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domingo, 14 de enero de 2018

Nacimiento y evolución medieval del castellano


Resulta complejo establecer de manera inequívoca en qué momento y lugar surge la lengua que podemos denominar castellano. Solo podemos afirmar a modo de hipótesis que el idioma se encontraría plenamente constituído cuando los hablantes de ese sistema no fueran capaces de comprender plenamente lo escrito en latín. 

Un ejemplo ilustrativo de esta situación parece reflejarse en las llamadas glosas silenses y emilianenses. La necesidad sentida por un escribano, sin lugar a dudas culto, de aclarar al margen de un texto el sentido de algunas palabras latinas, evidencia que en ese momento la lengua empleada en el intercambio cotidiano era un romance. Así pues, a la altura del siglo X, lo que no descarta que el proceso fuera anterior, los romances estarían plenamente constituidos.

Este proceso, no obstante, habría comenzado mucho antes. Justo en el momento en que el latín se asentó en la Península. En ese instante el idioma comenzó a experimentar un proceso evolutivo que afectó al sistema en sus distintos niveles.

A nivel fonológico cabría estudiar la evolución del sistema vocálico latino. Así, la pérdida del valor fonológico de cantidad, ya en el latín vulgar, será sustituído por el de timbre, lo cual provocó la reducción del sistema vocálico de siete elementos a los cinco que configuran el sistema vocálico del castellano. En este punto, en combinación con otros fenómenos, tendrá una importancia radical la metafonía, es decir, la cerrazón asimilatoria de las vocales debida a la anticipación de la articulación de un fonema más cerrado o una semiconsonante que les seguía. 

Por su parte, el sistema consonántico latino pasaría en su casi totalidad al castellano medieval y, de este, al castellano moderno. No sobrevivirían ni las consonantes geminadas latinas y ni tampoco la h aspirada latina. 

No obstante, el sistema consonántico se vería incrementado por la creación de todo un orden de consonantes palatales y alveolares así como por la aparición de nuevos fonemas fricativos.

En la creación de todas estas consonantes jugará un papel capital la lenición, un conjunto de procesos que implica el debilitamiento de las consonantes latinas intervocálicas como resultado de la inicial simplificación de las geminadas latinas, oclusivas, fricativas y líquidas, la posterior sonorización de las oclusivas y fricativas sordas, la fricativización de las oclusivas sonoras para distinguirse de las sonorizadas y, finalmente, la desaparición de las fricativas. 

Este proceso, resultado según diferentes teorías de la presencia de un substrato de base celta o paracelta o por la evolución fonético-sintáctica propia del sistema, provocaría, la aparición de nuevos grupos consonánticos romances que no existían en latín. 

No obstante, el sistema fonológico resultante se sentiría como inestable y experimentaría durante la Edad Media toda una serie de transformaciones. 

Entre estos procesos destaquemos, en primer lugar, el betacismo, proceso que supuso el mantenimiento, hasta el siglo XV, al menos en posición intervocálica, de la distinción entre el fonema oclusivo bilabial sonoro y el fonema fricativo bilabial sonoro. Después de esta fecha la neutralización entre ambos fonemas será completa en todos los contextos.

Igualmente, durante la Edad Media, se producirá un proceso de reajuste de la F- inicial latina que le llevará a su desaparición en la mayoría de los contextos.

Especialmente significativo será el reajuste del subsistema de las consonantes sibilantes. Este proceso tendrá lugar durante el denominado Siglo de Oro, como resultado de la imposición del modelo lingüístico del norte peninsular que había dado solución a los desequilibrios fonológicos medievales con escaso rendimiento funcional.

Esto supuso la inicial desafricación de las consonantes y posterior ensordecimiento de los pares de fonemas involucrados en el proceso: fricativas dentoalveolares y apicoalveolares. En el sur peninsular el resultado no fue completo dando lugar al seseo y al ceceo. Como consecuencia de la desafricación y posterior ensordecimiento de las consonantes sibilantes se obtuvieron tres fonemas: un fonema fricativo dental sordo, un fonema fricativo alveolar sordo y un fonema fricativo prepalatal sordo. En el norte peninsular, para mantener el citado equilibrio como ya se ha mencionado, la fricativa dental se hará interdental mientras la fricativa prepalatal se volverá velar manteniendo unas distinciones fonológicas claras. 

Toda esta serie de reajustes fonológicos medievales provocaría que el sistema alfonsí entrara en quiebra. Durante el siglo XVIII se propondría una reforma ortográfica que se concretaría en la Ortographia de 1741. Esta ortografía, que se encuentra en la base de las ortografías posteriores, se basará en los principios de pronunciación, etimología y fuerza de la costumbre. 

No obstante, los cambios experimentados por el sistema no se limitarán al nivel fonológico de la lengua. Así, se produjo un proceso analítico provocado por la desaparición de la distinción de casos latinos. Esto implicó el desarrollo de estructuras analíticas que sustituían la distinción funcional mantenida por la morfología latina. En paralelo a estos procesos se llevó a cabo un proceso de síntesis que provocó, por ejemplo, la aparición de nuevos tiempos verbales, como las actuales formas de futuro simple.

En cuanto al léxico, muchos y variados han sido los cambios que ha experimentado el mismo. Ya hemos visto que a lo largo de su historia el idioma a adoptado términos provenientes de otras lenguas con lo que ha visto incrementado su caudal léxico. Por otro lado, muchos términos han visto incrementado o delimitado su significado al tiempo que no pocos han visto cómo se modificaba su sentido.

Influjo de las lenguas de superestrato en el castellano



Tras la asimilación por parte de la población peninsular de la lengua latina y su posterior evolución, la naciente lengua recibirá el influjo de otros códigos lingüísticos que contribuirán positivamente a la configuración de la lengua tal y como hoy la conocemos. Obviamente, el repaso que se presenta a continuación es meramente orientativo, pues el influjo producido por otras lenguas se mantiene hasta el día de hoy.

Superestrato germánico

Con la caída del Imperio Romano en el siglo V pueblos del norte, de origen germánico, ocuparán el sector occidental del mismo. Con este hecho se acentuarán las diferencias lingüísticas al quedar los territorios ocupados por diferentes pueblos germánicos aislados unos de otros, iniciándose así las divergencias lingüísticas que darán origen a las distintas lenguas romances. 

No obstante, como apunta Rafael Lapesa, Historia de la Lengua Española, estos pueblos estarían considerablemente romanizados, lo que explica que en la mayoría de los casos no se produjera una sustitución lingüística si no una influencia. 

Entre los pueblos germánicos que tendrían presencia en la Península estarían los vándalos o los suevos. Los primeros, asentados en el sur peninsular, serían rápidamente superados por los bizantinos. Los suevos por su parte, que ocuparían el norte, serían sustituidos por los visigodos, pueblo originario del sur francés que tras ser expulsado por los francos se asentarán en el territorio hispano. En el 507 los visigodos dejarán su capital en Tolosa para situarla primero en Barcino y más tarde en Toletum, ya en territorio peninsular. 

El influjo lingüístico de los visigodos fue relativo, quedando muestras del mismo tanto en la antroponímia, como en la toponímia (Toro). En el resto de los ámbitos su influjo se circunscribe a determinados ámbitos como el de la guerra (estaca, aspa, espía) o la agricultura.

Superestrato árabe

En el año 711 d.C. tropas musulmanas cruzarán el estrecho de Gibraltar ocupando casi todo el territorio en un periodo de tiempo relativamente breve, manteniéndose en el norte pequeños territorios cristianos.

Los primeros invasores eran en su mayoría de origen bereber y darán comienzo a un proceso de islamización que no estaría concluido hasta el siglo X. No obstante, no se produciría una completa sustitución lingüística sino que, la nueva situación socio-político, provocó un complejo fenómeno diglósico.

Así, en el territorio ocupado por los musulmanes, se mantuvo una población que utilizaba el mozárabe, una lengua de base romance. En este mismo territorio, la población musulmana emplearía un árabe hispano, de carácter popular, que se opondría al árabe clásico empleado en el ámbito de la cultura. 

Por su parte, en el norte, los diferentes reinos darán origen a lenguas diferentes de base romance al tiempo que mantendrán el uso del latín para los ámbitos propios de la cultura, la religión o la administración.

A esta diversidad lingüística cabría añadir la presencia en todo el territorio de hablantes de la lengua hebrea que la emplearían, principalmente, como lengua de cultura y en la liturgia.

Entre las influencias lingüísticas más reseñables de la lengua árabe podemos mencionar la presencia del sufijo “-í” para denotar procedencia, la lexicalización y gramaticalización del artículo “al/a” y la influencia, según Menéndez Pidal, Manual de Gramática Histórica del Español, en la palatalización del fonema fricativo alveolar sordo en posición inicial “SALONEN>jalón”.

No obstante, donde más significativo resultó el influjo del árabe fue en el léxico: “mezquino”, “alcalde”, “atalaya”.

Otros influjos

Otras muchas lenguas han influido en la evolución del castellano. En general, estas influencias se han centrado en el léxico.

De este modo, es posible rastrear el influjo de la lengua francesa en la lengua castellana, los denominados galicismos. Desde la Edad Media encontramos términos como “mansión”, “hotel” u “homenaje”.

Otras lenguas europeas han influído en el léxico del castellano: el italiano: “belleza”, “fachada”, “florín”; o del inglés, los denominados anglicismos: “módem”, “ratón”, “camping”.

Otra importante fuente de vocablos serían las lenguas amerindias precolombinas, que, tras la llegada de los españoles a América, contribuirán a incrementar considerablemente el caudal léxico del idioma.

La romanización de la Península Ibérica



La romanización supuso un lento proceso por el cual se asimilaron las estructuras socio-políticas, administrativas y lingüísticas del Imperio Romano. Este proceso, estará determinado por diversas circunstancias. Así, desde el punto de vista diatópico y diacrónico, serían las regiones de la Tarraconensis y de la Bética las primeras en recibir el influjo de la cultura romana. De igual modo, desde un punto de vista diastrático, la romanización será más intensa entre los miembros pertenecientes a las clases altas de la sociedad.

La conquista de la Península Ibérica daría comienzo en el año 218 a.C. y no concluiría hasta el año 19 a.C. En términos generales, esto supondrá un proceso de romanización temprano en términos históricos, lo cual explica el conservadurismo del latín hablado en el territorio. 

La sustitución de las lenguas autóctonas por la lengua latina tuvo su comienzo con la inclusión en el ejército imperial de mercenarios autóctonos que, al licenciarse, recibían la ciudadanía romana y comenzaron a asentarse en territorios de la Bética y la Tarraconensis formando colonias que adoptando el modo de vida romano.

En el resto de la Península el proceso fue mucho más lento y la romanización no sería completa hasta el siglo I a.C. manteniéndose durante un amplio periodo de tiempo una situación diglósica que comenzaría a remitir con la generalización del cristianismo.

Recordemos, no obstante, que el latín que se asienta en la Península es su variedad oral, es decir, el latín vulgar con todas sus peculiaridades diastráticas y diatópicas. En esencia, el castellano, como el resto de lenguas romances peninsulares, heredará de esta lengua la mayor parte de su sistema fonológico y su estructura gramatical.

miércoles, 10 de enero de 2018

El origen e influencias en el castellano: lenguas de substrato



Como el gallego, el portugués o el catalán, el castellano es el resultado de la evolución en la Península Ibérica del latín vulgar. No obstante, la situación actual del idioma es el resultado de una serie de condicionantes socio-políticos. En su expansión hacia el Sur durante la denominada Reconquista el castellano ocupó mucho más territorio que las otras variedades romances peninsulares. 

Influencia de lenguas prerromanas

Con anterioridad a la conquista de la Península Ibérica por las tropas del Imperio Romano las lenguas preindoeuropeas habladas en el territorio fueron paulatinamente sustituidas por variedades indoeuropeas. Hoy en día no podemos establecer con absoluta certidumbre cuándo estas lenguas se asentaron en la Península pero los datos de carácter arqueológico parecen apuntar a que los primeros asentamientos de estos pueblos datarían, aproximadamente del siglo XV a.C.

En todo caso, sobre lo que sí no tenemos dudas es que cuando da comienzo la romanización en la Península todavía existían comunidades lingüísticas de habla preindoeuropea.

Entre estas comunidades estarían los íberos, pueblo que contaba con una lengua que hoy en día todavía sigue sin ser plenamente comprendida. 

Igualmente, los íberos contaban con un arte significativamente evolucionado y una escritura de base fenicia y alfa-silábica. Encontramos rastros de esta lengua en ciertos topónimos que incluyen el prefijo “il-”

También tiene un origen preindoeuropeo el vasco. Esta lengua recibirá un tratamiento más detallado más adelante pero por el momento apuntemos como influencias de esta lengua en el castellano la presencia de determinados vocablos como “izquierda” o “chaparro”. Más controvertido es el influjo fonético que provocaría la desaparición en castellano de la “F.-” inicial latina.

Entre los pueblos indoeuropeos asentados en el territorio peninsular con anterioridad a la llegada de los romanos destacaremos aquellas comunidades de origen celta o paracelta. Las lenguas habladas por estos habitantes dejarían evidentes muestras en nuestra onomástica, epigrafía y toponímia. Así, los topónimos que presentan el prefijo “seg- “ o el sufijo “-briga” tendrían esta procedencia.

Igualmente, se considera que será este substrato lingüístico el que condicionará la sonorización de las consonantes intervocálicas sordas así como la evolución del grupo consonántico latino “-KT-” a “-it-”. 

No obstante, es preciso señalar que en el estudio de las lenguas de substrato nos movemos en todo caso en el campo de las hipótesis. Carecemos ciertamente de datos y pruebas concluyentes que permitan establecer el carácter irrefutable de las aseveraciones aquí realizadas.

jueves, 10 de enero de 2013

Contexto histórico de la generación del Novecentismo y las Vanguardias (1914-1939)




El breve periodo de tiempo comprendido entre 1915 y 1939 resultará especialmente convulso tanto en lo literario como en lo político.
En menos de un cuarto de siglo Europa asistirá al estallido de la guerra europea (1914-1918), al triunfo de la revolución rusa (1917) y al ascenso del fascismo en Italia (1922) y en Alemania (1932).
España, como no podría ser de otro modo, se convertirá en un espejo que, a un tiempo, asimilará el reflejo de lo que ocurre más allá de sus fronteras y devolverá a Europa la imagen de las graves tensiones que experimentaba en sus propias carnes y, que pronto, el continente habría de sufrir.

Los últimos estertores de la Restauración (1915-1923)

La Restauración, desde el Desastre de 1898, venía acumulando una serie de tensiones que, aderezadas por la inestabilidad política que sufría Europa, desencadenarían conflictos de compleja solución. Esto provocará que el sistema de alternancia política, imperante desde 1875, se tambalee.
Sin duda, los problemas nacionales, tales como la expansión colonial en Marruecos; la existencia de un ejercito anticuado, con excesivos mandos y mal preparado; el aumento de la población proletaria, con una creciente toma de conciencia de clase, y el auge de los regionalismos, contribuyeron a inestabilizar al régimen pero, sin embargo, fue el estallido de la guerra europea en 1914 el acontecimiento que más influiría en el comienzo del fin de la Restauración.
La guerra europea supuso para España el surgimiento de un mercado exterior ávido de mercancías. Su neutralidad le permitía abastecer a ambos bandos, y los industriales y grandes terratenientes no dejaron escapar esta oportunidad. España experimentará en estos años un importante desarrollo, pero este no dejó sentir sus bondades en todas las capas sociales por igual. La oligarquía propietaria acumuló los beneficios, sin redistribuir los mismos entre los sectores más amplios de la sociedad española. De este modo no fue posible crear un mercado interno capaz de, terminada la guerra, asimilar la producción industrial que , desaparecida la demanda exterior, resultaba excesiva.
Como consecuencia del final de la guerra las tasas de desempleo experimentaron un importante incremento. Las masas de proletarios, cada día más concienciados y organizados, se enfrentarán al ejército y a los burgueses nacionalistas, los cuales, temerosos de perder sus privilegios, se opondrán a cualquier intento de avance social. La tensión aumentará hasta límites insoportables, desembocando en el llamado pistolerismo que asolará Barcelona entre 1919 y 1929.
La debilidad de los gobiernos liberales y conservadores que se alternaban en el poder, la creciente tensión social y los continuos fracasos en la campaña de Marruecos (el más significativo de los cuales sería el denominado desastre de Annual en 1921) se convertirán en los pilares sobre los cuales habría de elevarse, en 1923, la figura autoritaria del general José Antonio Primo de Rivera.  


La Dictadura de Primo de Rivera

En 1923 José Antonio Primo de Rivera da un golpe de estado y toma el poder al frente de un directorio militar que se mantendría en el gobierno hasta 1925, fecha en la que, manteniéndose Primo de Rivera en la jefatura del gobierno, lo sustituirá un directorio civil. 
El golpe de estado triunfa, entre otras razones, porque los gobiernos conservadores y liberales de la Restauración habían perdido su escasa legitimidad. Incapaces de acabar con el pistolerismo e inoperantes a la hora de aplacar las pretensiones obreras, el ejército, consciente de sus propios y graves problemas y contando con el apoyado de la burguesía conservadora, tomará el poder.
La idea original de Primo de Rivera era instaurar un sistema corporativista al estilo italiano que terminara con la política partidista anterior. Sin embargo, la dictadura nunca contó con el apoyo popular y consecuentemente con la necesaria legitimidad. Por otra parte, no supo dar solución a los problemas endémicos que venía sufriendo la sociedad española y esto impidió que el régimen se perpetuara.
El nuevo gobierno intentó pacificar los distintos grupos de presión otorgándoles beneficios y procuró congelar los conflictos sociales llevando a cabo una ambiciosa política de obras públicas.
Sin embargo, la crisis económica de 1929 evidenciaría las debilidades del régimen obligando a Primo de Rivera a poner su cargo a disposición de sus compañeros de gobierno, los cuales aceptaron su renuncia. El 30 de enero de 1930 el rey encargará la jefatura del estado a Dámaso Berenguer, quien intentará regresar a la situación anterior al golpe de estado, pretensión imposible de llevar a cabo pues la monarquía había malbaratado su legitimidad al apoyar el golpe de Primo de Rivera. A finales de este mismo año, en Jaca, los oficiales Fermín Galán y José García Hernández llevarán a cabo un frustrado golpe de estado republicano, evidenciando lo insostenible de la situación.
En febrero de 1931 el general Aznar sustituirá a Berenguer. Su mandato no llegará a los dos meses.



(El Golpe de Estado de Primo de Rivera por Arturo Barea. Texto.)

La Segunda República

Las elecciones municipales de abril de 1931 dan un importante triunfo a las partidos republicanos. El rey, ante la evidencia de la voluntad popular, abandona España y deja el gobierno en manos de un comité surgido de los llamados "Pactos de San Sebastián". Quedaba así instaurada de manera pacífica la Segunda República española.
La República, desde su origen, debió enfrentarse a graves problemas, consecuencia de su propio éxito. Por un lado, debía saber manejar a los sectores más reaccionarios de la sociedad española que miraban con recelo el nuevo sistema de gobierno. Por otro, debía lidiar con sus propios acólitos, sedientos de reformas estructurales que, en determinados casos, podrían resultar contraproducentes. Por si intentar conciliar recelos y esperanzas no fuera suficiente, la República debía enfrentarse al estallido de los conflictos sociales que durante la Dictadura habían permanecido latentes. 
El gobierno surgido de las elecciones constituyentes, de mayoría socialista y radical, no pudo o no supo llevar al parlamento los problemas sociales que se vivían en las calles del país. En poco tiempo, el gobierno, presidido por Azaña, hubo de enfrentarse al golpe de estado del general Sanjurjo y a la insurrección cenetista en Andalucía, la cual se saldaría con el brutal asesinato de los amotinados en Casas Viejas.
En 1933 ganarán las elecciones las fuerzas coaligadas de derechas (CEDA) dando comienzo a lo que se conocería como "bienio negro". Las posturas se radicalizaron en 1934 se produjo una intentona revolucionaria que sería duramente reprimida.
Los sectores más conservadores de la sociedad española, recelosos de una República que nunca habían visto con buenos ojos, confabularán para llevar a cabo un golpe de estado. Mientras tanto, se convocan elecciones en febrero de 1936, las cuales serán ganadas por el Frente Popular, coalición de partidos de izquierda. Las derechas no podían aguardar más.


La guerra civil

El 17 de Julio de 1936 el ejército de Marruecos se levantará en armas contra la República, al día siguiente lo harán diferentes guarniciones en la Península quedando, de este modo, España dividida en dos zonas enfrentadas militarmente. Castilla la Vieja, León, Galicia, parte de Andalucía y de Aragón, La Mancha, Navarra, Álava, Guipúzcoa, las islas y el protectorado marroquí cayeron en manos de los sublevados, estabilizándose los frentes en la sierra de Madrid, la cornisa cantábrica y Aragón. 
Las fuerzas nacionales, nombre que recibieron los sublevados bajo el mando del general Francisco Franco, gozaron en todo momento de una mayor organización y mejores medios, lo cual resultaron decisivos en el transcurrir de la guerra.
El bando republicano, desorganizado y dividido, carente del apoyo de las potencias democráticas europeas, no pudo resistir el empuje militar del bando nacional.
La guerra finalizaría, tras la toma de Madrid por las fuerzas franquistas, el 1 de abril de 1939. Comenzaba una dura y larga posguerra.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

Marco histórico del fin de siglo en España



Nos ocuparemos aquí de un periodo corto pero intenso de la historia de España, el que transcurre entre 1890 y el comienzo de la guerra europea. Son algo más de veinte años en los que los acontecimientos políticos y sociales se sucederán a gran velocidad. La Restauración da sus últimas bocanadas y comienzan a esbozarse los movimientos socio-políticos que habrían de enfrentarse en nuestra guerra civil. 

La última década del siglo XIX

Sagasta
La restauración borbónica da, ciertamente, lugar a un régimen sumamente estable, pero que no deja de contar con importantes deficiencias. El sistema de alternancia pacífica promueve el fraude electoral, que se convertirá en el pan de cada día de una democracia que no pasa de ser nominal. Los votos están en manos de los caciques que los distribuirán de acuerdo a sus necesidades y apetencias. Se crea de este modo un sistema clientelar que solo favorece la corrupción y la perpetuación del "pucherazo".
No obstante, la cuestión más trascendente de este periodo, será sin lugar a dudas la guerra de Cuba y sus desastrosas consecuencias.
Cánovas
Cuba venía siendo un problema desde 1868, cuando da comienzo la primera guerra colonial en la Isla. Sin embargo, tras un breve periodo de paz, la situación vuelve a enconarse en 1895 con el estallido de una sublevación independentista encabezada, entre otros, por el poeta José Martí. Sagasta, que se encontraba en el gobierno, dimitirá, sucediéndole Cánovas, presidente del partido conservador y partidario de resolver el problema de Cuba antes de entablar conversaciones con los insurrectos. Su asesinato en 1897 obligará a Sagasta a volver al gobierno. Una de las primeras decisiones de Sagasta será la de dotar a Cuba de una amplia autonomía. Su pretensión era la de pacificar la Isla y evitar de este modo una guerra abierta con los Estados Unidos. Fracasó. 
El 15 de febrero de 1898 el acorazado norteamericano Maine se incendia y se hunde en el puerto de La Habana. El gobierno estadounidense responsabiliza a España del suceso y le declara la guerra. El gobierno español es empujado por los sectores ultranacionalistas del país a una guerra imposible de ganar. La derrota es aplastante y el diez de diciembre de  ese mismo año se firmará en París un armisticio. Además de a las cuantiosas pérdidas humanas, España debía hacer frente a las indemnizaciones de guerra, perdía Cuba, Las Filipinas, Puerto Rico y Guam en las Islas Marianas. 

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Después del Desastre

Tras la pérdida de las colonias nada cambió sustancialmente. Se continuó cumpliendo la alternancia pacífica en el gobierno y a Sagasta le sustituyó el presidente de la Unión Conservadora, Francisco Silvela. Este intentó modernizar el país, pero todos sus esfuerzos no fueron suficientes para acallar las voces críticas de las organizaciones regeneracionistas (16) de la Unión Nacional.
En este periodo cobrarán fuerza tanto los nacionalismos (catalán y vasco) como los movimientos obreros. Los representantes políticos de socialistas y republicanos serán capaces de conseguir actas de diputados pese al fraude electoral.
Francisco Ferrer
En 1909 España comenzará la ocupación del Norte de África. Le mueve a esta trasnochada aventura colonial intereses económicos, pero junto a dinero y muertos, las arenas del desierto africano darán origen a no pocos conflictos en el territorio peninsular. El más trágicamente célebre de todos ellos será la "Semana trágica" de Barcelona. La movilización de reservistas para acudir a la guerra de Marruecos provocó las airadas protestas del pueblo barcelonés. Antonio Maura, a la sazón presidente del gobierno conservador, ordenó reprimir contundente los disturbios que se habían generalizado en las calles de la Ciudad Condal, manda detener a los cabecillas y  fusila al pedagogo anarquista Francisco Ferrer y Guardia. La muerte de Ferrer provocaría las protestas de los grupos de izquierdas europeos y americanos, surgiendo también en España una fuerte oposición al gobierno de Maura. Finalmente, el rey retira su confianza a Maura llamando a Canalejas, el nuevo líder del partido liberal, para formar gobierno. Canalejas pondrá en marcha toda una serie de reformas sociales inspiradas en el liberalismo europeo, pero su asesinato en 1912 le impidió profundizar en estas políticas.
El estallido de la Primera Guerra Mundial dividió, pese a la neutralidad española, la sociedad del país en dos bandos. Por un lado estaban los simpatizantes de Alemania, en su mayoría de ideología conservadora, frente a ellos los partidarios de las izquierdas apoyaban a las fuerzas aliadas. Esta división acrecentará las tensiones, ya de por sí evidentes, que existían en la política española. En lo económico, al menos para las clases burguesas, la guerra supuso una época de expansión. Se vendía todo aquello que se producía y los beneficios de su exportación eran tales que llegó a desabastecerse, paradójicamente, el mercado interior.

miércoles, 10 de octubre de 2012

La Edad Media en la Península Ibérica



Etapas históricas


El reino visigodo

Entre los pueblos que se asentaron en la Península Ibérica tras la caída del Imperio romano destacará el de los Visigodos. Se trata del pueblo más romanizado de todos los que cruzaron los Pirinéos y no tardará en desplazar a los otros (suevos, vándalos, alanos). 
Muy pronto los visigodos se mezclarán con los hispanorromanos adoptando su lengua (la cual conocían en parte) y convirtiéndose al cristianismo. Durante el III concilio de Toledo, en el año 589, Recaredo, y todos sus nobles, abandonará la fe arriana para ingresar en el seno del cristianismo.
Para Menéndez Pidal (Los godos y la epopeya española) la cultura visigodo tendría un peso determinante en la configuración de la literatura hispana. 
Otros autores consideran, sin embargo, que el posible influjo de estos pueblos sería, más bien, limitado
. (Sobre el origen de la épica castellana)

La España musulmana

Será la enconada lucha entre Ágila, hijo de Witiza, y Rodericus, la que abrirá las puertas de la Península a las tropas musulmanas en el año 711. Los partidarios del primero de los contendientes solicitarán la colaboración de los árabes y estos, tras derrotar a don Rodrigo en la batalla de Guadalete, se quedarán en el territorio conquistado vinculándolo política y administrativamente al califato de Damasco.
Sin embargo, tan solo cuarenta y cinco años después, en el 756, Abd-al-Rahmán I romperá toda relación con el califato proclamando Al-Ándalus emirato independiente. Casi dos siglos después, en el 929, Abd-al-Rahmán III convertiría a Al-Ándalus en califato con lo que se rompía cualquier relación, tanto política como religiosa, con oriente.
Tras el esplendor del califato y el poderío militar demostrado por Almanzor en el siglo X, vendrá un periodo caracterizado por la desintegración de Al-Ándalus en los llamados reinos de taifas. Desde este momento, y pese a las invasiones almorávides y almohades, el juego de poder establecido entre musulmanes y cristianos en el tablero de la Península se decantó, definitiva pero lentamente, a favor de estos últimos.

La España cristiana

Los pueblos cristianos que lograron sobrevivir con relativa independencia a la invasión árabe, sintieron como una verdadera necesidad la recuperación de los territorios perdidos. Esta pulsión será la que funcionará, en última instancia, como catalizador de un proyecto de reconquista y restitución que tardaría casi ocho siglos en llevarse a cabo plenamente. Como es obvio, un proceso de esta magnitud en lo temporal hubo de resultar tremendamente complejo.
Los cristianos avanzaron con relativa facilidad en la meseta central, alcanzando el Duero y su cuenca en apenas cincuenta años, mientras que Zaragoza permanecerá en manos musulmanas hasta 1118 y Valencia hasta 1238, dos años antes había sido tomada Córdoba.
Se trata, por lo tanto, de un proceso irregular, pero que sin duda recibirá su mayor impulso en los siglos XII y XIII, coincidiendo con el desarrollo económico y cultural de toda Europa. En la primera mitad del siglo XIII las campañas del Fernando III de Castilla le llevan a Córdoba y Sevilla, mientras que Jaime I de Aragón conquista Valencia y las Baleares quedando las posesiones musulmanas reducidas al reino de Granada y al de Niebla, que sería tomado por Alfonso XI a finales del siglo siguiente.
El afán expansionista de los reinos cristianos no se limitará, sin embargo, al territorio peninsular. A lo largo del siglo XIII la corona de Aragón se expandirá por el Mediterráneo.
El siglo XIV supondrá un freno en la política expansionista de estos reinos, y lo será por diferentes motivos. En primer lugar los reinos cristianos de la Península, como los del resto de Europa, sufrirán las consecuencias de la propagación de la peste negra. La población se verá fuertemente diezmada y esto repercutirá en el desarrollo económico de los reinos.
Castilla, por su lado, viviría sus propios conflictos internos, como las minorías de Alfonso XI y Fernando IV y varias guerras civiles.
El siglo terminará con las primeras revueltas antijudaicas (1391) tanto en la corona de Castilla como en la de Aragón.

Conglomerado racial y cultural

La situación política por la que pasará la Península Ibérica durante la Edad Media facilitará que en su territorio confluyan diferentes grupos sociales.
La invasión de los musulmanes supondrá el surgimiento de Al-Ándalus, un territorio en el que necesariamente habrían de convivir una base de población hispanogoda con los recién llegados musulmanes. Entre los primeros se dará una lenta pero progresiva división. Por un lado estarían los muladíes, hispanogodos que se islamizaron incorporándose al mundo musulmán. Por otro estaban los mozárabes, que mantuvieron su lengua, su religión y sus tradiciones.
A medida que la Reconquista avanzaba fue dándose en las tierras cristianas la situación inversa. En ciertos territorios permanecieron algunas bolsas de población musulmana cuyos miembros reciben el nombre de mudéjares. Estos colectivos se dedicaban principalmente al cultivo de la tierra y dejaron un importante legado en las artes decorativas.
A estos grupos hay que añadir a los judíos. Presentes en la Península desde hacía bastante tiempo se especializaron en el campo de la industria y el comercio. La convivencia con este grupo fue pacífica, aunque no exenta de tensiones, durante un largo periodo de la Edad Media, pero a finales del siglo XIV, como hemos visto, comenzarán una serie de persecuciones religiosas que culminarán con su expulsión de los mismos en el año 1492.
Otro grupo poblacional de relativa importancia será el de los extranjeros. La necesidad de ocupar efectivamente las tierras ocupadas obligará a los reyes cristianos a desarrollar continuas campañas para atraer a los territorios recién conquistados población extranjera. A estos grupos se les denominó genéricamente como francos y a través de ellos llegaron a los territorios cristianos buena parte de las modas y de la cultura imperante en el resto de Europa.

Marco social

La Península medieval era esencialmente agrícola. El sistema de explotación de las tierras estaba completamente ligado a la estructura social del poder. Normalmente las tierras estaban en manos de un gran señor, seglar o eclesiástico, que explotaba las tierras añejas a su residencia con el concurso de los campesinos; colonos, libres o siervos. El colono trabajaba la tierra con la obligación de entregar al señor una parte de su cosecha o trabajar ciertos días en las tierras exclusivas de este. No obstante, la peculiar situación política de la Península, imposibilitó que en su territorio se instaurase plenamente el sistema feudal. La Reconquista y la necesidad de los grandes señores y de los reyes de ocupar las tierras recién ocupadas, propiciaron que se ofrecieran condiciones ventajosas a aquellos campesinos dispuestos a establecerse en la Extremadura. De este modo, las tierras tomadas a los musulmanes sirvieron como una excelente válvula de escape al excedente poblacional de los reinos del norte al tiempo que mejoraba las condiciones de vida de los campesinos. Esta situación cambiará a lo largo del siglo XIV, al estancarse la Reconquista.
Otro sector económico de creciente importancia a lo largo de la Edad Media será la ganadería. Esta, en manos de los grandes señores, pronto entrará en conflicto con los intereses de los agricultores. La creación de la Mesta en 1273 proporcionará a los ganaderos indudables ventajas sobre los pequeños propietarios limitando el desarrollo económico de los reinos.

Los grupos sociales mayoritarios

A grandes rasgos la población medieval de la Península Ibérica se podía agrupar en cuatro grandes grupos: clero, nobleza, monarquía y pueblo llano. Si agrupamos la monarquía y la nobleza tendremos la concepción triestamentalista de la sociedad medieval aceptada generalmente: oratores, bellatores et laboratores.

El clero

El poder del clero en una sociedad caracterizada por su teocentrísmo puede resultar obvia, pero no debe cometerse el anacronismo de creer que el poder de este sector estaba únicamente limitado a su labor de intercesores divinos. El clero contaba, además de su indudable poder religioso, con un poder económico e incluso militar muy, pero que muy terrenal. Además, el clero unirá a estos el poder cultural, pues tras la caída del Imperio romano y la expansión árabe, los monasterios se convirtieron en los únicos centros culturales de la época, adoptando el papel de guardianes y difusores (no siempre imparciales) del saber.
En los territorios peninsulares la iglesia servirá para poner en contacto el conocimiento procedente de la cultura clásica y oriental, que está en manos de los musulmanes, con el mundo cultural del occidente cristiano. Así mismo propiciará el contacto con la cultura existente en el resto de Europa (especialmente Francia) y su participación será crucial en el nacimiento de las primeras universidades. Recordemos al respecto que el auge en el siglo XII de las escuelas catedraliceas constituirá la primera piedra en la construcción de los denominados studium generale, antecedente directo de las universidades modernas. En los reinos cristianos el desarrollo de estos centros llegará con cierto retraso y no será hasta 1212 cuando Alfonso VIII funde en Palencia el primer estudio general de la Península.
También en el siglo XIV la Iglesia dará un paso importantísimo en la consolidación de las lengua romances. El IV concilio de Letran en 1215 apoya las predicaciones en lengua vulgar.

La nobleza

La nobleza contará con el poder militar y político, al que cabría añadir el económico por los evidentes beneficios derivados de su situación de poder en los otros dos ámbitos. Generalmente el señor feudal establecía una serie de pactos con los colonos que ocupaban su tierra ofreciéndoles su protección a cambio de trabajo y bienes de consumo. No obstante, este sistema, que en esencia podría asimilarse al sistema feudal, en la Península implicaba mayores dosis de libertad para los colonos tal y como hemos señalado más arriba. Igualmente, la situación política, propiciaba una movilidad social inaudita para la época. La baja nobleza, inmersa en las luchas contra los musulmanes, veían en estas una posibilidad de medre social al tiempo que sus éxitos justificaban sus pretensiones.

La monarquía

El poder de los reyes en esta época se encontrará supeditado a sus relaciones con los miembros de la nobleza y a las alianzas establecidas con ellos. Así, a lo largo de la Edad Media el poder efectivo de los reyes variará enormemente.
También a la monarquía se le deben grandes logros en lo cultural. Como hemos visto debemos a un rey la fundación de la primera universidad y en el ámbito de la lengua y la historiografía mucho es lo que se le debe a Alfonso X, apodado El Sabio.

El pueblo llano

Representa la clase más amplia de la población, la que cuenta con peores condiciones de vida y la que sustenta toda la pirámide social. Es la fuerza de trabajo y estaba constituida principalmente por agricultores, aunque en el siglo XIV don Juan Manuel distinguirá en su Libro de los estados entre labradores, mercaderes y ruanos.
Esta distinción resulta interesante pues evidencia que ya en el siglo XIV existía una nueva clase social que, al no ocupar las tierras de ningún señor, no mantenían ninguna obligación con él, esto los hacía más libres, posibilitándoles convertir a las ciudades en un centro de actividad económica, lo cual, como es obvio, les permitirá aumentar sus cotas de poder. Es el surgimiento de la burguesía.