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miércoles, 10 de enero de 2018

Lingüísticas de uso




El repaso a las principales corrientes lingüísticas actuales no estaría completo sin hacer mención a todo un conjunto de estudios de carácter lingüístico o paralingüístico que han establecido toda una serie de presupuestos teóricos especialmente relevantes a la hora de desarrollar el citado paradigma comunicativo de las ciencias lingüísticas.

El repaso que a continuación se presenta no deja de ser una breve reseña de estas teorías y su pretensión, obviamente, es de carácter orientativo.

Teoría de la enunciación

Benveniste propondrá sistematizar el estudio de los procesos que entran en juego a la hora de realizar enunciados. Esto pasa, principalmente, por establecer cuáles son los condicionantes que determinan las elecciones lingüísticas que realiza el emisor a la hora de crear sus enunciados. Así, se preguntará cómo influye el propio emisor, la naturaleza del destinatario y el contexto físico, es decir, el cuándo y el dónde, en la construcción de un enunciado.

Actos de Habla

Debemos a Austin, Como hacer cosas con palabras, la enunciación original de la teoría de los actos de habla. En su concepción, puntualizada más tarde por Shearly, un acto de habla supondría la emisión de una señal en un contexto comunicativo concreto con la intención de llevar a cabo los fines de ese acto comunicativo.

Dentro de un acto de habla canónico podemos distinguir un acto locutivo, que se corresponde con el proceso mismo de la emisión de una señal coherente en un universo discursivo dado; un acto ilocutivo, que se correspondería con la intención con la cual se emite la señal y, por último, un acto elocutivo que, solo reconocible en el efecto elocutivo, se correspondería con el efecto producido por el acto locutivo.

Principio de cooperación

Apunta Grice que cuando nos comunicamos partimos de la base de que nuestros interlocutores se comportarán de manera cooperativa. Esto implica que existen una serie de máximas de cooperación conversacional que posibilitan, de hecho, que se lleve a cabo un intercambio comunicativo: estas máximas son las de cantidad, cualidad, relación y manera.

Etnografía de la comunicación

Para Gumperz y Hymes cuando nos comunicamos estamos poniendo en marcha comportamientos y, de este modo, la lengua constituye tanto una herramienta de comunicación como un elemento propio para la interacción social. 

En algunas ocasiones estos comportamientos pueden encontrarse altamente ritualizados, como los saludos, las ceremonias o las celebraciones. Esto implica que serán comportamientos lingüísticos que pueden ser estudiados. Así, la etnografía de la comunicación considerará que en la medida que los hablantes dominen estos comportamientos se mostrarán competentes comunicativamente.

martes, 9 de enero de 2018

Estudios lingüísticos de carácter comunicativo



Es posible rastrear el origen de las propuestas metodológicas de las distintas corrientes del paradigma comunicativo en los trabajos previos de autores como Jespersen, Bühler, Sapir o Tesniere. 

Dentro de este paradigma repasaremos de manera somera las aportaciones realizadas por la lingüística del texto, la pragmática lingüística y el análisis del discurso.

La lingüística del texto

La lingüística del texto tiene como principal objetivo el estudio interno del texto y de sus mecanismos constructivos: la cohesión y la coherencia. En esencia, aplicará la metodología subyacente a la teoría generativa a un marco superior a la oración, en este caso al texto.

De este modo, en todo texto se distinguirá una estructura profunda, que se correspondería con la planificación del texto, gobernada por los mecanismos de coherencia, y una estructura superficial, que implica la plasmación, en el plano lingüístico, de la estructura profunda.

Para T.van Dijk, La ciencia del texto, existiría una competencia de carácter textual, la cual consistiría en interiorizar cómo funcionan los distintos tipos de textos, es decir cómo se generan las distintas superestructuras.

Para Dijk en la estructura profunda se habilitan tanto una macroestructura, esto es una proposición de carácter general, como un conjunto de microestructuras que concretarán de manera detallada en cada uno de los elementos de base lingüística que se emplean en el texto la proposición general indicada, es decir, la macroestructura se concreta en diferentes microestructuras que serán gobernadas por las reglas y mecanismos de coherencia.

Tanto la macroestructura como las microestructuras se actualizarán en una superestructura que implica un determinado orden en que los enunciados se organizan para crear un tipo de texto concreto. La generación de las diferentes superestructuras estará gobernada por las reglas y mecanismos de cohesión.

Debemos a J.M. Adam la clasificación de las diferentes superestructuras dando lugar a un conjunto de secuencias prototípicas denominados tipologías textuales. Dentro de las diferentes tipologías textuales establecidas por Adam tendríamos la textos narrativos, descriptivos, expositivos, argumentativos y dialógicos.

Pragmática lingüística

Afirmará María Victoria Escandell, Introducción a la Pragmática, que esta disciplina no es distinta a la ciencia lingüística. Desde su punto de vista se trata de una manera distinta de enfrentarse a un mismo problema: el lenguaje.

Así, la pragmática lingüística se enfrentará al texto, unidad lingüística superior, desde una perspectiva externa. De este modo podemos definir la pragmática como la ciencia que se dedica a estudiar todo lo que significa en un texto menos la semántica. Esto supondría que el significado real de un texto, su sentido, es la suma del significado semántico, derivado de la utilización de signos lingüísticos, y del contexto, objeto último del estudio pragmático.

El estudio pragmático centrará por lo tanto su atención en aquellos factores que determinan el contexto: la intención del emisor, la situación en la que se produce el acto comunicativo, los roles de cada uno de los participantes en ese acto, el efecto que produce y el canal empleado para llevar a cabo el acto comunicativo. 

No obstante, la pragmática no puede prestar atención a todo aquello que de manera general constituye el contexto. La pragmática se centrará solamente en aquello que resulte relevante desde un punto de vista comunicativo.

Análisis del discurso

La intención del análisis del discurso es contextualizar el texto tanto desde una perspectiva interna como externa. Esto implicará que se centrará tanto en los aspectos textuales como en los aspectos sociales que justifican la elección de un determinado enunciado.

Esta pretensión implica afrontar el estudio del texto desde una perspectiva interna, atendiendo a su propiedades, estructuras y secuencias. Esto, le acercaría al ámbito de estudio de la lingüística del texto.

No obstante, el análisis del discurso implica también enfrentarse al texto desde una perspectiva externa, intentando identificar las relaciones que el texto establece con los los diferentes géneros textuales, la situación en la que se produce el acto comunicativo o los diferentes usos de la lengua. Como vemos, en este punto los planteamientos del análisis del discurso se aproximan a los de la pragmática lingüística.

La lingüística formal en la primera mitad del siglo XX: estructuralismo y generativismo



Todo un conjunto de escuelas lingüísticas seguirán la senda abierta por Ferdinand de Saussure. Todas ellas tendrán en común la aceptación, con mayor o menor rigor de los denominados rasgos de la lingüística saussereana

De manera general es dado distinguir entre aquellas escuelas que se pueden incluir dentro del estructuralismo, ya sea el americano o el europeo, y las diferentes versiones que desde la década de los cincuenta del pasado siglo habría de presentar la Gramática Generativa. 

Estructuralismo

Con sus variantes, todas las escuelas que citaremos a continuación consideran que la lengua es un constructo social de carácter convencional.

Escuela de Ginebra: reunirá a los herederos directos de las enseñanzas de Saussure. Entre las figuras más destacadas del grupo podemos citar a los dos alumnos encargados de recopilar las notas tomadas en sus clases, Ch. Bally y Schehaye. El primero de estos autores se centrará en la aplicación sistemática de los principios estructuralistas al estudio de la literatura sentando así las bases de la estilística. Por su parte, Schehaye profundizará en los estudios gramaticales.

Círculo lingüístico de Praga: los estudiosos de esta escuela se ocuparán de desarrollar los estudios literarios partiendo de planteamientos de carácter estructuralista, como haría Roman Jakobson, al tiempo que sentarían las bases de una fonología y una fonética estructural donde, como señalara Trubezkoy, cada elemento del sistema fonológico se definiría por una serie de rasgos privativos que entran en oposición con los rasgos de otros elementos.

Glosemática: será el lingüista danés Louis Hjemslev quien, partiendo de la dicotomía entre significante y significado, establezca la distinción entre plano de la expresión y plano del contenido. Así, en cada uno de estos planos, que reflejarán, a grandes rasgos, la distinción planteada por Saussure entre las dos caras del signo lingüístico, distinguirá una sustancia y una forma. Desde su planteamiento, radicalmente inmanentista, la lingüística debe ocuparse únicamente del estudio de la forma, es decir, de la organización precisa de la la sustancia no lingüística para generar formas lingüísticas dadas.

Estructuralismo americano: las ideas que configuran el estructuralismo de manera general recibirán un tratamiento singular fuera de las fronteras europeas. Surgirá de este modo un estructuralismo americano que contará con su propia especificidad. Entre las corrientes más destacadas que podemos incluir dentro del estructuralismo americano estarían el mentalismo de Sapir y el conductismo de Bloomfield. 

Para el primero de estos autores la lengua, que es una institución humana de carácter social, colaborará activamente en la configuración del pensamiento.

Por su parte Bloomfield partirá del conductivismo para explicar el lenguaje como una reacción, de carácter lingüístico, a una acción de carácter extralingüístico. Igualmente, bajo su punto de vista, el significado lingüístico es un componente difícilmente objetivable y, consecuentemente, será relegado de los estudios lingüísticos.

Generativismo 

Dentro del paradigma formal, pero en oposición a las corrientes estructuralistas, debemos situar a partir de la década de los cincuenta del pasado siglo a los estudios de carácter generativista. Siendo abundantes las divergencias que separan a las diversas versiones del generativismo de los estudios lingüísticos estructuralistas, la más destacada guarda relación con la concepción social o individual del lenguaje. En este sentido, mientras los estructuralistas consideraban que la lengua era un constructo de carácter social el generativismo considerará que la lengua tiene un carácter básicamente individual.

Para esta corriente el lenguaje es una capacidad innata del ser humano que le capacita para expresarse en una lengua concreta, es decir, el ser humano está biológicamente preparado para desarrollar una competencia lingüística.


Esta competencia se desarrollará mediante la interiorización de una serie de reglas lingüísticas. Una vez interiorizadas el hablante podrá generar un número a priori infinito de mensajes que se concretarán en una actuación lingüística.

En una segunda versión, estas reglas interiorizadas crearán la estructura profunda de la lengua. Será la aplicación de una serie de reglas de carácter transformacional lo que le permitirá al hablante generar un conjunto de enunciados gramaticalmente aceptables que conformarán la estructura superficial de la lengua.

De este modo, desde el punto del generativismo, la lengua es innata, tiene un carácter productivo, es creativa y cuenta con la oración como unidad máxima.

lunes, 8 de enero de 2018

El nacimiento de la lingüística moderna



Con la publicación en 1916 del Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure surgirá lo que se ha venido considerando desde entonces una verdadera ciencia lingüística moderna. 

Desde que Ch. Bally y Schehaye dieran a la imprenta los apuntes tomados en las aulas del profesor ginebrino, la lengua sería un objeto de estudio válido por sí mismo y recibiría un tratamiento de carácter científico. 

Esta dimensión científica del hecho lingüístico implicaría un acercamiento empírico a la materia objeto de estudio así como la búsqueda del objetivismo en esta labor. De igual modo, la lingüística se dotaría de una terminología propia y centraría sus esfuerzos en la descripción del fenómeno, renunciando al carácter prescriptivo. 

Del análisis del Curso es posible extraer una serie de máximas que definirán tanto la lingüística saussereana como todo la Lingüística que podríamos englobar en el denominado paradigma formal de los estudios lingüísticos.

Así, la nueva lingüística centrará su atención en la lengua oral, manifestación primigenia de toda lengua que, solamente subsidiariamente, se registra de manera escrita.

Por otro lado, el concepto de signo lingüístico, entidad biplánica que guarda una relación arbitraria o convencional entre sus elementos, será un concepto nuclear de toda la lingüística posterior. Se establecerá de este modo la conocida dicotomía entre significante y significado, las dos caras del signo lingüístico que presentan entre sí una relación, además de convencional, solidaria.

Como hemos apuntado, la lingüística saussereana centrará sus esfuerzos en la descripción del sistema de una lengua. Entendiendo que la lengua conforma un sistema que cuenta con una estructura interna en la que cada uno de los elementos se organiza con respecto a las unidades del sistema en virtud a las relaciones que mantienen entre sí. Este tipo de relaciones pueden ser básicamente de dos tipo: in praesentia o in absentia. 

Por último, la lingüística saussereana centrará sus estudios en el estadio actual del sistema. Es decir, adoptará un punto de vista eminentemente sincrónico.

miércoles, 3 de enero de 2018

Evolución general de la lingüística



Resulta ya común delimitar el comienzo de la lingüística moderna con la publicación, en 1916 del Curso de lingüística general de Ferdinand de Saussure. Con anterioridad a este hito solo podríamos hablar, con propiedad, de estudios sobre el lenguaje. Durante este periodo previo el lenguaje será estudiado como una herramienta supeditada a un fin mayor, ya sea el estudio de la psique humana o la proyección social del lenguaje.

Posteriormente, tras los trabajos de Friedrich August Wolf en el siglo XVIII, la filología experimentará una progresiva evolución que, especialmente en el siglo XIX, le llevará a centrarse en el estudio diacrónico de las lenguas y en su clasificación tipológica.

Con la publicación del Curso el lenguaje se convertirá en un objeto científico válido por sí mismo con lo que se inicia, con propiedad, el estudio científico del lenguaje. 

Más adelante estudiaremos con mayor detalle la figura de Ferdinand de Saussure así como los aportes que realizara al desarrollo de la lingüística. No obstante, llamemos un momento la atención sobre una de las dicotomías planteadas por el profesor ginebrino.

Efectivamente, Saussure diferenciará claramente entre lengua, lo esencialmente lingüístico, y el habla, la manifestación concreta de una lengua. Esta distinción entre Langue y Parole, en la terminología saussureana, se encuentra en la base de la posterior evolución de la ciencia lingüística.

Así, en un principio los estudios lingüísticos se centrarán en el estudio del sistema, es decir, en lo que Saussure denominó lengua. Con esto se dará comienzo al denominado paradigma formal de la lingüística, dentro del cual sería dado incluir al estructuralismo, tanto europeo como americano y, al menos desde los años cincuenta, a las diferentes variantes de la Gramática Generativa.

De este modo, todas aquellas corrientes que se pueden agrupar bajo el paradigma formal compartirán un conjunto de presupuestos teóricos. Todas ellas se centrarán en el estudio inmanente del sistema lingüístico prescindiendo del análisis del uso y desatendiendo, consecuentemente, la actividad lingüística de los hablantes. De igual modo, considerarán que la función primordial del lenguaje es la expresión del pensamiento y reconocerán en la oración la unidad máxima de la lengua.

Frente a este paradigma formal, a partir de los años sesenta, surgirán todo un conjunto de corrientes que centrarán su atención en el uso de la lengua. Se tratan de disciplinas lingüísticas que afrontan el estudio del lenguaje desde presupuestos no inmanentistas y que, partiendo del convencimiento de que la función básica del lenguaje es la de comunicar, prestarán especial atención a la actividad lingüística de los usuarios en un contexto comunicativo donde la unidad de análisis máximo ya no será la oración si no el texto.

Todas estas corrientes lingüísticas como la Pragmática o la Lingüística del texto conformarán el denominado paradigma comunicativo de la lingüística.

Pese a las evidentes discrepancias que es dado descubrir entre ambos paradigmas somos de la opinión, junto a Enrique Bernárdez, Introducción a la lingüística del texto, de que ambas posturas no son contradictorias. Tal y como señala Bernárdez, ambos paradigmas responden a la evolución de la ciencia. Así, cuando en cualquier disciplina las posibilidades interpretativas que proporciona el análisis inmanente se agotan, esta establece relaciones externas que le permitan avanzar en la comprensión del fenómeno objeto de estudio.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Hacia un nuevo modelo de comunicación


Apuntes extraídos de María Vicoria Escandell Vidal, La comunicación.



Tal y como hemos visto hasta aquí, el concepto de comunicación que venimos manejando hasta el momento resulta demasiado simplista y rígido como para explicar convenientemente un proceso tan complejo como el que nos ocupa. Resulta imprescindible dar cabida en el sistema de la comunicación a una serie de realidades que, hasta la fecha, o se abordaban de manera tangencial o simplemente quedaban marginadas. Hemos visto que la comunicación humana consiste en un proceso complejo que excede los límites de la codificación y descodificación de mensajes y que, pese a poder servirse de un código, la presencia del mismo no resulta imprescindible. También hemos comprobado que la comunicación es el resultado de integrar contenidos codificados y conocimientos extralingüísticos, así como que comunicarse supone generar un conjunto de representaciones en otro individuo. Por último, debemos recordar que la comunicación es un proceso intencional, tanto desde la perspectiva del emisor como del destinatario, quien en su interpretación debe reconocer la intención del emisor. Un modelo comunicativo completo debería dar cabida a estas premisas, al tiempo que delimita el papel que juega en el mismo cada uno de los elementos que las conforman.
En un modelo así debemos dar cabida a tres tipos de componentes. En primer lugar tendríamos los elementos. En esta categoría incluiríamos a los fenómenos perceptibles y directamente observables que intervienen en el proceso comunicativo. Así, entenderíamos la comunicación como una actividad en la cual dos o más individuos intercambian señales de diversa naturaleza de manera intencional. Junto a estos contaríamos con las representaciones y los procesos. Estas dos categorías tienen en común que ambas engloban realidades a las cuales solo tenemos un acceso indirecto a partir de las manifestaciones que se hacen visibles a través del comportamiento comunicativo. Las representaciones, por su parte, hacen referencia a la imagen mental que los participantes del proceso comunicativo hacen de su entorno, las cuales conforman un todo en parte individual y en parte compartido con los otros individuos de su entorno cultural. Pero sobre las representaciones los seres humanas realizan unas serie de operaciones, las cuales denominaremos procesos. Uno de estos procesos es la codificación/descodificación, operación que permite emparejar representaciones lingüísticas con representaciones semánticas. Junto a este se produce la ostensión/inferencia, proceso por el cual se establecen vínculos causales entre representaciones, y liga las representaciones formadas durante el curso de la descodificación con otras representaciones del individuo.
Pasemos a estudiar ahora en detalle cada una de estas categorías.

Elementos.
Como hemos apuntado, esta categoría está formada por las entidades físicas directamente observables que participan en la comunicación. Dentro de esta categoría, la más baja del proceso comunicativo, podemos distinguir tres elementos básicos: emisor, destinatario y señal.
El emisor es la entidad que produce una señal con intención de comunicarse. Tal y como hemos ya demostrado, esta señal puede pertenecer o no a un código e incluso cuando la señal es lingüística, el conocimiento del código no es suficiente para asegurar la plena comunicación. Por otro lado, el emisor se comunica como resultado de un comportamiento voluntario inducido por un objetivo concreto, que puede concebirse en términos generales como un deseo de originar en la mente del destinatario un conjunto de representaciones, a partir de las cuales se intenta producir ciertos cambios en el entorno. Como no resulta difícil de imaginar, tanto el objetivo como la situación o el destinatario imponen una serie de restricciones sobre el contenido y la forma de la actividad lingüística.
El destinatario es la entidad (grupo o individuo) con la cual el emisor quiere comunicarse por medio de la señal. Preferimos destinatario a receptor pues no consideramos a aquellos receptores ocasionales que por casualidad captan una señal no dirigida a ellos.
Por último la señal consiste en una modificación perceptible del entorno producida con la intención de comunicar. Debemos recordar que el concepto aquí utilizado de señal sobrepasa el establecido de manera tradicional. Con él nos referimos a la vertiente física y objetiva del instrumento empleado para comunicar y, consecuentemente, formarán parte de la misma tanto las señales convencionales como no convencionales.
Representaciones.
Junto a los elementos materiales que acabamos de mencionar existen otros muchos que también tienen un papel muy destacado en el proceso comunicativo. Se trata de factores de naturaleza muy diversa (la realidad extralingüística, la situación, el conocimiento del mundo y del interlocutor, las metas comunicativas...) de difícil integración entre sí y con los enunciados lingüísticos. Para que esta integración sea posible recurrimos al concepto de “representación interna”, definido más arriba como una imagen mental, personal y privada, de una entidad o un estado de cosas, ya sea este de naturaleza externa o interna. Este concepto nos permite operar con seguridad en el nuevo sistema de comunicación que aquí proponemos. Tengamos en cuenta que lo que varía en todo caso es el contenido de estas representaciones pero nunca la naturaleza de las mismas.
Siendo esto así, lo que determina nuestra actitud comunicativa no será la situación real en la cual nos encontremos, ni la esencia ontológica de nuestro interlocutor, Lo que determina ese actuar comunicativo es la representación mental que nos hacemos del mundo que nos rodea, la cual en esencia, es de la misma naturaleza que aquella que nos hacemos de nuestra relación con los demás y de nuestro lugar en el mundo.
El problema surge cuando nos disponemos a convertir esas representaciones internas en palabras, es decir, representaciones externas. Resulta evidente que existe una disociación entre lo que pensamos y lo que finalmente comunicamos. Nuestras representaciones internas, personales y privadas, cuentan con un nivel de detalle y precisión que resulta, si no imposible, muy difícil de trasladar a un sistema de representaciones que, por su carácter público y común, tiende a la economía y la eficacia. De este modo, el éxito de la comunicación dependerá, por un lado, de lo adecuado que resulten esas representaciones internas y, por otro, de la eficacia con la que esas representaciones internas sean “traducidas” a representaciones externas. El emisor debe ser capaz de seleccionar convenientemente los contenidos, de adecuar los mismos a su interlocutor y a la situación comunicativa y de contar con un número suficiente de señales como para expresar del modo más adecuado sus representaciones internas. Obviamente, el receptor debe contar con un conocimiento del mundo lo suficientemente amplio como para poder generar en sí mismo una representación interna que, si bien distinta a la del emisor, debe aproximarse en gran medida a la de este. El papel del docente de lengua será, entre otras muchas, el de guiar a sus alumnos en la adquisición de estas habilidades. Igualmente, deberá inculcar en sus alumnos tanto una serie de representaciones compartidas (las que configuran las grandes parcelas del saber común y que van desde el modo de comunicarse en determinadas situaciones a lo que se pretende comunicar con determinados actos estereotipados). Debemos tener en cuenta que la actividad comunicativa será adecuada en la medida en que las representaciones que se formen de los diferentes elementos y sus relaciones sean correctas y sean, además, las que imperan en la cultura de la cual forman parte.
Dentro de los diferentes tipos de representaciones debemos incluir aquellas que conforman lo que de manera tradicional conocemos como contexto. Tal y como hemos apuntado más arriba, este concepto resulta bastante lábil pues, tal y como se plantea, es demasiado amplio, rígido y heterogéneo. Creemos, siguiendo a María Victoria Escandell, (Ibid.), que dentro de los factores contextuales es necesario distinguir cuatro parámetros de importancia y valor diferenciado.
Por un lado tendríamos el objetivo, que podría resumirse como el propósito que persigue el emisor con su acto comunicativo. El emisor, partiendo de la representación que se ha formado de las circunstancias que lo rodean, intenta producir un cambio o evitar que este cambio se produzca. Tengamos en cuenta que los cambios pueden afectar al destinatario, al entorno o al propio emisor. El emisor elegirá sus estrategias comunicativas en función de sus fines y el destinatario creará sus representaciones internas en función de cuáles crea que son las intenciones del emisor. Como vemos, la consideración del propósito en el contexto nos pone en contacto con el valor de los diferentes actos de habla al tiempo que nos permite observar bajo una nueva óptica las tradicionales funciones del lenguaje propuestas por Bühler y ampliadas por Jakobson.
En segundo lugar, debemos considerar la distancia social. Con esto nos referimos a la relación existente entre los interlocutores tal y como se concibe de acuerdo con los patrones sociales vigentes en cada cultura. A la hora de determinar este parámetro entran en juego diferentes factores como la edad, el sexo, el poder relativo o el grado de conocimiento previo. En este caso será la naturaleza del interlocutor la que determinará los recursos que el emisor utilizará. De igual modo, el destinatario interpretará los mensajes en función de la naturaleza de su interlocutor.
Otro factor determinante dentro del contexto es la situación. Con este término nos referimos al conjunto de rasgos que definen el grado de institucionalización que gobierna todo intercambio comunicativo. Efectivamente, es posible distinguir entre aquellas situaciones en las que los papeles establecidos para cada uno de los interlocutores se encuentra altamente institucionalizados, como en una ceremonia de matrimonio, de aquellos otros en los que estos resultan mucho más libres, como en una conversación informal. No obstante, estos dos puntos son los extremos de un continuum en el cual es posible identificar diversas situaciones intermedias. Precisamente es en estas donde se realizan la inmensa mayoría de los intercambios comunicativos.
Por último, contamos con el medio: Con este término hacemos referencia al método empleado a la hora de establecerse la comunicación. Dentro de este es posible distinguir entre medio oral y medio escrito, estableciéndose toda una serie de representaciones sociales sobre qué es lo adecuado en cada situación en función de cuál sea el medio empleado. Obviamente, dentro de cada una de estas modalidades existirán diferentes categorías que tendrán en consideración aspectos concretos relacionados con las situaciones en las que estos medios se ponen en práctica. Es decir, no será lo mismo una conversación mantenida cara a cara que otra llevada a cabo por teléfono.

Procesos.
Los procesos son los conjuntos de operaciones que intervienen en el tratamiento de la información. Como hemos adelantado, en el procesamiento que acompaña a la actividad comunicativa pueden darse dos tipos de procesos: codificación/descodificación y ostensión/inferencia. Examinemos ahora las propiedades generales de cada uno de ellos.

Codificación y descodificación.
Estos procesos se basan en la existencia de una asociación convencional y, en el caso de las lenguas, de naturaleza simbólica1, entre señales y mensajes. El proceso de codificación supone pasar del contenido que se pretende comunicar a la señal que lo transmite en virtud de la existencia de una convención previa que los liga. El proceso de descodificación es inverso: permite, a partir de la señal, recuperar el mensaje que el código le asocia. Es el carácter convencional y arbitrario de los signos lingüísticos el que explica que el conocimiento compartido del código sea un requisito imprescindible para su utilización.
No obstante, hemos comprobado que el código no resulta imprescindible para que exista comunicación. Existen otra serie de factores extralingüísticos que permiten la comunicación o, en todo caso, determinan la interpretación del mensaje. Esto es lo que nos obliga a hablar de ostensión e inferencia.

Ostensión e inferencia.
Cuando no empleamos señales convencionales estamos haciendo intervenir en la comunicación nuestra capacidad de producir e interpretar indicios. Recordemos que un indicio es la manifestación de una relación natural de causa-efecto entre dos fenómenos. La interpretación de los indicios se realiza siempre a partir del conocimiento previo que el sujeto posee, recuperando el vínculo existente entre los dos fenómenos relacionados. El hecho es que los humanos somos capaces de producir indicios de manera voluntaria y con intención comunicativa, lo cual implica que debemos incluir en nuestro sistema de la comunicación tanto a estos indicios (que no dejan de estar dentro del grupo de las señales) como a los procesos que permiten su producción e interpretación. Estos procesos se producirán en paralelo a los procesos de codificación y descodificación. Denominaremos ostensión a la producción intencional de indicios. Para que se produzca no es necesario conocer ninguna convención previa, ya que existe una relación natural que permite relacionar la señal con aquello a lo que el emisor trata de eludir.
Por su parte la inferencia es el proceso por el que se reconstruyen los vínculos que permiten ligar la señal indicial y el contenido al que esta se refiere.

Un nuevo modelo y sus consecuencias.
De las reflexiones que hemos planteado hasta aquí se deriva un nuevo modelo comunicativo que resulta mucho más adecuado al modo en el que el proceso se produce en realidad. La inclusión en el mismo de aspectos propios de la Pragmática ilumina convenientemente parcelas del proceso cuya explicación, hasta la fecha, quedaban en penumbra.
Por otro lado, este modelo introduce aspectos de la comunicación que resultan imprescindibles si deseamos establecer una relación coherente entre los distintos aspectos que conforman el currículo de las enseñanzas medias.
El esquema presentamos a continuación y que debemos a María Escandell (Ibid.) pretende reflejar los aspectos más destacados de este nuevo enfoque y podemos leerlo como sigue. El emisor tiene una intención comunicativa, que se plasma en el conjunto de representaciones que quiere transmitir. Teniendo en cuenta el resto de representaciones que le resultan accesibles (en particular, las relativas al destinatario, a la situación comunicativa, al medio, al conocimiento lingüístico u a otros conocimientos extralingüísticos relacionados), selecciona el tipo de señal que, dadas las circunstancias concretas de su intercambio, le parece más adecuada para lograr sus objetivos: una señal en la que, típicamente, sólo una parte de las representaciones que quiere transmitir aparecen codificadas por medios lingüísticos. El destinatario, a su vez, somete la señal recibida a un doble procesamiento, inferencial y de descodificación, por el que combina la información obtenida a través de las descodificación lingüística con las representaciones accesibles (entre ellas, las relativas al emisor, a la situación, el medio, etc.), y forma en su mente un nuevo conjunto de representaciones semejante (pero no necesariamente idéntico) al que quiso transmitirle el emisor. 

Mª Victoria Escandell, La comunicación, pág. 41



viernes, 27 de septiembre de 2013

Una crítica al modelo tradicional de comunicación


Ideas extraídas del libro de Mª Victoria Escandell Vidal, La Comunicación

María Victoria Escandell en su libro La Comunicación, plantea una visión novedosa de este fenómeno. Con una vocación funcional y desde una posición teórica que se dirige directamente hacia la práctica docente, Escandell comienza por reflexionar sobre el papel de la comunicación en los currículos de la enseñanza de las lenguas.
Resulta evidente que este contenido ocupa, por méritos propios, un papel destacado en los estudios de las lenguas. No obstante, la reflexión teórica sobre la misma se muestra habitualmente desligada de las reflexiones posteriores que se hacen sobre la lengua concreta sobre la que se trabaja, como si comunicación y lengua fueran conceptos totalmente desligados. No es necesario estrujarse demasiado las meninges para caer en la cuenta de que esta postura no solo resulta negligente, sino que al mismo tiempo impide la plena comprensión de otros conceptos que se irán trabajando a lo largo del curso (tipología textual, cohesión textual, adecuación comunicativa, elaboración de textos...). Ahora bien, ¿por qué se produce esta importante disociación?. Para María Victoria Escandell el problema se encuentra en el modelo comunicativo que se ofrece a los alumnos. El modelo tradicional obvia nociones fundamentales que caracterizan muchos de los tipos de comunicación que el alumno debe dominar si queremos que resulte comunicativamente competente. Para evitar esto resulta necesario reconsiderar qué entendemos por comunicación dando entrada en el modelo a conceptos propios de la Pragmática.

Crítica al sistema clásico

El sistema que se plantea tradicionalmente para la comunicación resulta insuficiente si pretendemos dar una visión completa de la misma. Se trata de un esquema excesivamente rígido, en el cual tanto se desvirtúan ciertos aspectos importantes como se obvian otros.
En el modelo tradicional se da una importancia excesiva al código, focalizando la naturaleza de todo el proceso en los mecanismos que permiten codificar y descodificar información mediante el mismo. No obstante, con estar presente en muchas comunicaciones, el código no es un elemento imprescindible. Pensemos en una situación en la que se produzca comunicación, entendida como la transmisión de información de un modo intencional, sin que medie un código (convención preestablecida) de carácter público o privado. Escandell nos sugiere el siguiente caso. Usted se encuentra en su automóvil parado en un semáforo de su barrio. En ese momento ve a su esposa que desde el paso de peatones le muestra un manojo de llaves. De ser yo el sujeto de este ejemplo, seguramente mi mujer me estaría comunicando que ha encontrado las llaves que yo había perdido. Obviamente, en este caso se ha producido comunicación pero, sin embargo, no ha mediado ningún tipo de convención preestablecida, ni pública ni privada. En realidad, nada establece que agitar unas llaves en un paso de peatones signifique que se han encontrado las llaves perdidas. De hecho, esta misma situación comunicativa podría indicar muchas otras cosas. Por ejemplo, que la esposa ha encontrado sus propias llaves o que, tal vez, por fin le han devuelto el coche que estaba en el taller.
Unido a esto último debemos considerar que el conocimiento del código por sí solo tampoco asegura el éxito de la comunicación. Pensemos en los enunciados irónicos o con segundas intenciones. En estos casos para que la comunicación resulte exitosa es necesario “completar” la información con elementos extralingüísticos.
Si nos fijamos ahora en los actantes del acto comunicativo, el esquema tradicional no da suficiente importancia a las circunstancias que envuelven al emisor y al receptor. A la hora de comunicar tienen especial relevancia ciertos parámetros que guardan relación directa con los participantes en este acto. Pensamos en el grado de conocimiento mutuo que se da entre ellos, o el tipo de relación que mantienen. Estos factores determinarán la naturaleza misma del proceso e influirán tanto en las decisiones comunicativas del emisor como en el proceso interpretativo del receptor.
Por su parte el concepto de “referente” se muestra claramente insuficiente. En primer lugar porque no todo lo que comunicamos es reflejo de la realidad. Comunicamos sentimientos, anhelos, miedos, sensaciones... Parece mucho más correcto hablar de representaciones internas, entendidas estas como “una imagen mental, personal y privada, de una entidad o un estado de cosas, ya sea este de naturaleza externa o interna.
Por último, el concepto de contexto se muestra especialmente rígido y estático. La comunicación no se produce realmente en estas circunstancias, sino que estas van cambiando, alterándose en la medida que la comunicación avanza. En realidad, cada acto comunicativo altera el contexto en el cual se produce esa comunicación.

Comunicación. Una perspectiva tradicional



Los elementos del proceso de comunicación.
La comunicación es un proceso para la transmisión de señales de una fuente emisora a un destino o receptor.
Para que el proceso de comunicación se produzca, sea este de la complejidad que se quiera, es totalmente imprescindible la presencia de seis elementos, que quedan esquematizados en la siguiente figura:


Este esquema responde a la conceptualización teórica que de la comunicación realizaran en 1949 Shannon y Weaver ("Teoría de la información"). La versión definitiva del mismo, con ciertas modificaciones, sería popularizado por el lingüista R. Jakobson (1960). Su lectura sería la siguiente: un emisor elabora un mensaje y lo convierte en una señal o conjunto de señales dirigidas a un receptor. Este mensaje hace alusión a una realidad, (física o mental, externa al emisor o interna) es decir, tiene un referente. Además, el mensaje ha de viajar a través de un medio físico o canal de transmisión y, finalmente, tanto el emisor como el receptor tienen que poseer la clave o código que les permita, respectivamente, elaborar la señal o interpretarla.
Este esquema admite una pluralidad de realizaciones que podemos clasificar, atendiendo exclusivamente al papel jugado por el emisor y el receptor, del siguiente modo:
  1. Comunicación unidireccional: aquella que se produce si el emisor mantiene siempre su papel, mientras que el receptor actúa siempre como receptor. Esta modalidad admite diferentes variantes:
    1. de uno a uno.
    2. de muchos a muchos.
    3. de muchos a uno.
  2. Comunicación bidireccional. Aquella modalidad en la cual el emisor y el receptor alternan sus papeles. Presenta dos modelos:
    1. conversación o diálogo.
    2. debate.

jueves, 26 de septiembre de 2013

El lenguaje








El lenguaje es el instrumento con el que el hombre da forma a su pensamiento y a sus sentimientos, a su estado de ánimo, sus aspiraciones, su querer y su actuar, el instrumento mediante el cual ejerce y recibe influencias, el cimiento más firme y profundo de la sociedad humana.

L. Hjelmslev, Prolegómenos a una teoría del lenguaje.
 
1.- Lenguaje.
1.1.- Origen del lenguaje.
No resulta exagerado afirmar que el hombre siempre ha sentido una especial curiosidad sobre el origen del lenguaje. Es más que posible que esta ancestral duda se derive del papel capital que el propio lenguaje desempeña en su configuración íntima, como resultado de lo que, en un principio, debió ser una intuición trascendente, el ser humano se cuestionó sobre la procedencia de aquel atributo que, por encima del resto de los animales, le convertía en hombre.
Las primeras respuestas, en el tiempo de los mitos, consideraban que el lenguaje había sido un regalo de los dioses. Baste recordar como Adán es el encargado de nombrar a las cosas en el libro del Génesis, o como Sarasvatî, en la tradición hindú, dota de lenguaje a los mortales. Este tipo de teorías chocarán, ya en el Romanticismo, con los postulados de ciertos filósofos, entre ellos Herder y Rousseau, que concebían un origen exclusivamente humano del lenguaje. El enfrentamiento llegaría a ser tan enconado que, para evitar males mayores, la Societé Linguistique de París prohibió, de manera expresa en sus estatutos de 1866, cualquier discusión sobre los orígenes del lenguaje.
Otra hipótesis, bastante alejada de las anteriores, es aquella que podemos denominar como la hipótesis de los sonidos naturales. Según esta, las palabras primitivas podrían haber sido imitaciones de los sonidos naturales que los hombres oían a su alrededor. La existencia en todas las lenguas de onomatopeyas suele considerarse, tradicionalmente, como un argumento bastante poderoso a favor de esta teoría. No obstante, no debemos exagerar su importancia. Muy probablemente, el origen de las palabras onomatopéyicas sea ciertamente el que se ha apuntado, sin embargo, su número no es lo suficientemente significativo como para pensar que la totalidad del léxico de una lengua pueda tener este origen.Dejando a un lado el ámbito de la pura especulación, nos encontraremos con las hipótesis que George Yule, El lenguaje, engloba bajo la denominación general de glosogenética.
Este tipo de teorías se interesan, básicamente, por las bases biológicas que han permitido la formación y el desarrollo del lenguaje humano. Se trata de establecer, con el mayor rigor posible, el momento en el cual surgen aquellas características biológicas que capacitan al ser humano para emplear el habla, entendiendo que en el desarrollo evolutivo de la especie humana hay varias características físicas, o adaptaciones parciales, que parecen ser relevantes con respecto a la misma. Debemos ser conscientes de que muchos de estos rasgos, por sí solos, no hubieran dado lugar a la producción de habla, pero hay buenos motivos para creer que una criatura que los poseyera estaría capacitado para comunicarse lingüísticamente.
De este modo, observando el desarrollo de los primates, podremos constatar, en primer lugar, una divergencia entre los primates no humanos más avanzados y la línea que lleva al Homo sapiens hace aproximadamente seis millones de años.
Dentro de la línea evolutiva que conduce al hombre tal y como hoy lo conocemos, es donde podremos ir constatando esa serie de hitos evolutivos, eminentemente biológicos, que nos permitirán establecer una fecha aproximada para el surgir del lenguaje.
En este sentido podemos constatar el aumento progresivamente significativo en el volumen del cerebro (figura 1), que pasa de los 400-600 cm3 de las distintas especies de Austrolopithecus a los 1.400 cm3 del Homo sapiens. Creemos obvia la relación del aumento de la capacidad craneal con el desarrollo de habilidades superiores como el perfeccionamiento en el uso de herramientas y, lógicamente, de la más imprescindible herramienta de socialización de todas, el lenguaje.
En relación directa con el proceso recién mencionado, es posible constatar, gracias a los hallazgos arqueológicos, el empleo de una técnica cada vez más compleja, lo cual repercutirá en un creciente control sobre el medio.
Igualmente, en los restos que de los miembros de estas especies han llegado hasta nosotros, se ha podido constatar el progresivo aumento del tamaño de las marcas endocraneales que las circunvalaciones del cerebro de aquellos pliegues del córtex encargados del control del lenguaje –áreas de Broca y Wernicke- , han dejado en la parte interior del cráneo.
Si todos estos hitos unimos el retroceso de los dientes, la mayor flexibilidad de los labios, el descenso de la laringe o la lateralización del cerebro, podemos aventurar que la aparición de la especie Homo sapiens, hace aproximadamente cien mil años, es rigurosamente coetánea a la aparición del lenguaje.

1.2.- Hacia una definición del lenguaje.
Afirma Jesús Tusón en Lingüística: una introducción al estudio del lenguaje, que una definición nunca debe ser un punto de partida sino el resultado de una reflexión sistemática sobre el problema que se pretende estudiar. Es por ello que hemos decidido partir de las propiedades del lenguaje, diferenciando entre aquellas que le son exclusivas y aquellas que comparte con otros sistemas de comunicación.
Entendemos, con Jesús Tusón, Introducción al lenguaje, que en sentido estricto cabe hablar del término lenguaje para referirse exclusivamente al tipo de comunicación verbal humana. Por lo que respecta a cualquier otra forma de transmisión de informaciones, usamos el término comunicación.

1.2.1.- Rasgos propios del lenguaje.
En 1958 el lingüista norteamericano Charles F. Hockett, Curso de lingüística moderna, estableció una lista de características propias del lenguaje que permitía establecer que rasgos compartía el lenguaje con otros sistemas de comunicación. A continuación establecemos aquellos rasgos que en nuestra opinión, y en la de Jesús Tusón (Ibíd.), resultan más importantes.
  • Canal vocal-auditivo. Las lenguas tienen como base fundamental el sonido, el cual a su vez se fundamenta en el aparato vocal del emisor, mientras que su destino es el sistema auditivo del receptor. Pero esta característica no es exclusiva de los humanos. Por ejemplo, el cercopiteco de cara negra realiza un grito parecido al sonido castellano "rraup" para avisar a sus congéneres de que se acerca una serpiente.
  • Transmisión radial y recepción unidireccional. Derivada directamente de la característica anterior supone que, dado que el sonido se esparce en todas las direcciones del espacio, este se convierte en un canal privilegiado a la hora de transmitir mensajes, su transmisión es radial. No obstante, cada receptor es impactado directamente por el sonido que sigue una línea recta entre emisor y destinatario. Tampoco esta característica es exclusiva del lenguaje, sino que es común a sistemas de comunicación como el señalado más arriba.
  • Evanescencia. Las emisiones sonoras se disipan una vez emitidas, es decir, “a las palabras se las lleva el viento”. Esta característica es común a todo sistema de comunicación basado en el canal auditivo, pero, contra lo que podría pensarse, supone una enorme ventaja, puesto que la emisión, una vez agotada, deja lugar a otras emisiones, siendo posible, en todo caso, que si alguien no nos ha comprendido en un primer intento, nos pida que repitamos el mensaje para, de este modo, dar comienzo a un diálogo.
  • Semanticidad. Las señales lingüísticas tienen una doble dimensión: por un lado son realidades perceptibles sensorialmente, y por el otro transmiten significados. En la medida que las señales de los delfines o de los cercopitecos de cara negra repercuten en la conducta de los otros miembros de la especie, hay que decir que esta característica tampoco es exclusiva de las lenguas naturales de los humanos.
Las seis características que presentamos a continuación son exclusivas de las lenguas humanas y se dan de forma universal.
  • Arbitrariedad. Las señales lingüísticas son independientes de la materialidad de los objetos que designan. Ello significa que la vinculación entre la realidades y las palabras que empleamos para designarlas –problema que viene acuciando a la humanidad desde que Platón dejara constancia del mismo en su diálogo Cratilo- es fruto de un pacto arbitrario o convencional; cada grupo de hablantes ha convenido unas formas verbales propias, en ningún caso surgidas por obligación a partir de las características de los objetos –excepto el caso de las onomatopeyas-.
  • Desplazamiento o independencia temporal. Las abejas, que cuentan con su sofisticada danza, no pueden referirse al néctar que irán a buscar mañana por la mañana, ni los cercopitecos de cara negra pueden conversar sobre el león que les amenazo la semana pasada. Sin embargo, una característica de las lenguas del mundo es que en todas ellas es posible superar los límites del momento presente; se puede recordar el pasado y se puede prever el futuro.
  • Dualidad o composicionalidad. Las lenguas humanas constan principalmente y de manera universal de dos niveles estructurales, la doble articulación del lenguaje que apuntara André Martinet en sus Elementos de lingüística general. Así, “la primera articulación del lenguaje es aquella con arreglo a la cual todo hecho de experiencia que se vaya a transmitir […] se analiza en una sucesión de unidades, dotadas cada una de una forma vocal y un sentido, mientras que la segunda articulación supone que “cada una de estas unidades de la primera articulación presenta, como hemos visto, un sentido y una forma vocal. Pero no puede ser analizada en unidades sucesivas más pequeñas dotadas de sentido […] la forma vocal es analizable en una sucesión de unidades.
Esto significa que contaremos con signos como por ejemplo vaso que transmite información [RECIPIENTE]. Estas son las unidades básicas de la significación, pertenecientes a la primera articulación. Pero estas piezas están construidas con elementos menores pertenecientes al segundo nivel /b/ /a/ /s/ /o/.
  • Productividad. La característica anterior, combinada con las posibilidades de las estructuras sintácticas y de las construcciones textuales, tiene como consecuencia que la cantidad de mensajes sea, en principio, infinita. Como estableciera Wilhelm von Humboldt, si el pensamiento humano no tiene límites, el instrumento con el que lo expresamos, el lenguaje, también debe tener esta condición ilimitada.
  • Disimulación o falsificación. El lenguaje es el único sistema de comunicación que permite la transmisión de información errónea o falsa, siendo consciente plenamente de la calidad de dicha información el emisor del mensaje. Esta característica está en la misma base de los enunciados irónicos.
  • Reflexividad. Las lenguas normalmente sirven para hablar de las personas, de los objetos, de las situaciones y de los acontecimientos del mundo real. Pero la potencia de las lenguas permite, sobre todo, que podamos hablar de las propias lenguas. “Antonio” es un nombre propio; “Hoy” es un adverbio.
Estas características constituyen una definición de los rasgos esenciales lenguaje como facultad humana y también se aplican a todas las lenguas del mundo en las cuales se concreta esta facultad.

1.2.3.- Un intento de definición.
Creemos que una vez establecidas las principales características del lenguaje estamos capacitados para intentar un esbozo de definición del lenguaje. De este modo, el lenguaje es un sistema de comunicación y autoexpresión, de base vocal y auditiva, propio y exclusivo de los seres humanos. Este sistema consta de un léxico arbitrario o convencional y, además, de unas reglas combinatorias que permiten la construcción de una cantidad de secuencias en principio infinitas. El lenguaje, como facultad única y común de la especie humana, se realiza en alguna de las, aproximadamente, seis mil lenguas.


2.- Esquema