Hugo, Prefacio a Cromwell

Ciertamente, el Romanticismo, en lo que se refiere a su relación con las artes, puede entenderse como una corriente estética que recorre buena parte de Europa entre los últimos años del siglo XVIII y 1850. Se trata, por ello, del reflejo artístico de las convulsiones que sufrió la sociedad occidental al pasar del régimen estamental al estado burgués, si bien, no podemos concluir que el resultado de esta situación fuera único. La crítica acostumbra a distinguir dos tipos esenciales de Romanticismo.
Johann Gottfried von Herder
Descubrimos en la Alemania de finales del siglo XVIII el núcleo embrionario del primero de ellos. El grupo Sturm und Drang (“tempestad y pasión”, título de un drama de Blinger estrenado en 1777) emprenderá una denodada cruzada contra lo que consideraba un exceso racionalista en el llamado siglo de las luces. Debemos a uno de los mayores representantes de este grupo, Johann Gottfried von Herder, buena parte de las ideas básicas que determinarán el posterior desarrollo del romanticismo literario. El particular modo de contemplar la evolución de la Historia por parte de este filósofo alemán, para quien el historicismo consistía en una actitud individualizadora que daba especial importancia a las condiciones temporales y locales de la existencia humana, determinará, en buena medida, el concepto de volkgeist, espíritu del pueblo. Interesará, en literatura, investigar como este volkgeist se concreta en las fuerzas creativas de cada nación, las cuales, le serán privativas. Para Herder, en el caso particular de Alemania, se hacía necesario retornar a las fuentes originales para poder reencontrar y reactivar esas fuerzas creativas autóctonas.
Las ideas herderianas, convenientemente azuzadas por los ejércitos napoleónicos y sus pretensiones imperialistas, encontrarán eco, a principios del siglo XIX, en los estudios de los hermanos Schlegel.
Para Friedrich Schlegel el patrimonio literario de un pueblo sería de la mayor importancia para establecer su identidad nacional, pues precisamente esta encontraría su base en esas manifestaciones literarias primigenias y autóctonas.
August Wilhelm von Schlegel
Por su parte, August Wilhelm Schlegel establecerá, tal y como recuerda Derek Flitter en su ya clásico libro Teoría y crítica del romanticismo español, que cada pueblo dispone de su propio espíritu artístico, lo cual le conducirá a plasmar de un modo particular su visión nacional-individual de la existencia. Consecuentemente, el clasicismo, esencialmente universal y racional, no resulta adecuado, dados sus efectos uniformadores, para la plasmación de ese espíritu artístico. Las particularidades de cada pueblo justifica el rechazo de las medidas igualadoras derivadas de la ilustración francesa, formalmente subliminadas en las reglas seudoarístotélicas. Igualmente, debemos a August Schlegel la distinción entre Clasicismo y Romanticismo. Para este filólogo alemán, el Clasicismo era esencialmente pagano, sensual y cívico. Frente a él, el Romanticismo era cristiano, espiritual e individual. Se consolidará, de este modo, lo que la crítica ha dado en llamar, en contraposición al denominado Romanticismo liberal, Romanticismo conservador o histórico. Podemos situar en esta vertiente de la colina romántica, tomando la imagen de Dámaso Alonso, a autores como Madame Stäel, Chateubriand o José Zorrilla.
Victor Hugo
En la colina opuesta, tal y como señala Jaime Vicens Vives en el artículo “El Romanticismo en la Historia”, el movimiento romántico, en lo que tiene de negación de la filosofía racionalista del siglo XVIII, será “superpuesto al reformismo liberal (de finales de siglo), prestando alas al individualismo político y estimulando la idea de libertad que aquél hacía consustancial con su doctrina”. De este modo, Víctor Hugo, en el Prefacio a su obra Cromwell, no dudará a la hora de proclamar el advenimiento de una nueva era de libertad. Junto al mencionado dramaturgo francés, ocuparán un lugar privilegiado en este Romanticismo liberal Byron y Espronceda.
Tal y como apuntan Felipe B. Pedraza y Milagros Fernández Cáceres, Las épocas de la literatura española, no debe sorprendernos esta polaridad propia del Romanticismo. Recordemos que este movimiento literario surge en una época de inestabilidad política y económica. La burguesía, que a lo largo del siglo XVIII ha ido alcanzando progresivamente cotas de poder, estará, al finalizar la centuria, en disposición de llevar a cabo el asalto definitivo a los bastiones del antiguo régimen.
Dejando a un lado el hecho paradójico de que, hasta cierto punto, el Romanticismo es a un tiempo réplica y culminación de los ideales ilustrados, resulta comprensible que esta inestabilidad social y también emotiva, alcanzara por igual a los dos grupos enfrentados. Ambos coincidirán en la común negación de la razón, exaltando, si bien en direcciones opuestas, lo sentimental.
Pese al carácter proteico que hemos descubierto en el Romanticismo, Wellek, Conceptos de crítica literaria, propone tres criterios que discriminan a los escritores románticos de los de otras épocas: “la imaginación para la idea de poesía, la naturaleza para la idea del mundo y el símbolo y el mito para el estilo poético”. Por su parte Bousoño, Épocas literarias y evolución. Edad Media, Romanticismo, época contemporánea, señala como “foco irradiante del romanticismo […] el sentimiento individualista” que se manifiesta con especial agudeza; de él derivan los rasgos esenciales de esta tendencia: color local, irracionalismo, historicismo, subjetivismo, inspiración, impulsos de libertad y conciencia social entre otros. No obstante, lo afirmado por el profesor asturiano no parece alejarse demasiado de lo que ya en fecha tan temprana como 1854 estableciera Jerónimo Borao en Romanticismo. Para este autor el Romanticismo podía definirse como un movimiento artístico en el cual sus seguidores expresan “lo que se presenta con aire extraño, lo que afecta de un modo enérgico a la imaginación, lo que se aparta por su naturaleza de las impresiones vulgares a costa a veces de la verosimilitud, lo que ofrece sentimientos excéntricos, rasgos puntillosos, personajes demasiado audaces o comprometidos.”

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