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martes, 25 de abril de 2023

A ratos perdidos

Que dice Marta Sanz que a lo mejor la moralidad es un problema psiquiátrico, que eso de querer que el mundo sea de otra manera no es más que una inadaptación y que de ahí a lo patológico a lo mejor no hay nada. En una novela de Chirbes se puede leer algo parecido; se pregunta un narrador de qué sirvió querer que el mundo fuese como él quería que fuese.

Como el comentario de Marta Sanz lo hacía ella tratando los diarios de Chirbes, y como las novelas de Chirbes buscan desvelar tantos males que en el mundo son, ¿cabrá la posibilidad de tomarse esas novelas como tratamiento homeopático? Puede ser; si no alivian, al menos despiertan su poco de rabia.

Pero este texto, o este memo, o este post, no va sobre las novelas de Chirbes, sino sobre esos diarios que prologa Marta Sanz. No están los tiempos como para leer sesudos estudios ni novelas, sino que sólo se hace posible leer fragmentos, capítulos cortos, memos, posts o similares. Es decir, a ratos perdidos. Quizás por eso haya sido posible leer esas mil páginas en dos volúmenes.

Muchas de ellas (de las páginas) quedan olvidadas a los pocos minutos de leídas. Quizás ya se pierdan al pasar a otra cosa, a otro párrafo o a cualquier ocupación doméstica. Otras dejan un tono, un fondo de queja del autor por esa inadaptación, que también él sufría. A veces la queja viene por la inadaptación al paso del tiempo, es decir, por el dolor y el miedo que juntos anuncian la vejez y la muerte, que también parecen venir juntas o ser una sola. Otras por cómo es el mundo o, quizá, por ser el mundo.

Otras veces, otras páginas, se muestran divertidas, alegres, con mala leche, y lo que es mejor, acertadas. Como cuando critica con criterio algunas muestras de la cultura triunfante (o lo que se vende como cultura y triunfa), como un pasaje de una novela de Pérez-Reverte, por ejemplo. En esos casos se muestra Chirbes como un buen lector, como una persona que percibe, identifica y clasifica trucos o trampas de los productos culturales, de eso que es más industria que cultura. Esas obras y, sobre todo, textos en los que encontramos algo extraño pero no sabemos bien qué es, pero que no encaja. 

La formación cultural de Chirbes, aunque él mismo la cuestiona, la critica y ve enormes carencias, se aprecia lúcidamenta fundamentada al lado de tanta propaganda de suplemento cultural que se ve hoy en día. La cultura como propaganda, como instrumento para imponer una ideología, aparece retratada con una claridad que asusta, que deja en ridículo la falta de agudeza en la mayoría de los incautos lectores (avergüénzome, obvio). En este desenmascaramiento coinciden los textos de Chirbes con otros de Martz Sanz, y será por eso que mantenían contacto y aceptaban sus críticas. También ahí, y esto ya es menos obvio, coincidían con Carmen Martín Gaite, autora a la que habría que revisar a fondo, empezando, por supuesto, por El cuento de nunca acabar.

En esa parte de los diarios, en su visión como crítico o teórico, se encuentra lo más valioso. Lo que queda marcado en estos volúmenes que uso son sus análisis, fugaces y parciales, de hechos tan generales e influyentes como puedan ser el Barroco, la proximidad entre Cervantes y Galdós, la visión clásica o la importancia del narrador y del punto de vista (y sus relaciones, si las hubiere).

miércoles, 8 de marzo de 2023

TIERRA, de Eloy Moreno

 TIERRA, de Eloy Moreno

El primer problema que tengo con esta novela no está en la trama, o en la utilización de modo repetitivo de la técnica folletinesca para mantener el suspense, tan siquiera con el uso y abuso de una moralina seudoecológica y postmoderna que nos advierte de los males de las nuevas (o no tan nuevas) tecnologías de la información y, diría, del entretenimiento. Mi problema tiene que ver con el estilo. 

Considero que últimamente, y el problema no es absoluto imputable únicamente a este autor, asistimos en la literatura de consumo a una simplificación y estandarización del estilo. Los autores renuncian conscientemente a enfrentarse de manera abierta a cualquier juego retórico o audacia estilística; sospecho que buscando agradar al mayor número de posibles consumidores. Esto les lleva a emplear de manera pertinaz un estilo sencillo, claro, diáfano, que escapa de cualquier complejidad. No es que considere que la utilización de un estilo complejo sea por definición garantía de calidad. Ejemplos existen de autores que de manera muy simple han expresado ideas muy profundas. Lo problemático está en emplear un estilo plano, estandarizado, tan apegado a la literatura comercial de estos tiempos que carece de toda personalidad. Un estilo que, diría, están infantilizando a la población lectora -o apto para la población lectora infantilizada-.

Será sin duda problema mío, o tal vez del pobre Antonio Machado que nos enseño a pararnos para distinguir las voces de los ecos. El asunto es que en este caso no escucho la voz personal del autor, la historia ni me convence ni me conmueve y los efectos narrativos me resultan molestos. 

Cuando era  joven y consecuente con mi naturaleza, he aquí la estupidez nostálgica, me fui acercando de manera por momentos obsesiva a diferentes autores de la narrativa internacional. Ahora me leía las obras que encontraba de Hemingway, mañana las de Dostoievsky, pasado las de Vargas Llosa... 

El caso es que por entonces yo tenía mis pretensiones (ya saben... era joven y consecuente) y algunas noches, cuando el alcohol u otras sustancias despertaban mi ego, jugaba a garabatear cuartillas con la íntima esperanza de ser el próximo premio Nobel de Literatura. Obviamente, nunca llegué a terminar un mal cuento y lo que realmente me agradaba era la impostura tardoadolescente que alimentaba mi inconmensurable juventud. No obstante, y esto puede que sea lo relevante, cuando leía aquellos abortos de cualquier cosa, era Hemingway, o el traductor de Hemingway, o la sombra del eco del traductor de Hemingway lo que escuchaba. 

Bien puede ser que aquel eco mío fuera la mayor afrenta que pudiera hacérsele a las letras -además de a la imaginación-, pero tenía al menos un mal retrogusto a algo. 

Realmente, puede que hoy estemos incluso peor que nunca (por contribuir modestamente a la cons-paranoia milienarista -grande Arrabal-). Ya no existen tan siquiera los ecos. Todo semeja un discurso mecánico, vacuo, estandarizado y simplista (Deberán disculparme. Estoy releyendo 1984).

domingo, 8 de noviembre de 2020

La estructura de "La Celestina"

Muchos han sido los críticos que se han ocupado de esta obra y en buena consonancia múltiples han sido las interpretaciones de la misma. Idéntico crisol de opiniones es el que ha generado el talento crítico a la hora de analizar su estructura, no dejando de resultar curioso que siendo uno el cadáver la disección sea múltiple, como si esta dependiera por entero del bisturí que la ejecute. En todo caso, consideremos aquello de que el texto literario es pulifuncional y multisignificativo, apotegma grandioso que me enseñaron en mi tierna juventud y que viene a ser algo así como un salvoconducto al universo del relativismo académico. 

No obstante, paciente lector, no he de caer yo en esta comedia de la confusión y a riesgo de ser simplista, lo cual no sería más que lealtad a mi naturaleza, le propongo una única posibilidad (Y no lo hago sino en aras de la pedagogía, ese otro salvoconducto que nos salvaguarda de la mediocridad).

Debemos a Russell, autor de Temas de "la Celestina" y otros ensayos una división digamos que argumental de la obra que, a los fines que persiguen estas palabras, resultará satisfactoria. 

De este modo, en la obra encontraríamos un prólogo, que se correspondería con el primer encuentro entro los amantes. En este primer momento se encontraría planteado en esencia el conflicto de la obra. La primera parte procuraría resolver este conflicto, es decir, el encuentro de los amantes mediante la participación de Celestina y los criados. Esta primera parte finalizaría con la muerte de todos ellos, lo cual, obviamente abre, en potencia, un nuevo conflicto. Este se resolverá en la segunda parte de la obra, donde las "amigas" de los criados buscarán venganza. Esta segunda parte concluirá en los tres últimos actos con el fatídico final que todos conocemos. Este final o conclusión no solo cierra el conflicto planteado en la segunda parte sino que, al mismo tiempo, concluye con el conflicto planteado en el prólogo que había apuntado Russell.


Fuentes de "La Celestina"

Toda obra literaria guarda deudas con las que le precedieron. Esto podría hacernos plantearnos el concepto de originalidad pero, al menos como lo entendemos, eso de la originalidad es un invento de los yeyes románticos que inundaron el mundo con sus buenas dosis de egocentrismo infantil. 

Pero dejemos a un lado nuestras opiniones, las cuales al menos en mi caso se basan en tan peregrinos conocimientos como los que proporciona una universidad de provincias. Si nos centramos en lo que nos importa, es decir, las fuentes en las que beben los autores de la Tragicomedia de Calisto y Melibea, debemos concluir que estas son importantes al menos por dos motivos. En primer lugar porque en buena medida configuran lo que ante nuestros ojos se nos presenta negro sobre blanco y, en segundo lugar, porque reflejan la realidad cultural en la cual la obra se inscribe y colaboran de manera eficiente a su correcta comprensión. 

En primer lugar destacará la influencia de Terencio, autor latino al que la obra debe bastantes recursos técnicos, la categoría de los personajes e incluso frases concretas del texto. 

Por lo que respecta al primer acto las deudas con Séneca son innumerables. Este hecho no solamente evidencia que el autor de este primer acto es distinto de Fernando de Rojas, sino que también pone de manifiesto como la llegada del humanismo abandona progresivamente la mal entendida tradición griega (Aristóteles) centrándose en los autores de la llamada edad de plata latina. Además Séneca ya se sabe, un tanto pesimista en sus planteamientos...

El resto de la obra, es decir, aquella parte que no se debe al autor desconocido y escrita por Fernando de Rojas, toma no pocas ideas del Petrarca latino. El poeta de Arezzo no solo será capital para el desarrollo de la lírica renacentista sino que además influirá decididamente en el desarrollo y triunfo del humanismo. Recordemos que el siglo XIV conforma un prerrenacimiento desde el punto de vista cultural y artístico y en este sentido el influjo de las obras más decididamente humanistas del poeta italiano serán cruciales. 

Sin duda es posible rastrear otras muchas influencias en la obra que nos ocupa. De radical importancia sería el De amore, de Andrea Capellanus, o incluso nuestra Cárcel de amor. No obstante, no pretendo agotar la paciencia del bien amado lector que bien por la obligación o por la devoción (cuestión esta altísimamente improbable) ha caído en estas páginas. 

El género de "La Celestina"

 La aparición de la Tragicomedia de Calisto y Melibea supuso una novedad en el panorama literario de la época pero aún resultó más novedosa, y por ende más confusa, para los críticos que a lo largo de la Historia se han visto obligados a definirla. 

Por lo tanto, resulta conveniente buscar la segura senda que nos proporciona el propio texto para poder adscribir el mismo a uno de los diferentes géneros literarios por todos conocidos. En primer lugar debemos anotar que se trata de un texto dialogado, ya que en todo él no encontramos la figura de un narrador que nos conduzca por el universo urbano que se dibuja en los parlamentos de los diferentes personajes. Por otro lado, en los versos finales de Proaza, este nos advierte de que no se trata de una representación, sino de una lectura dramatizada, es decir, una lectura en la cual el lector o lectores deberá realizar aquellas inflexiones tonales que mejor convengan a la situación que se está planteando en el texto. 

Vistos estos datos cabría preguntarnos si esta manera de proceder, es decir, leer en voz alta una obra ante un auditorio más o menos numeroso, encaja con los usos de consumo literario propios de la época. La respuesta a esta incógnita deberá ser un rotundo sí. El conocimiento de los niveles de alfabetización del periodo (sumamente bajos) unidos al conocimiento que la población en general tenía de los héroes y personajes literarios nos sugieren que este modo de proceder, es decir, la lectura en voz alta, debió ser un más que habitual procedimiento en el acercamiento al pasatiempo literario. 

Consecuentemente, La Celestina sería una obra pensada para su lectura en voz alta, algo que encaja a la perfección en el género denominado Comedia humanística. Este tipo de obra, propia del ámbito académico (recordemos que Fernando de Rojas era en el momento de escribir la obra estudiante en Salamanca), gozará de relativo éxito durante el siglo XV. Este tipo de composiciones solían tener un argumento sencillo, empleaba con frecuencia citas clásicas y mostraba especial querencia por los personajes de baja condición. Si ahora comparamos estas características con las de nuestra obra comprobaremos que coinciden punto por punto. 

Así pues, podemos concluir que la Tragicomedia de Calisto y Melibea es una comedia humanística, un género literario que forma parte de una larga tradición que partiendo en la comedia elegiaca pasa a la comedia romana de Terencio y Plauto. 

miércoles, 21 de octubre de 2020

Ediciones y fechas de "La Celestina"

 La utilización del Index de adagios latinos de Petrarca, publicado por primera vez en Basilea en el año 1496, nos indica que La Celestina se tuvo que escribir en una fecha posterior a la indicada. Unamos a esto que la primera edición conservada parece ser la salida de los talleres del impresor Fabrique el alemán en el año 1499. Esta versión de la obra cuenta con dieciséis actos y el argumento de todos ellos. La edición conservada ha perdido la primera página y esto nos impide saber si contaba con el título y con el argumento general de toda la obra. Por otro lado, recientes estudios ponen en duda la fecha de esta primera edición al demostrar que Fadrique empleó el mismo emblema (grabado en el cual se indica la fecha de 1499) en otras obras impresas por él durante los años 1500, 1501 e incluso durante el año 1502.

Un documento importante a la hora de rastrear la génesis de esta obra es el denominado Manuscrito de Palacio. Este documento fue encontrado en 1989 por Faulhaber en la Biblioteca del Palacio Real en Madrid. Se trata de una copia parcial del primer acto, que cuenta con el título de la obra y el argumento general de la misma. No obstante, las diferencias encontradas entre las distintas versiones de este texto demuestran que no es la versión empleada por Rojas para continuar la obra y tampoco se puede asegurar que se trata de la versión original de este primer acto que se debería al autor desconocido mencionado al hablar del autor. 

Del año 1500 conservamos una edición toledana de la Comedia de Calisto y Melibea. Esta obra ya posee los textos preliminares, tanto la "Carta del autor a un amigo" como los "Versos apócrifos" en los que Rojas nos da información sobre su nombre, procedencia y ocupación. También contiene el argumento general de la obra y su título. También se incluye en esta edición los denominados textos finales, compuestos por unos versos de Alonso Proaza, amigo del autor, y unos versos del propio Fernando de Rojas.

En el año 1507, en Zaragoza, aparecerá otra versión de la obra que, en esta ocasión, cambiará su título por el de Tragicomedia de Calisto y Melibea. Esta versión incluye cinco actos nuevos que se incluyen entre el acto XIV y el XV de la primera versión. Estos cinco actos, que reciben el nombre de "Tratado de Centurio", hace que la obra alcance los 21 actos. 

Los cambios introducidos en la obra serán explicados por el propio autor en el prólogo de la obra indicando que los lectores de la misma le hicieron saber su desacuerdo con el título original de la obra "Comedia...", dado el final de la obra en su conjunto. De igual modo, decidió ampliar la obra a demanda de su público. 

Finalmente, el título por el cual conocemos la obra hoy, La Celestina, aparecerá por primera vez en la edición de Alcalá de Henares que publicada en 1569. Este cambio, debido exclusivamente a los editores, hace referencia a la importancia de este personaje en la obra y la importancia con la cual sería percibido por el público.


domingo, 18 de octubre de 2020

El autor de "La Celestina". Fernando de Rojas

Hoy en día la crítica se muestra unánime a la hora de aceptar la sinceridad de la declaración de autoría que se nos ofrece en los versos acrósticos situados al comienzo de la obra y también de las afirmaciones realizadas en la "Carta a un su amigo", texto también incluido en la obra original. 

Según la información aportada en estos textos Fernando de Rojas concluiría la obra después de haber encontrado el primer acto de la misma sin que pueda decirnos quién era el autor de este. Por sus palabras sabemos su nombre, su lugar de nacimiento, Puebla de Montalván; su ocupación, estudiante de leyes en Salamanca y, tangencialmente, podemos intuir su fecha de nacimiento aproximada: 1470.

No obstante, el estudio de otros  documentos nos ha permitido conocer otros datos de Fernando Rojas. Por ejemplo; sabemos que se casó con Leonor Álvarez, que se trasladó en 1507 a Puebla de Talavera, localidad de la cual terminaría siendo su alcalde, y que se murió en 1547. 

Poco más podemos saber de este autor a ciencia cierta. Diferentes teorías especulan sobre la ascendencia conversa de Fernando de Rojas sin que este dato se pueda demostrar de manera inequívoca.

En todo caso, un hecho es cierto e indudable. Esta obra, la Tragicomedia de Calisto y Melibea, es la única obra que conservamos de este autor. Esto no deja de resultar llamativo pues en la obra que conservamos Fernando de Rojas da evidencias de un asombroso dominio del lenguaje literario.  


Contexto histórico-literario de "La Celestina"

La Celestina verá la luz por primera vez a finales del siglo XV, concretamente se propone como fecha de su primera edición la de 1499, en el límite, al menos cronológico, entre las dos centurias. No obstante, en muchos aspectos, la obra es un producto sumamente representativo del periodo histórico que finaliza con la llegada del siglo XVI, el denominado Prerrenacimiento. 

Tal y como señalan Felipe B. Pedraza y Milagros Rodríguez Cáceres, Las épocas de la literatura española, el siglo XV desempeña un papel capital en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento. Según el punto de vista de estos autores, durante este siglo asistiremos a la maduración de las manifestaciones culturales e ideológicas que darán como solución, al menos en lo cultural, a formas extravagantes no exentas de cierta pomposidad bárbara. Estas serán el resultado de una imaginación agotada y de la incapacidad de llevar a la práctica una ideología que las circunstancias han demostrado inoperante. 

Veamos esto de manera práctica en la literatura. Así, los ideales caballerescos que durante siglos han dominado la creación literaria y que tenían una relativa eficiencia en la práctica, serán retomados con renovada energía durante este periodo, retorciendo los estereotipos, figuras y códigos que habían funcionado en el pasado. Este manierismo prerrenacentista se evidencia en el éxito de las novelas de caballerías o en la perpetuación y rehabilitación de los ideales propios del amor cortés que encontramos en las composiciones de cancionero. Incluso se da la posibilidad, sin duda excéntrica, de intentar llevar a la realidad estos ideales sin duda trasnochados, como refleja Suero de Quiñones en su Libro del paso honroso.

Pero al mismo tiempo que en esta época se produce esa maduración definitiva y la deformación de las expresiones culturales tardo medievales, en la Península también se producirá la progresiva asimilación de los nuevos conceptos culturales del naciente humanismo italiano. Las traducciones de obras clásicas como el De Inventione, o la Rethorica ad Herenium son una buena muestra del interés creciente por la investigación filológica y, consecuentemente, el retorno a las fuentes clásicas. También en esta época surgirán destacadas figuras como Arias Barbosa, Nebrija o Hernán Núñez que desde sus cátedras sentarán las bases de unos "studia humanitatis" que pretenden concluir con los males de una Escolástica agonizante, inspiradora de un conjunto doctrinal inútil, practicante de una lógica que más bien es logomaquia y veneradora hasta límites absurdos de un Aristóteles mal entendido y peor explicado en un latín totalmente deturpado. 

Si nos centramos ahora en lo político, el siglo XV peninsular sufrirá en sus primeros setenta años las consecuencias de un desastroso siglo XIV. Las luchas internas en los diferentes reinos cristianos marcaron las políticas de sus monarcas que pondrían en juego diferentes estrategias para consolidar su poder frente a una nobleza cada vez más levantisca. 

No obstante, al finalizar el siglo, el matrimonio entre los herederos de las coronas de Castilla y Aragón posibilitaría una política de concentración basada en el poder absoluto del monarca. De este modo los Reyes Católicos no solo llevaron a la práctica una unificación política de los reinos peninsulares, también, como consecuencia ineludible de esta, propiciaron la unificación religiosa de los mismos e incluso su unificación lingüística.  

viernes, 9 de febrero de 2018

El estudio de los géneros literarios desde el Idealismo a la Estética de la Recepción


Los postulados idealistas dentro de la teoría literaria han considerado, de manera general, que los géneros literarios responden a criterios clasificatorios de carácter epistemológico que no responden a la naturaleza empírica del objeto literario.

Hemos visto como Benedetto Croce niega de manera sistemática la existencia de los géneros literarios. Desde su punto de vista la existencia de estos “cajones de sastre” solo colaboran a falsear la interpretación y comprensión de las obras literarias al institucionalizar patrones valorativos de carácter estético que se basan en la fidelidad a deterninados moldes. En su opinión, la obra literaria debe ser considerada de manera individual y el juicio estético subyacente a esta consideración debe basarse en aquello que expresa y en el modo de expresarlo.

Postulados cercanos al idealismo mantiene el profesor Carlos Bousoño. Bajo su punto de vista la división genérica, especialmente después del Romanticismo, se ha vuelto inoperante e injustificada. Considera este autor que el continuo trasvase entre géneros y la radical intertextualidad que es dado descubrir en la literatura contemporánea hace más productivo hablar de diferencias cuantitativas en la gradación de distintos elementos artísticos. Así, en algunas obras encontraremos mayor presencia de elementos líricos o una mayor intensidad estética mientras, en otras, predominarán una mayor cantidad de elementos narrativos y una menor carga estética.

Por su parte los representantes de la denominada Nouvelle Critique cuestionarán el aspecto esencialista y normativo de la clasificación genérica de los textos literarios. Desde su perspectiva se hace necesario ampliar los términos que determinan la noción de género y, en ciertos casos, replantear radicalmente qué debemos entender por géneros literarios.

Así, Gerard Genette propondrá ampliar la perspectiva desde la cual se establecen los diferentes géneros literarios y, para ello, propondrá estudiar los textos literarios teniendo en cuenta las relaciones de architextualidad e hipertextualidad que una obra concreta mantiene con el conjunto de textos que conforman un género. Desde el primer punto de vista se debería considerar las relaciones que una obra mantiene con la obra prototípica que colabora a la constitución de un género. Las segundas de estas relaciones se ocuparán de las relaciones existentes entre la obra en cuestión y el resto de obras que de manera apriorística configuran el género literario.

En el mismo marco teórico se moverán Ducrot y Todorov, para quienes el concepto de género que tradicionalmente viene manejando la teoría literaria responde a una concepción incoherente del mismo. Consideran estos autores que lo que tradicionalmente denominamos género literario responde a lo que ellos consideran géneros históricos. Estos géneros responderán a unos moldes estéticos propios de una época y son el resultado un proceso inductivo basado en el estudio de las obras literarias. Junto a este, estos autores señalan la existencia de las denominados tipos o géneros teóricos. Estos tipos serán establecidos mediante un proceso deductivo que partirá del estudio de las diferentes modalidades de discurso. De este modo, la evolución de los géneros y la creación de nuevos subgéneros, dependerá de la fidelidad que las nuevas obras literarias mantengan con los géneros históricos o con los tipos.

La Semiótica también se ha ocupado del estudio de los géneros literarios. Para esta ciencia los géneros constituyen un concepto de carácter social basado en la repetición de patrones estéticos reconocibles por los lectores. Según Greimas existen toda una serie de presupuestos ideológicos que determinarán la pertinencia de las distintas formas litearias al tiempo que, estos mismo principios, configuran los límites de lo admisible en cuanto a la transgresión de los modelos.

Por último, la Estética de la Recepción ha puesto el punto de mira en la dimensión institucional de los géneros literarios y en el papel jugado por los lectores en la evolución de los mismos. Hans Robert Jauss considera que los géneros literarios constituyen horizontes de espectativas. El lector, en virtud a su competencia literaria, parte de una previsión de lo que puede encontrar al enfrentarse a una obra literaria. Por su parte el creador debe tener en cuenta estas espectativas para generar su obra que, en términos generales, será más o menos original en función del grado en el que se aleje de las mencionadas espectativas.

miércoles, 7 de febrero de 2018

La obra dramática de Lope de Vega


Como resulta evidente en la producción teatral de Lope encontraremos desarrollados plenamente los rasgos característicos de la llamada comedia nueva. No obstante, es posible identificar una serie de rasgos que parecen resultar, si no privativos, más habituales en sus obras que en las de sus contemporáneos. Así, en las obras del dramaturgo madrileño es dado identificar un especial gusto por la temática nacional al tiempo que nos encontramos con personajes dotados de una menor complejidad psicológica que la que identificamos en los personajes de sus coetáneos.

En cuanto a la clasificación de la producción teatral de este autor debemos advertir, en primer lugar, que esta resulta especialmente compleja. El motivo de esta complejidad radica en la enorme prolejidad del que Cervantes denominara “mounstruo de la naturaleza”. El mismo Lope declara haber escrito más de 1500 comedias y, aunque la cifra pudiera resultar exagerada, pasan de 317 aquellas que se han demostrado salidas de su pluma. Sumemos a esto que se le atribuyen muchas más sin que su autoría haya podido ser demostrada hasta la fecha.

No obstante, José Arellano Ayuso en Historia de la Literatura Española II, obra dirigida por Jesús Meléndez Pidal, plantea una posible clasificación de la producción de este autor. Sírvanos esta clasificación a modo de guía para repasar someramente la obra de Lope de Vega.

Tragedias

Incluye Ayuso entre las tragedias obras como Peribañez y el Comendador de Ocaña, El caballero de Olmedo, Fuenteovejuna o El mejora alcalde, el rey.

Todas estas obras responderán a un esquema argumental semejante:

Un plebeyo mantiene una relación amorosa con una mujer de su misma clase social y población. Por circunstancias, un representantes de la clase detentadora del poder se encapricha de la muchacha y la requiere hasta que, por cauces no amistosos, alcanza los favores de la misma. Llegados a este punto el honor del plebeyo, de su padre o hermano se ha visto seriamente agraviado lo cual lo obliga a procurar satisfacer dicho agravio. Solo la muerte del ofensor puede limpiar la mancha infligida a la honra. Así, ya sea por su mano, por la del pueblo o por la del rey, el noble será ajusticiado al final de la obra restituyéndose de este modo la paz social.

Así, dos son fundamentalmente las fuerzas motoras que funcionan en este tipo de obras. Por un lado la honra, elemento central que determina la justicia poética. Por otro lado el amor, elemento perturbador o fuerza salvificadora según quién lo experimente.

Una obra especialmente relevante dentro de este conjunto es El caballero de Olmedo. Escrita entre 1620 y 1621 fue considerada por Lope como una tragicomedia ya que aúna elementos cómicos y un estilo elevado. Para Ayuso ejemplifica magistralmente este tipo de obras mientras que Francisco Rico en su edición de la obra considera que se articula en torno a cuatro elementos básicos: la muerte, el amor, el destino y la ironía.

Comedias serias
Un segundo grupo de obras estaría formado por un conjunto de obras teatrales que tratan de un modo no cómico una temática variada pero de marcado carácter histórico. Así, encontramos dentro de este grupo composiciones de temática hageográfica, heróica, morisca o de temática puramente histórica, ya sean asuntos extranjeros, de la Antigüedad Clásica o nacionales más o menos contemporáneos como en Don Juan de Austria en Flandes o Arauco domado.

Como muestra del teatro de tema heroico podemos mencionar El bastardo Mudarra y los Siete Infantes de Lara, obra que refiere la traición sufrida por los Infantes y la posterior venganza de Mudarra. Entre las fuentes utilizadas para la confección de esta comedia destacará el material extraído de los romances así como el tomado de la Crónica General.

Por su parte, dentro de las obras de ambientación morisca podemos citar El remedio de la desdicha, obra en la que Lope dramatizará los amores entre el moro Abindarraez y la hermosa Jarifa. La obra presenta evidentes deudas tanto con La Diana de Jorge de Montemayor como con las diferentes versiones de la novela morisca El Abencerraje.

Obras dramáticas cómicas

Entrarían en este grupo todas aquellas obras que buscaban abiertamente la comicidad sin renunciar, claro está, a cierto conflicto argumental. Con un final invariablemente feliz resulta tradicional subdividir estas composiciones en distintos subcategorías según, primordialmente, su ambientación.

Así tendríamos las denominadas comedias palatinas. Son obras que, como El perro del hortelano, se desarrollan en espacios interiores, el de los palacios a los cuales deben su nombre, y que suelen estar protagonizados por miembros de la nobleza. Su localización suele ser relativamente exótica y cuentan con una trama enmarañada que recuerda claramente a la de las comedias de capa y espada.

Por su parte las llamadas comedias de capa y espada cuentan con una trama enmarañada que por lo general dificultan el feliz desenlace de un proceso amoroso. No obstante, el amor acaba triunfando en este tipo de obras pese a los múltiples obstáculo que debe superar. Se trata de obras de carácter costumbrista ambientadas en un tiempo y en unos lugares cercanos al público que acudía a su representación. Entre las obras de este tipo podemos incluir Santiago el verde o Las bizarrías de Belisa.

Tradicionalmente solían inscribirse en este grupo a algunas obras como El acero de Madrid o La discreta enamorada. Sin embargo tanto Arellano como Pedraza y Rodríguez las consideran obras de transición propias de la primera etapa creativa del dramaturgo. Según estos autores en estas obras Lope tratará de amoldar la comedia grecolatina a la estructura de la comedia nueva tomando de la primera el tono desenfadado y por momentos grotesco que las caracteriza.

Otras comedias

Indudablemente, con este breve repaso no logramos más que ofrecer un pequeño boceto de la compleja producción del más destacado de nuestros dramaturgos. Además de las obras vistas deberemos añadir composiciones de tema bíblico como El robo de Dina u obras de tema mitológico como El vellocino de oro.

De igual modo, contaríamos con dos destacadas obras cuya adscripción a un determinado grupo resulta compleja: La dama boba y El villano en su rincón. Para Arellano Ayuso, Historia del teatro español en el siglo XVII, son obras que discurren en el plano de lo filosófico si bien la primera tiende más claramente hacia la temática amorosa de talante cómico mientras la segunda mantiene un tono político-emblemático.

Personajes de la comedia nueva


Las innovaciones de Lope de Vega alcanzarán también al tipo de personajes que se presentarán sobre las tablas. Se generarán de este modo todo un conjunto de prototipos dramáticos que de manera sistemática se perpetuarán en todos las obras teatrales de la época.

Generalmente, estos personajes se solían organizar de manera binaria configurando parejas bien antagónicas bien complementarias.
Será el resultado de las relaciones entabladas por estos personajes la que desencadenará el conflicto o conflictos sobre los que habrán de gravitar las acciones dramáticas.

Veamos a continuación los personajes más frecuentes de la comedia nacional.

El caballero

Se trata de un joven que se encuentra adornado con todas las características positivas que cabría esperar de un caballero. Es apuesto, osado, constante, generoso y noble.

La dama

Como su contrafigura masculina, se tratará de una joven que reunirá en su persona todas las virtudes consideradas como propias de su sexo según los patrones sociales imperantes. Así, es hermosa, recatada, discreta y obediente.

Entre la dama y el caballero suele existir una relación amorosa que funciona como catalizador de la acción principal de la comedia.

El gracioso

Se suele tratar del criado del caballero y constituye una creación del propio Lope de Vega. Se han visto antecendentes de esta figura tanto en el “zanni”, ya mencionado, como en el rústico bobo de la tradición teatral hispana anterior a Lope. No obstante, se hace necesario precisar que estos ecos no han logrado explicar completamente al prototipo.

Generalmente el gracioso funciona como el contrapunto cómico de la figura de su amo, al cual, por otro lado, sirve de confidente. Es un ser práctico y realista que se muestra constante en la fidelidad a su señor. Para Felipe B. Pedraza y Milagros Rodríguez, Las épocas de la literatura española, su baja condición social facilitaba que el público de su mismo estrato social se identificara con él y, consecuentemente, con la totalidad de la obra.

La criada

Normalmente se convierte en confidente de la dama desempeñando de este modo, como el gracioso en el caso del caballero, un poderoso recurso para exteriorizar los verdaderos sentimientos de su ama. Como el gracioso, es fiel y realista, si bien suele ver atenuado el componente cómico tan propio de su par.

Resulta frecuente que la criada, junto con el gracioso, constituyan una pareja amorosa que remeda, en ocasiones con una importante carga cómica, los amores de sus amos. En estos casos la relación suele dar origen a una acción secundaria.

El rey

Se constituirá en el detentador de la justicia y suele aparecer como máximo representante social para mantener el orden social imperante y castigar a aquellos que lo perturban.

El noble poderoso

Se trata del elemento perturbador que, llevado de una pasión ilícita, tiende a abusar de su poder provocando la quiebra de la paz social.
El villano rico

Se trata por lo general del padre, hermano o esposo de la dama agraviada por el noble y que, pese a su menor posición en la escala social, cuenta con una honra que ha sido ofendida. Este hecho le autoriza a procurar una restitución de la misma.

domingo, 4 de febrero de 2018

El surgimiento de la comedia nueva. Principales características

Con el término comedia nueva o nacional nos referimos a un conjunto de obras teatrales que se desarrollarán desde el siglo XVII hasta el siglo XVIII siguiendo el modelo dramático planteado por Lope de Vega en su Artte nuevo de hace comedias en este tiempo publicado en 1609 junto a la segunda edición de sus Rimas.

Resulta complejo establecer a ciencia cierta cuáles son los antecedentes de este tipo de teatro ya que estos son múltiples y variados. Igualmente, resulta difícil establecer el nivel de influencia que otros planteamientos estéticos pudieron llegar a ejercer en la poderosa personalidad creativa de Lope. No obstante, se ha apuntado con frecuencia la relación existente entre la comedia nueva y otros autores que podrían funcionar como precursores de algunos aspectos concretos.

De este modo, se ha apuntado a Juan de la Cueva como el catalizador que llevaría a Lope de Vega a incluir temas de carácter nacional en sus comedias. Igualmente, se ha señalado que en Lope de Rueda el dramaturgo madrileño habría aprendido lo productivo y eficiente que resultaba la complicación del argumento incluyendo tramas paralelas a la acción principal. Del mismo modo, la figura de Gil Vicente habría resultado capital para la inclusión de composiciones líricas en las obras y, finalmente, la estancia de Lope en Valencia entre 1589 y 1590 habría resultado crucial para establecer contacto con las compañías italianas. De la relación con estas Lope extraería la conclusión de que el teatro debería convertirse en un arte popular centrado en el gusto de aquellos que con su dinero adquerían las entradas para acudir a las representaciones. Por otro lado, ciertos autores consideran que Lope amoldaría la figura del “zanni”, proveniente de la comedia del arte, a nuestra escena creando la figura del “gracioso”.

Como hemos apuntado será en el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo donde Lope sintetizaría los rasgos básicos de la comedia nacional. Repasemos por lo tanto las principales innovaciones planteadas ya que estas se convertirán en las principales características definitorias del modelo.

División en tres actos.

Frente a la división que se venía produciendo, Lope propondrá dividir las comedias en tres actos. A su juicio esta división refleja de manera más adecuada la estructura básica de la obra ya que en el primer acto se plantearía el problema, en el segundo acto se desarrollaría y en el último se concluiría.

Mezcla de géneros

La comedia nacional tenderá a mezclar diferentes géneros. Así, en una misma comedia, es posible encontrar momentos de profunda tensión dramática seguidos de episodios de franca hilaridad. Bajo el punto de vista de Lope este modo de actuar se amolda de manera más natural a la propia realidad pero, además, colabora a mantener una adecuada tensión dramática.

Polimetría.

Las obras de Lope estarán escritas en verso pero el poeta procurará amoldar las diferentes formas estróficas en función de la situación, la intención o el tipo de personaje. De este modo, además de la evidente riqueza y variabilidad, Lope logra contribuir al necesario decoro poético. Cada personaje debía hablar y comportarse en función de su clase social.

Introducción de elementos líricos

En las obras de Lope encontraremos momentos para la declamación de cancioncillas e incluso bailes. El empleo de estos elementos responden a una cuadruple función. Por un lado son composiciones del gusto del público, el cual, en no pocas ocasiones debía conocerlas. Por otro lado, introducen una pausa en la acción. En tercer lugar, colaboran a la tan deseada variabilidad y, finalmente, dotan de frescura al conjunto.

Ruptura con las tres unidades

Lope rompera con las reglas seudoaristotélicas que se venían aplicando al teatro. En sus obras es frecuente que nos encontremos con una trama secundaria que generalmente es protagonizada por personajes secundarios, muchas veces los criados, y que, con frecuencia, suele funcionar como un eco de carácter cómico de la acción principal. Igualmente, sus obras suelen exceder el límite temporal de las veinticuatro horas y la acción nunca se desarrolla en un único espacio.

El tema de la honra

En el teatro nacional el tema de la honra se convertirá prácticamente en un obsesión. La mayoría de las comedias establecerán relación con este principio de orden civil que se vinculaba a la virtud en la mujer, ya fuera esposa, hija o hermana. La honra, pese a tratarse de un concepto, al ser objetivado en los representantes femeninos de la familia, podía perderse o mancharse. Desde la lógica del momento la única manera de limpiar este tipo de mancha era emplear la sangre. De este modo, este tipo de conflictos proporcionaban atrayentes argumentos para el nuevo teatro.

Entretener

Pero todas estas innovaciones no buscaban otra cosa que entretener. Como hemos apuntado Lope se mostrará sumamente consciente del papel central del público en el desarrollo del espectáculo teatral. Así, bajo su punto de vista, sin duda novedoso para la época, su teatro irá encaminado a entretener al público ofreciéndoles sobre las tablas, con una proverbial intuición, aquello que le satisfacía.


No obstante, no debemos considerar que este tipo de teatro era renovador en todos sus aspectos. El teatro nacional se amoldará perfectamente a los cánones ideológicos imperantes en la sociedad de su época impuestos, en la mayoría de los casos, desde los sectores más poderosos de la sociedad. De este modo, la comedia nueva perpetuará sobre las tablas un modelo de sociedad de corte tradicional.

viernes, 2 de febrero de 2018

La industria teatral en el Siglo de Oro español

Poco a poco el teatro se irá convirtiendo en un espectáculo de carácter popular que aportará considerables beneficios económicos a aquellos profesionales que participaban del mismo.

No obstante, ya hemos visto que la mayor parte de estos beneficios recaían en las instituciones de carácter benéfico que se encargaban de la explotación del corral de comedias. Otro porcentaje le correspondería al autor de comedias, el director de la compañía teatral que se encargaba de la representación. Tipos de compañías había muchas y todas ellas con sus particularidades. Así, contaríamos desde el modesto bululú, formado por un único miembro; o la gangarilla, con dos o tres actores y un muchacho que solía representar los papeles femeninos, hasta las compañías reales, las únicas que con un amplio elenco y un considerable repertorio contaban con la autorización para representar en las ciudades.

Por su parte, el creador de la obra teatral no recibía generalmente parte de los beneficios resultantes de la explotación de la obra. Lo más habitual era que el poeta vendiera su obra a un autor de comedias por un precio dado. Una vez en posesión de la compañía el autor podía disponer del texto teatral a su mejor parecer, cambiando o eliminando partes del mismo según sus propias necesidades. Solo con la llegada de Lope de Vega se modificaría en parte este sistema de producción. El autor madrileño sería el primero en publicar sus obras eliminando de este modo intermediarios en la difusión de sus textos.

Otros y curiosos oficios surgirían a la sombra de este espectáculo. Así, además del alguacil de comedias, encargado de mantener el orden en el corral, contaríamos con un apretador, cuya función era empujar a los espectadores que se agolpaban a las puertas del corral, o el interesantísimo memorión, un personaje capaz de memorizar por completo el texto de una obra acudiendo a su representación únicamente en un par de ocasiones.


En cuanto a la organización de la propia representación, esta responderá a un esquema fijo tras las aportaciones realizadas por Lope de Vega. La obra solía dar comienzo a las dos de la tarde en invierno y a las tres en verano para poder aprovechar al máximo las horas de luz. La representación comenzaba con una Loa, donde un personaje de la obra realizaba un pequeño discurso que pretendía captar la atención del público al tiempo que buscaba ganarse su favor ensalzando algún aspecto concreto de la localidad. A continuación daba comienzo el primer acto de la comedia que, al finalizar, daba paso a un entremés o cualquier otra obrilla de carácter breve como una danza. Este tipo de representación breve se repetía tras el segundo acto y una vez concluido el tercero daba comienzo el llamado fin de fiesta, acto en el cual todos los miembros del elenco realizaban un baile en el escenario.

miércoles, 31 de enero de 2018

Los corrales de comedia

Desde mediados del siglo XVI se convertirán en espacios fijos destinados a la representación teatral. Su explotación correría a cargo de instituciones piadosos o los llamados hospitales benéficos, resultando muy difícil que esa explotación recayera en manos de un particular.

Se ha insistido a menudo de como la distribución del corral de comedias reflejaba la estratificación social de la época. Este reflejo, que efectivamente se producía tanto sobre las tablas como en el propio espacio físico del corral, suponía que cada clase social debía ocupar un lugar concreto dentro del corral.

Lo primero que se encontraba un espectador del siglo XVI y XVII nada más entrar en un corral de comedias era el escenario. Al fondo, en la pared que quedaba frente por frente de la entrada, sobre un escenario levantado con tablas, se realizaba la representación. La pared que quedaba tras este escenario era aprovechada para colgar en un principio elementales decorados. De igual modo, las ventanas o balcones del edificio eran aprovechados como útiles elementos esceneográficos. El escenario solía contar con un par de cortinas, una en cada lateral, que facilitaban la entrada o la salida de los personajes a la escena.

Inmediato al escenario, de cara a él, se situaban una serie de bancos reservados para la burguesía. Por su parte, los miembros más influyentes de la sociedad ocupaban los balcones o ventanas laterales.

Tras los bancos de la burguesía quedaba un espacio libre donde, de pie, se instalaban los mosqueteros, los representantes masculinos del pueblo llano. Sobre ellos, encima de la puerta, en un espacio acotado denominado cazuela, se instalaban las mujeres de su misma estración social.


Finalmente, las buhardillas de las casas de vecinos eran reservadas a los poetas y autores teatrales que, en amigable tertulia, solían comentar la obra que se representaba.

Antecedentes de la Comedia Nueva

A principios del siglo XVI irán madurando diferentes tipos de manifestaciones del arte escénico que colaborarán a preparar el camino para que, a finales de la centuria, se produzca la revolución teatral que ha dado en denominarse como Comendia nueva o Teatro nacional.

Así, al comenzar el siglo, tres serán las vetas que han de alimentar el género dramático. Por un lado, como continuación del teatro que venía realizándose durante las últimas centurias, encontraremos un teatro de carácter religioso. Este teatro, vinculado a las festividades religiosas, especialmente a la de Corpus, comenzó a realizarse en espacios públicos sobre las tablas de carromatos. Su éxito provocaría, como veremos, que surgieran todo un grupo de profesionales vinculados a estas representaciones y, consecuentemente, la necesidad de ampliar el margen temporal de estos espectáculos.

Por otro lado, surgirá un teatro universitario o escolar. Estas obras, que tan caras resultarían a los miembros de la Compañía de Jesús, solían representarse en latín y tenían una temática de carácter culto.

Finalmente, contaríamos con un teatro cortesano. Este tipo de representaciones, vinculadas a los salones palaciegos, comenzarían como momos o simples recitaciones con escaso desarrollo espectacular para ir acrecentando su carga dramática.

La evolución de todos estos caminos, en especial del primero de ellos, provocó que el teatro saliera de los salones palaciegos y universitarios al tiempo que descendía de los carros o, mejor dicho, sustituyese los carros por las tablas más o menos estables de los corrales de comedias. Las compañías encargadas de las representaciones religiosas se profesionalazarán y procurarán dotar de mayor regularidad sus representaciones. Capital en esta evolución será la aparición de importantes creadores teatrales como Torres Naharro, Juan de la Cueva o Lope de Rueda. A estos autores cabría añadir la llegada desde Italia de toda una serie de representantes que introducirán en nuestra tradición dramaturgia aspectos propios de la “comedia del arte”.


Por otro lado, las compañías procurarán disponer de espacios fijos que asegurarán la estabilidad de su trabajo. Al mismo tiempo, las instituciones piadosas y los hospitales benéficos vieron en la explotación de estas representaciones una prometedora fuente de ingresos. Surgirán así los denominados corrales de comedias: espacios teatrales de carácter permanente que se instalaron en las corralas de vecinos de las principales ciudades y cuya explotación corría a cargo de las instituciones anteriormente mencionadas.

Los géneros literarios en el positivismo, formalismo ruso y new criticism.

 La llegada del positivismo filosófico también influyó en el desarrollo de la concepción de los géneros literarios. Así, para Brunetiere, La evolución de los géneros en la historia de la literatura, los géneros se comportarán como organismos vivos. Esta visión, eminentemente deudora de la Teoría de la evolución de las especies de Ch. Darwin, implica que los géneros nacerán, se desarrollarán y terminarán desapareciendo, ya sea al ser sustituidos por otro nuevo género o por transformarse, al evolucionar, en otro nuevo género.

En el caso del denominado formalismo ruso, la cuestión de los géneros literarios será estudiada desde diferentes perspectivas. Sklovski considera que toda nueva forma literaria surgirá dentro de un género instituido de manera canónica por una tradición literaria determinada por las circunstancias socio-culturales.

Por su parte, Roman Jakobson aplicará a la clasificación de los géneros su teoría sobre las diferentes funciones del lenguaje, concluyendo que en cada uno de los géneros canónicos predomina, además de la función poética, una función determinada. Así, en la lírica predominará la función expresiva, la función apelativa en el teatral y la función representativa en la épica.

Finalmente, Boris Tomachevski considerará que los géneros constituyen un eficiente sistema clasificador basado en la identidad formal de las obras. Esto le llevará a concluir que en cada obra existen una serie de rasgos dominantes que son los que se encargan de abscribir esa obra a un género concreto. Por otro lado, en toda obra también es posible descubrir una serie de rasgos personales, propios de cada autor. Estos rasgos, en la medida en que resulten originales e innovadores, podrán ser imitados por otros autores y, si esta reiteración conduce a la institucionalización, pueden llegar a convertirse en rasgos dominantes de otro género.

Esta forma de entender los géneros llevará a Tomachevski a concluir que los géneros evolucionan en la medida en que una obra maestra triunfa y es imitada por otra segunda obra maestra que, reiterando los citados rasgos personales, permite a ese modelo institucionalizarse como género o subgénero literario.

En esta visión de los géneros jugará un papel crucial la dialéctica marxista. Los géneros tendrán una relación evidente con las circunstancias históricas y su evolución estará determinada por la lucha que los géneros centrales, aquellos aceptados como canónicos en un determinado momento histórico, entablan con los géneros periféricos, no incluidos en ese canon, que buscan convertirse en géneros centrales.

Dentro de la denominada new criticism Northrop Frye considera que lo interesante, antes de hablar de géneros literarios, es considerar el tipo de relación comunicativa que se entabla entre el emisor y el receptor de una obra literaria. Por este motivo Frye prefiere hablar de esferas de representación y no de géneros. Así distingue entre epos, en la que, como en la recitación, el autor y el receptor deben estar presentes; el drama, donde son los personajes los que se hacen presentes ante el público; la lírica, donde el autor se muestra directamente sin la necesidad de que el lector se muestre; y la ficción, donde el emisor se oculta completamente al receptor.


Inscritos en la misma corriente teórica podríamos incluir a Wellek y Warren. Para estos autores lo interesante de los géneros es aquella que se deriva de su estudio desde una perspectiva pragmática. Cuando el lector se enfrenta a una obra literaria encontrará placer en el acto lector cuando descubra una verdad y logra reconocer determinados patrones estilísticos. Estos patrones, conformados por los géneros, son los que debe manejar el autor para lograr el equilibrio entre el aburrimiento y la novedad intelegible.  

lunes, 29 de enero de 2018

Concepción de los géneros literarios desde la Edad Media al Romanticismo

Durante la Edad Media la reflexión sobre los géneros literarios fue indudablemente menor que durante el periodo anterior. Como consecuencia se tendió a un considerable hibridismo genérico con la consiguiente confusión entre los distintos subgéneros. Con todo, ciertos autores como Diomedes en el siglo IV, procuraron establecer una sistematización genérica con evidentes deudas aristotélicas. Así, según el autor arriba mencionado, era posible distinguir tres géneros: el genus imitativum, con las species tragica, cómica, satírica y mímica; el genus narrativum, angélica, histórica y didascálica; y el genus comune, lírica y heroica.

Durante el Renacimiento se renovaría el interés por la teoría de los géneros literarios. Se establecerán preceptivas y una serie de reglas de obligado cumplimiento para el literato que pretendían terminar con el hibridismo medieval. Los modelos a seguir serían tanto Horacio como Aristóteles aunque, pese a lo estipulado por este último, la producción literaria en lengua vulgar de Petrarca provocaría la necesidad de contemplar la existencia de un nuevo género: la lírica.

Minturno en L´Arte Poetica establecerá una distinción entre género dramático, en el que hablan directamente los personajes; el género épico, donde la voz de los personajes se entremezcla con la voz del poeta; y el género lírico, donde únicamente encontramos la voz del poeta.

Por lo que se refiere al Barroco, es necesario diferenciar el Barroco francés, donde se perpetuarán los principios que hubieron de regir la clasificación de los géneros durante la época anterior, del Barroco italiano y español. En estos territorios la cuestión de los géneros resultó mucho más controvertida. Frente al intento por parte de las nacientes Academias por mantenerse fieles a la división genérica planteada en el siglo XVI, algunos autores plantearon la necesidad de adentrarse por nuevos caminos genéricos tendiendo al hibridismo y a la creación genérica.

No obstante, la llegada del Neoclacismo terminó con estas pretensiones innovadoras. La acomodación del arte a la Razón, al buen gusto y a las reglas impidió el desarrollo pleno de los intentos barrocos retomando los principios organizativos clásicos.

Sin embargo, la Ilustración, con su relativismo, abriría el camino para la llegada de toda una revolución en lo que a la concepción genérica se refiere. Para el Romanticismo el autor, verdadero demiurgo, no podía ver limitado su espíritu creativo por las normas y las reglas. Como apuntara Schlegel, la literatura antigua era genérica y consecuentemente artificiosa. Frente a esta se erguía una literatura moderna, agenérica, absolutamente libre y encaminada a convertirse en literatura total.

Idéntica opinión expresaria Victor Hugo en su Prólogo a Crommwell. Para este autor la vida era esencialmente protéica y la literatura, su manifestación artística, no podía admitir el encorsatimiento de los principios genéricos.

Como podemos ver, el Romanticismo supuso un cambio radical en la concepción de los géneros. El acento que se puso en la libertad absoluta del genio creador provocaría el surgimiento de un desaforado afán de originalidad que, lógicamente, maniraba mal con el canon genérico imperante. El resultado fue el surgimiento de nuevos subgéneros, el hibridismo absoluto y la ruptura con el decoro poético.

No obstante, no faltarán en este momento voces que se ocupen en desarrollar una teoría sobre los géneros. Así, para Hegel, los géneros no serán meras estructuras clasificadoras. Desde su punto de vista los géneros objetivizan el espíritu absoluto y mantienen entre sí una relación de tipo dialéctico. De este modo, la épica equivaldría a la tesis, se trataría del primer género en aparecer y se encargaría de expresar la visión objetiva de un ser o un pueblo sobre la realidad. Por su parte la lírica, la síntesis de su sistema, resultaría propio de sociedades evolucionadas y contribuiría a la expresión de la subjetividad sentida por el hombre enfrentado a su entorno. Por último, el drama, síntesis, supondría la expresión tanto de la subjetividad como de la objetividad.

Los géneros literarios en la Antigüedad Clásica

Las primeras reflexiones que encontramos sobre la existencia de los géneros las encontramos en la Antigua Grecia. No obstante, ya desde este primer momento la cuestión parecía resultar compleja. Ya Platón en su República se muestra ambiguo al establecer una clasificación de los mismos en su libro tercero y negar su existencia en el libro décimo. Para este autor, la poesía, término empleado para referirse a la literatura, equivalía aproximadamente al concepto de narración. Bajo su punto de vista la poesía podía ser mimética, como la que se produce en el teatro; no mimética, como la que encontramos en la lírica o mixta, como la que se produce en la epopeya.

Sin embargo, será su discípulo Aristóteles el encargado de establecer, sin duda sin pretenderlo, la clasificación más productiva de los diferentes géneros literarios. Aristóteles en su Poética no se ocupará realmente de la clasificación de las diferentes obras literarias en distintos géneros. Su propósito real era descubrir cómo se articula en la literatura la imitación (mímesis) en función de los parámetros que la determinaban. Así, bajo su punto de vista, las obras literarias imitaban la realidad en función del objeto a imitar y del modo de imitar. Si el objeto eran personas de alta condición o dioses el resultado podía ser la tragedia o la epoya, dependiendo de si los personajes se mostraban directamente o su voz estaba mezclada con la del poeta. Si en cambio el objeto eran personas de baja estracción los resultados podían ser la comedia o el drama.

Por último, crucial en el desarrollo de los géneros literarios durante la Antigüedad Clásica sería la figura de Horacio. Su Epístola a los Pisones sistematizaría un sistema poético cuyas repercusiones serían cruciales durante los siglos XVI, XVII y XVIII. Para Horacio resultaría indispensable evitar el hibridismo y mantener el tono adecuado a cada composición, es decir, la correspondencia entre la forma externa y el contenido del texto. Bajo su punto de vista existirían una serie de géneros dramáticos: tragedia, comedia, drama, frente a unos géneros no dramáticos: epopeya, elegía, lírica y yambica.

Hacia una definición de los géneros literarios.

Podemos intentar definir la literatura desde una perspectiva maximalista afirmando que la literatura es una expresión verbal. Este planteamiento, que sin lugar a dudas podría resultar exagerado, es el adoptado por Benedetto Croce, Estética como ciencia de la expresión y lingüística general, para el cual toda expresión verbal es susceptible de ser considerada como literatura.

Más restrictivo se muestra en cambio Kurt Spang, Los géneros literarios, quien considera necesario establecer una serie de rasgos distintivos de la expresión verbal susceptible de transformarse en una obra literaria. Bajo su punto de vista, la expresión verbal literaria debe contar con una necesaria complejidad estructural y con suficiente densidad estilística. No obstante, tras considerar el problema con detenimiento, el propio Spang llega a la conclusión de que ambas características, que efectivamente se dan en los textos literarios, no resultan privativos de los mismos. Consecuentemente, se precisa una tercera característica que los distinga del resto de textos estructuralmente complejos y con una densidad estilística pareja. La respuesta la encuentra Spang en el carácter ficcional de los textos literarios. En su opinión este tipo de textos, pese a contar con un anclaje en el universo de lo real, ficcionalizarán la realidad creando una nueva solo existente en el universo de lo literario.

Resulta evidente que dependiendo del punto de vista adoptado con respecto a la literatura será diferente la consideración que se tenga respecto a los géneros literarios. Ya Adrián Marino, “Towards a definition of literary genes”, resalta la polémica que, especialmente desde el Romanticismo, se ha desatado sobre la pertinencia de este modelo clasificador.

Para algunos autores, entre ellos el citado Benedetto Croce, los géneros realmente no existen. Su uso no implica más que la utilización de eficientes y efectivos esquemas organizativos que no responden a más realidad que la operatividad metodológica de la teoría literaria.

No obstante, frente a esta postura, otros autores han defendido la existencia de los géneros. Así, partiendo de la clasificación aristotélica de los mismos, Tzveran Todorov considera que los géneros literarios son resultado de la misma naturaleza de las obras literarias. Así, serán los mismos acontecimientos en los que se enmarca el proceso creativo los que determinen el surgimiento de un género literario. Cuando este modelo se repite, siempre bajo unas circunstancias que resulten propicias, dará lugar a su institucionalización y, consecuentemente, surgirá el género literario.

Al respecto señalará Lázaro Carreter, Estilo barroco y personalidad creadora, que este proceso es igualmente válido para explicar el surgimiento de los subgéneros literarios. Es cierto, admite Carreter, que en un momento dado la invención de un determinado subgénero puede deberse a una personalidad genial pero, continúa Carreter, la genialidad radica en la intuición que permite interpretar las circunstancias históricas y estéticas de un momento e integrarlas en un modelo literario que, precisamente por ello, triunfa y se perpetúa.

Con todo, consideramos que el género literario existe y con Staiger, Conceptos fundamentales de poética, admitimos la existencia de tres formas literarias naturales: dramática, narrativa y lírica.

Finalmente, podremos definir a los géneros con Wellek y Warren, como la clasificación de las diferentes obras literarias en función de su forma externa e interna.

domingo, 28 de enero de 2018

El teatro hispano en el siglo XVIII



Junto con el ensayo, el teatro se convertirá en el género predilecto de los literatos hispanos durante el siglo XVIII. Esto será así porque su evidente función catártica lo convertía en una poderosa herramienta de transformación social.

En su conjunto se tratarán de obras de marcado carácter didáctico que buscarán ensalzar aquellos principios que habían de regir la conducta humana: el decoro, la virtud y la rectitud moral.

Teniendo en cuenta este ideario las obras que durante la primera mitad del siglo XVIII se representaban en los teatros españoles con un considerable éxito de público serán juzgadas con severidad. Se tratarían en su inmensa mayoría de obras que se afanaban por perpetuar el modelo teatral barroco complicando la intriga y aumentando los efectos escénicos. Contra este teatro alzaría la voz Luzán en su Poética, iniciando una reacción contra el mismo que culminaría con la prohibición expresa de los autos sacramentales por parte de Carlos III.

No obstante, también durante la primera mitad del siglo algunos autores, como Antonio Zamora, No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, anticiparon los presupuestos teóricos del nuevo teatro neoclásico. En estas obras es apreciable el esfuerzo por intentar concentrar el espacio y el tiempo así como procurar la unificación del estilo.

Ya durante la segunda mitad del siglo XVIII triunfará sobre las tablas un teatro plenamente neoclásico. En estas obras la preceptiva de Luzán, que preconizaba el regreso a las tres unidades (Tiempo, espacio y acción), así como la unidad de estilo, se desarrollará plenamente.

Básicamente nos encontramos en este teatro con tragedias y comedias. Las primeras estarían influidas por el teatro de Racine y Corneille, mientras que las obras de talante cómico mostrarían importantes deudas con el teatro del también francés Moliere.

Las obras trágicas se centrarán en censurar la conducta de los sectores dirigentes, ya fueran reyes o personajes principales. Este planteamiento, así aconsejado por Luzán, acrecentará el carácter didáctico de las composiciones que tendrán un evidente matiz ejemplarizante.

Los temas de estas composiciones suelen ser históricos y se encuentran imbuidos de una ideología de carácter liberal. Sus personajes responden a prototipos de las clases dominantes que deben enfrentarse a múltiples adversidades de las cuales saldrán siempre victoriosos gracias a ssu virtud, nobleza y patriotismo.

Entre los autores trágicos más destacados podemos incluir a Nicolas Fernández de Moratín, Guzmán el bueno, o Gaspar Melchor de Jovellanos, Pelayo.

También funcionan como prototipos, en esta ocasión extraídos de la burguesía, los personajes de las comedias. Es posible advertir en estas obras una leve crítica hacia esta clase social aunque, en la mayoría de los casos, la crítica nunca es hiriente y solamente busca el didactismo.

No podemos dejar de citar entre los autores cómicos de este periodo a Leandro Fernández de Moratín, autor de enorme éxito que bajo el influjo de Moliere se convertiría en el dramaturgo más importante del momento. La mayoría de sus obras se ambientarán en un paisaje urbano en el que sus figuras desarrollarán conflictos de carácter moral que pretenderán provocar una reforma efectiva de la sociedad. Entre sus obras más celebradas contamos con El sí de las niñas, La mojigata o La comedia nueva.