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miércoles, 8 de marzo de 2023

Jerusalem. La biografía, de Simon Serag Montefiore


Antes de nada querría aclarar que escribo esto por diferentes motivos. En primer lugar, porque mi memoria es frágil y estúpida. En segundo lugar, porque me apetece. En tercer lugar, porque este blog no deja de ser una botella de náufrago (esa aspiración ingenua de ser un querido y remoto muchacho) en la que de algún modo se encapsula una amistad. 

Dicho esto, el libro. Si dijera que disfruté leyendo este considerable mamotreto cargado de erudición y partidismo cuasi-sionista sin duda mentiría. El repaso que se da a la historia de esta ciudad es considerable y diría, desde la más profunda ignorancia, que exhaustivo. Lógicamente mi conocimiento sobre la complejidad histórica de esta ciudad es de tal insoportable aridez que cualquier mínima gota puede hacer brotar un inesperado verdor. No obstante, es posible seguir con cierta coherencia el relato que Simon va construyendo sobre esta ciudad con relativa fluidez y no poca amenidad. Algo se vislumbra entre las nubes de esa intrincada biografía que nos permita entender en parte la situación en la que se encuentra el Oriente Medio. En mi caso he de confesar que la información aportada en este libro ha colaborado a aclarar conceptos y a ponderar con justicia ciertos acontecimientos de la historia más reciente. 

También debo admitir que, para mi, los nombres de los protagonistas del pasado más reciente de esta geografía, formaban parte de un imaginario mal construido en los telediarios y los documentales sobre la cuestión palestina. Ahora, leída la obra, este imaginario ha ido adquiriendo cierta dimensión y profundidad. 

Debes acordarte (al que escribe le hablo) de la relación existente entre las diferentes religiones asentadas en Jerusalem. De cómo las fuerzas coloniales (especialmente Inglaterra y Francia -además de obviamente Estados Unidos-) jugaron un papel crucial en la construcción/destrucción de esa región. Acuérdate además de cómo se te explica en este libro la construcción del Estado de Israel y de cómo tuvo que enfrentarse con su entorno por asegurar su propia supervivencia. Recuerda, especialmente, el poco sentido que tiene toda esta confrontación y de cómo todos los protagonistas que contribuyeron a esta orgía de confusión tenían particulares intereses personales. 

TIERRA, de Eloy Moreno

 TIERRA, de Eloy Moreno

El primer problema que tengo con esta novela no está en la trama, o en la utilización de modo repetitivo de la técnica folletinesca para mantener el suspense, tan siquiera con el uso y abuso de una moralina seudoecológica y postmoderna que nos advierte de los males de las nuevas (o no tan nuevas) tecnologías de la información y, diría, del entretenimiento. Mi problema tiene que ver con el estilo. 

Considero que últimamente, y el problema no es absoluto imputable únicamente a este autor, asistimos en la literatura de consumo a una simplificación y estandarización del estilo. Los autores renuncian conscientemente a enfrentarse de manera abierta a cualquier juego retórico o audacia estilística; sospecho que buscando agradar al mayor número de posibles consumidores. Esto les lleva a emplear de manera pertinaz un estilo sencillo, claro, diáfano, que escapa de cualquier complejidad. No es que considere que la utilización de un estilo complejo sea por definición garantía de calidad. Ejemplos existen de autores que de manera muy simple han expresado ideas muy profundas. Lo problemático está en emplear un estilo plano, estandarizado, tan apegado a la literatura comercial de estos tiempos que carece de toda personalidad. Un estilo que, diría, están infantilizando a la población lectora -o apto para la población lectora infantilizada-.

Será sin duda problema mío, o tal vez del pobre Antonio Machado que nos enseño a pararnos para distinguir las voces de los ecos. El asunto es que en este caso no escucho la voz personal del autor, la historia ni me convence ni me conmueve y los efectos narrativos me resultan molestos. 

Cuando era  joven y consecuente con mi naturaleza, he aquí la estupidez nostálgica, me fui acercando de manera por momentos obsesiva a diferentes autores de la narrativa internacional. Ahora me leía las obras que encontraba de Hemingway, mañana las de Dostoievsky, pasado las de Vargas Llosa... 

El caso es que por entonces yo tenía mis pretensiones (ya saben... era joven y consecuente) y algunas noches, cuando el alcohol u otras sustancias despertaban mi ego, jugaba a garabatear cuartillas con la íntima esperanza de ser el próximo premio Nobel de Literatura. Obviamente, nunca llegué a terminar un mal cuento y lo que realmente me agradaba era la impostura tardoadolescente que alimentaba mi inconmensurable juventud. No obstante, y esto puede que sea lo relevante, cuando leía aquellos abortos de cualquier cosa, era Hemingway, o el traductor de Hemingway, o la sombra del eco del traductor de Hemingway lo que escuchaba. 

Bien puede ser que aquel eco mío fuera la mayor afrenta que pudiera hacérsele a las letras -además de a la imaginación-, pero tenía al menos un mal retrogusto a algo. 

Realmente, puede que hoy estemos incluso peor que nunca (por contribuir modestamente a la cons-paranoia milienarista -grande Arrabal-). Ya no existen tan siquiera los ecos. Todo semeja un discurso mecánico, vacuo, estandarizado y simplista (Deberán disculparme. Estoy releyendo 1984).

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El nudo infinito de Kurt Diemberger

 Sí, ya sé, otro libro de alpinismo. Más abajo expliqué mi relación con este deporte y cómo mi interés por él es puramente platónico. De hecho, si tendría que considerar detenidamente mis intereses, no podría obviar, a fuerza de ser sincero, que mi interés radica en la épica que envuelve a este deporte. Lo mismo me ocurre con el ciclismo, otro de mis deportes favoritos aunque este si que llegué a practicarlo con evidentes carencias prácticas pero indudables ensoñaciones heroicas. En todo caso es curioso como siendo honesto uno puede llegar a evaluarse partiendo de las carencias que en uno evidencian sus lecturas.

Pero dejando a un lado el psicoanálisis (o autopsicoanálisis) de patacón que me sugieren las dos cervezas que me he tomado esta tarde (Red Vintage, por supuesto), centrémonos en el librito en cuestión. En primer lugar se trata de una historia sin demasiadas sorpresas. Cualquier aficionado al alpinismo o cualquier usuario de Google sabe que Julie Tullis, la compañera de escalada del autor, murió en el K2 en 1986. Siendo así, y puesto que Diemberger escribe el libro, todos podemos imaginarnos el tema del mismo: la ardua, titánica y heroica lucha contra la montaña que, al final, se lleva lo más querido para el escritor; su compañera de cordada. No pienses, Camilo, que estoy siendo irónico, en cierta medida hablan las cervezas y no tu yo del pasado, es verdad que la historia está bien contada, intentado transportarte a las alturas del Karakorum para que puedas llegar a entender tanto las pulsiones como los imponderables que determinan la vida y la muerte. Nada suena a excesiva escusa, nada es demasiado evidentemente un examen de conciencia que pretende evitar la asunción de los pecados (aunque algo de esto hay). Creo sinceramente que el autor nos muestra los desgraciados acontecimientos que tuvieron lugar en el K2 en el verano de 1986 y como ante esa lucha salvaje con la montaña lo normal era sucumbir. 

No me gusta el excesivo sentimentalismo con el cual se contempla el enfrentamiento con la montaña, al fin y al cabo Julie y Diembierger formaban parte de una cordara cinematográfica. Además, el determinismo que en ocasiones se sugiere (todo a toro pasado) tampoco me agrada. No obstante, el texto es dinámico y sorprendente, permite al aficionado de salón (mea culpa) imaginar aunque sea levemente lo que sucede en la montaña a esas alturas. Su lectura engancha y es imposible no imaginarse (o buscar en Internet) en el espolón de lo Abruzzos o en la Pirámide negra o en el campamento IV a 8000 metros de altura capeando el temporal. 

Bueno, ciertamente algo de examen de conciencia exculpatorio sí que hay, por que nos vamos a engañar.

lunes, 28 de diciembre de 2020

Mi vida al límite, Thomas Hüetlin y Reinhold Messner

No sé cuantos años tendría, no más de trece, cuando leí el libro de Peter Habeler Victoria en solitario. Aquel libro me marcó profundamente y determinó de manera definitiva mi amor hacia el alpinismo. Cierto es que desde entonces lo más alto que he ascendido fue al Monte Teide, y nunca pasé de la plataforma para turistas en la cual se detiene el periférico, subir el cono del volcán me parecía una impertinencia y un abuso de energías que no llevaba a ninguna parte, ciertamente. Lo que pretendo decir es que, en realidad, la lectura del libro de Habeler, en el cual se narra la primera ascensión sin oxígeno al Everest en 1978, determinó mi amor platónico hacia el alpinismo, si bien este nunca aspiró a algo que no fuera la contemplación plácida de Al filo de lo imposible desde la confortabilidad del salón de mis padres (lo de Calleja ya es otra cosa).

Todo esto guarda relación con el libro que nos ocupa porque Messner, el protagonista de este texto, era precisamente el compañero de cordada de Habeler en la expedición de 1978. Supe de Messner por una película alemana que cuenta la odisea protagonizada por este tirolés del sur en el Nanga Parbat en 1970. Sin duda la historia es apasionante y está cargada de épica y polémica, no obstante, este no es el tema principal del presente libro. La obra consiste en una entrevista realizada por Hüetlin a Messner en los primeros años del siglo actual (el libro se publicó en español en 2004). Nos encontramos así ante el repaso de una trayectoria deportiva y vital sorprendente y nos enfrentamos con una personalidad sumamente compleja, egocéntrica y en hasta cierto punto odiosa. Leyendo estas páginas uno no puede obviar los logros del deportista pero se enfrenta a un personaje en exceso complaciente consigo mismo y de una personalidad arrolladora. Sin embargo, después de considerar su trayectoria y evaluar sus logros y fracasos, uno se pregunta si realmente estos no justifiquen o, al menos expliquen, esa manera de contemplar el mundo. Cuando alguien se ha enfrentado en tantas ocasiones a la muerte y pagado en sus carnes el peaje creo que contempla la vida de otro modo. No es que este hecho le proporcione ningún tipo de prerrogativa moral que lo eleve por encima de la comunidad. A fin de cuentas sus logros no exceden la esfera de lo personal por más épicos que nos resulten y, en todo caso, ese carácter épico se le ha abonado suficientemente ya sea con fama ya sea con dinero. La cuestión es que, en tanto personales, esas acciones y sus efectos han de moldear una personalidad en la misma medida en que lo puesto en juego era íntimamente valioso. En este sentido se puede entender su egoísmo, su individualismo, su fanfarronería y sus arrebatos de ira. 

En cuanto al entrevistador, Hüeltlin no duda en ser mordaz y atacar aquellos aspectos más polémicos de a personalidad y trayectoria deportiva y política de Messner poniéndole en no pocas ocasiones ante sus propias contradicciones.

Sapiens de Yuval Noah Harari

Llegué a este libro siguiendo una recomendación. No una de esas recomendaciones esclarecedoras con las que los amigos solían favorecerme cuando las dosis de alcohol y confianza eran las suficientes. El tiempo y el acomodo de la vida ha domesticado hasta mis interacciones literarias. La recomendación me llegó por los burgueses cauces de la crítica literaria, supeditada hoy a las modas de lo culturalmente oportuno y encuadrada en los medios de comunicación de masas que de un modo u otro replican la general algarabía de las redes sociales. Debí sospechar. 
Lo cierto es que el libro es de amena y fácil lectura, sin duda un requisito indispensable para triunfar en los tiempos que corren, pero esto impide que se desarrollen con un mínimo de complejidad y rigor las ideas que apenas se esbozan. En su conjunto se pretende dibujar el itinerario que el Homo Sapiens ha ido recorriendo a lo largo de su existencia, pero el dibujo apenas queda en esbozo. Si bien algunas propuestas o datos resultan curiosos, el texto en su conjunto no sobrepasa el ámbito del gabinete de curiosidades con el cual todo bien pensante ciudadano puede irradiar cierto barniz de conocimiento más allá de la sabiduría twitera (no alcanza desde luego el nivel de Wikipedia). 
No obstante, puede que esté siendo extremadamente duro. Una cosa son mis expectativas y otra el verdadero sentido de la obra. Está claro que su pretensión no es otra que la de divulgar de forma amena una serie de conocimientos antropológicos más o menos (menos que más) hilvanados. Esto lo consigue plenamente y el señor Yuval emplea una prosa accesible que hasta cierto punto nos engancha con la promesa de una nueva audacia a la vuelta de cada hoja. Es una lástima que esta promesa se desvanezca con tanta facilidad y que a medida que avanzamos en el tiempo se caiga sin ningún sonrojo en los tópicos más manidos de nuestra sociedad postmoderna. 
Bajo mi punto de vista el señor Yuval se posiciona de manera equidistante en la ya vieja polémica entre apocalípticos e integrados. Simpáticamente se muestra apocalíptico en los estadios primitivos de la evolución del Sapiens para lanzar una tenue luz de esperanza en nuestra actual época. Curiosa forma de nadar entre dos aguas. 

domingo, 2 de abril de 2017

Nazismo y Vanguardia. Una lectura de Borges.

Cartel de 1930. (Desde alamy.com)
Vosotros sois el futuro.            
            ¡La victoria será nuestra!

Este texto no es más que una posible lectura del cuento "Deutsche Requiem" como una autobiografía poética de Borges y de toda su generación.

El punto de partida, lo que provocó la ocurrencia de esta interpretación, son unas cuantas ideas que apuntaba Juan Carlos Rodríguez en el estudio preliminar al libro Cómo nos enseñaron a leer, de Gabriel Núñez Ruiz y Mar Campos Fernández-Fígares. La base de su comentario participa de una idea repetida a menudo por Borges, la lectura como espejo. En todo lo que leemos, en cualquier objeto que observamos para interpretarlo, nos medimos a nosotros mismos. El yo proporciona la vara de medir, a pesar de que sea una creación que se va formando a medida que vamos viviendo y aprendiendo.

Entonces, ¿si uno se lee a sí mismo, qué le interesa a Borges en esa historia personal del nazismo? ¿Qué ve ahí de sí mismo?

Desde el principio, el relato insiste en dos motivos: la relación con el pasado, las mudanzas del tiempo, y la cultura como formadora de la personalidad. Eso en lo que corresponde al primer narrador, Otto Dietrich zur Linde. El otro, quien nos hace llegar el texto (y lo modifica), se centra sobre todo en lo escrito y la tradición libresca. A éste lo relacionamos fácilmente con el autor, con Borges.

Entre estas dos voces del texto, narrador y editor, también se establecen fáciles paralelismos. Señala Juan Carlos Rodríguez que el narrador no es mucho más joven que Borges, pero quizá sea más interesante comparar sus edades cuando empiezan la aventura de la militancia. Así como su formación y sus gustos culturales son semejantes (Brahms, Schopenhauer, Shakespeare), los 20 años señalan la edad a la que uno dice haber entrado en el Partido y el otro, durante su estancia en España, se adhiere al Ultraísmo.

El principal motivo del narrador para dar ese paso argumenta "que estábamos al borde de un tiempo nuevo y que ese tiempo (...) exigía hombres nuevos". No muy diferentes razones utilizaban las vanguardias artísticas para atacar cualquier presente. Cualquiera de las dos elecciones se basan en la racionalidad, pues tanto el nazismo como las vanguardias defendían sus objetivos y sus métodos desde el punto de vista racional, por ser necesarios o beneficiosos para la cultura o para la humanidad en general.

En un lance de la lucha, aunque antes de empezar la guerra, con 30 ó 31 años, el narrador sufre un accidente que le impedirá estar en primera línea de batalla. Durante su convalecencia, leyendo, pierde la fe en esa lucha, no será un héroe. Acepta entonces que el destino se impone a cualquier empresa, y es más duro que la victoria o que la derrota. Poco después le nombrarán subdirector de un campo de concentración.

En cuanto a Borges, en algún momento de la lucha por la transformación radical de la poesía también pierde la fe. Si con Prisma pegaba palabras de combate en las paredes de Buenos Aires en 1921 y 1922, y seguía exponiendo las virtudes, nombres y obras del Ultraísmo en Proa, pronto cambia de "ismo". El argentinismo que intentó con Ricardo Güiraldes conseguía su lugar en la vanguardista Martín Fierro. Pero acabó también renegando del sinsentido de intentar hacerse una caricatura de argentino. En 1929 publica el que será su último libro de poesía en más de 30 años, Cuaderno de San Martin. En el siguiente, El hacedor, domina claramente un verso tan poco vanguardista como el endecasílabo, ¡hasta en sonetos! Uno de los pocos poemas que rompen esa regularidad lo dedica a recordar aquellos años, lo titula "Mil Novecientos Veintitantos" y en él dice que

     "(...) nosotros, lejos del azar y de la aventura, 
     nos creíamos desterrados a un tiempo exhausto,
     el tiempo en el que nada puede ocurrir.
     El universo, el trágico universo, no estaba aquí
     y fuerza era buscarlo en los ayeres;
     yo tramaba una humilde mitología de tapias y cuchillos
     y Ricardo pensaba en sus reseros."

Poco queda de la esperanza en la creación de aquella mitología argentina. No importa cuál sea ese momento de caída del caballo por el que pasó Borges en esos años. En 1930, con 31 años, publicaba ya un estudio sobre alguien tan poco afín a las luchas por el futuro como Evaristo Carriego. En 1938 empezará a trabajar como bibliotecario, en ese centro de concentración de textos olvidados.

Otro paralelismo entre la poesía de vanguardia y el nazismo proviene de la única nota al texto que no se marca como "del editor". En ella el narrador opone Alemania a las demás naciones. Una es "conciencia del mundo" mientras las otras "viven con inocencia, en sí y para sí como los minerales o los meteoros". No es difícil identificar en este caso la entrega inocente a un destino desconocido frente a la voluntad de cambio, es decir, la evolución de una literatura que se adaptaba a los cambios de la sociedad frente a una voluntad con un objetivo marcado, un objetivo que las vanguardias marcaban para sí mismas. La vanguardia parte de forma confesa de un análisis de las obras y corrientes anteriores, pero no para seguirlas, sino para apuntar sus carencias y hacer un arte nuevo inmune a ellas, un arte consciente.

El "Requiem" del título hace referencia, como señala Juan Carlos Rodríguez, a la desaparición de Alemania tal y como se conocía. Habrá otra Alemania y el nazismo habrá sido derrotado, pero, como esperaba el narrador, después de la batalla siguen funcionando las ideas que se combatían. Recuerda Juan Carlos Rodríguez que los fascismos de los años 30 en Europa sirvieron para salvar al capitalismo internacional de la toma de conciencia y del acercamiento al poder de la clase obrera. La tesis de Borges en este sentido concluye que tras el nazismo quedará la violencia. "Se cierne ahora sobre el mundo una época implacable. Nosotros la forjamos, nosotros que ya somos su víctima. (...) Lo importante es que rija la violencia, no las serviles timideces cristianas", dice el narrador. Para algunos medios ya parece un lugar común comparar prácticas de los gobiernos actuales con creaciones de la dictadura nacional-socialista, como los usos de la propaganda y de la verdad o la situación de los asalariados. Lo que llama la atención es que Borges haya imaginado esta deriva de la sociedad ya en 1946, año en el que se publicó por primera vez el relato en la revista Sur.

Igual que el nazismo derrotado sigue presente, y no sólo en el recuerdo, la ruptura que supusieron las vanguardias tampoco fue restaurada y el mundo no volvió a seguir una evolución pura marcada por un destino desconocido. La poesía ya nunca se hará "en sí y para sí". Es cierto que se recuperan muchas formas y autores del pasado, como homenajes, como simulacro, utilizándose como restos encontrados sobre los que intentar variantes, hipótesis, reconstrucciones... Pero, como decía Octavio Paz, la ruptura se había convertido en la principal de las tradiciones. Las particularidades de los movimientos estéticos pertenecen al pasado, ahora sólo existen como simulación, por eso pueden convivir y compartir espacios.

Queda por saber qué venían a salvar las vanguardias, en paralelo a la salvación del mundo del capital por el fascismo. Una posibilidad que también observa Borges en otras ocasiones es el connatural elitismo del mundo cultural. A pesar de que tras las formas rupturistas e incomprensibles llegarían la poesía de protesta y el compromiso político, esas supuestas formas sencillas y legibles no las leerán las personas sencillas a las que pretenden salvar. En los años 30, antes de la Guerra Mundial, ya se habían escrito inspirados y prestigiosos poemas de combate que nada cambiaron, poemas que Borges habrá seguramente conocido.
Jorge Luis Borges


Pero como este juego de espejos sería demasiado simple para quien siente la constante atracción por el infinito, introduce un personaje más, sin voz y de existencia dudosa. David Jerusalem, judío y poeta, llega como prisionero al campo de concentración en el que era subdirector el narrador, Otto Dietrich zur Linde. El parecido con Borges aparece cuando el narrador recuerda sus poemas, cuyo contenido podría ser perfectamente de Borges: el infinito, los tigres silenciosos, el destino marcado, la relación de una vida anónima con la literatura. "Fui severo con él", confiesa el narrador, lo que significa que Borges lee que una persona como él (Otto Dietrich) tortura a una persona como él (David Jerusalem), o lo que es lo mismo: nadie puede causar más dolor que uno mismo. David Jerusalem enloquece y "logró darse muerte".

El narrador había descubierto en su convalecencia, leyendo a Schopenhauer, que "todos los hechos que pueden ocurrirle a un hombre, desde el instante de su nacimiento hasta el de su muerte, han sido prefijados por él". Entonces, si David Jerusalem acaba consigo mismo, Otto Dietrich zur Linde, su paralelo, como supone cuando escribe esas palabras, también lo habrá hecho. ¿Cuándo y en qué sentido acabó Borges consigo mismo? ¿Sería su fin dejar la poesía y rompió ese destino con El hacedor?

lunes, 15 de julio de 2013

Nuevas amistades


Juan García Hortelano (1929-1992) escribió Nuevas amistades en en 1959, obra que le permitiría ganar el premio Biblioteca Breve de ese año. Se trata de una novela realista conductista, lo que supongo yo que será algo así como el realismo resultante de la interacción libre de unos determinados personajes con el medio al cual, realistamente pertenecen. Es decir, un tipo actuará de una manera determinada en función de los estímulos que reciba del medio. Si el objetivo del novelista es contar (narrador mediante) una acción que le acontece a unos personajes en un lugar y en un tiempo determinado (simplificando hasta la estupidez la narratología), puede optar, según parece, por registrar con absoluta fidelidad la reacción (acción) de un personaje ante un acontecimiento problemático. Esta reacción vendrá determinada por el entorno en el cual se mueve el héroe. El resultado será una novela realista (con sus evidentes limitaciones) en la que los personajes actuarán tan libremente como se lo permita su circunstancia.
Si de la teoría pasamos a la letra, vemos que en esta novela realmente pasa algo que se parece a todo esto. En Nuevas amistades el narrador busca continuamente la objetividad propia del realismo. Se me hace muy difícil recordar algún momento en el que se le sorprenda al narrador en algún renuncio subjetivista. Más bien este se limita a presentar los personajes y los lugares. Se diría que sus intervenciones son premeditadamente monótonas, asépticas, y, en cuanto puede, cede la voz a los personajes. De este modo el narrador los deja solos ante la realidad que los circunda, obligándoles a reaccionar de manera autónoma y suficiente ante lo que les acontece.
En un principio nos encontramos con un grupo de jóvenes pertenecientes a la alta burguesía madrileña. Su manera de actuar es excesiva. Beben excesivamente, gastan dinero de un modo excesivo, sus horarios son excesivos. Parecen hacer lo que quieren y lo hacen con la suficiencia de quienes saben que pueden y deben hacerlo. Pronto en sus conversaciones se hará evidente una fuerte conciencia de clase, la que les sitúa, por derecho propio, por la autoridad que otorga el dinero, las relaciones, la cultura y el refinamiento, por encima de sus contemporáneos. 
Durante la primera parte de la novela asistimos a la caracterización del grupo. El novelista permite que sean sus criaturas las que poco a poco se vayan definiendo. Para ello asistiremos a su vivir cotidiano, el cual nos irá haciendo evidentes las costumbres, los miedos y esperanzas de cada uno de ellos, los principios constitutivos de sus respectivas personalidades. No obstante, será el punto de vista de uno de estos personajes el que resultará recurrente a lo largo de toda la narración. El narrador ha preferido seguir a Gregorio, un joven de diecinueve años recién llegado de Gijón. De este modo Hortelano refuerza los lazos emocionales que el lector mantiene con el protagonista de la obra. Ambos, lector y protagonista, se encuentran en la misma posición de partida. Los dos van conociendo al mismo tiempo a los personajes de esta historia.
La novela rompe su monótono e intrascendente discurrir cuando una de las jóvenes del grupo, Julia, queda embarazada de su novio. Desde ese momento se ponen en marcha una serie de acciones que procuran restituir la situación inicial, lo cual implica inevitablemente practicar un aborto. Se evidencian ante este suceso perturbador los lazos de solidaridad que cohesionan al grupo y al mismo tiempo se agranda la figura de Gregorio, que va cobrando mayor protagonismo dando muestras de una gran seguridad y de una extraordinaria voluntad de acción.
En un principio Leopoldo y Pedro, que es el novio de Julia, idean un plan para resolver el problema. Pronto en este plan se verá inmerso Gregorio, que no tardará en asumir la dirección de las operaciones. Para practicar el aborto se hace necesario acudir a los estratos más bajos de la sociedad, donde estos acontecimientos suelen ser bastante frecuentes y donde existen soluciones clandestinas para ellos. Seguros en que su capacidad económica les permitirá enmendar cualquier dificultad, contratan, por medio de Pedro, un antiguo miembro del grupo, a una doctora que practica el aborto. Durante la convalecencia de Julia, cuando ya todo el grupo está informado de la situación, lo cual demuestra lo endeble que puede resultar la resolución de estos jóvenes, se alcanzarán los momentos de mayor dramatismo. Envueltos en la más absoluta ignorancia, se enfrentan a los crecientes dolores de Julia, lo cual les hace dudar de los resultados de la intervención y empiezan a considerar la posibilidad de que la paciente se encuentre en peligro de muerte. En estos momentos de tensión los personajes continúan dibujando sus respectivas personalidades. Leopoldo pierde fuelle y Gregorio se muestra mucho más frío y calculador, aunque también temerario. Al final de la novela la tensión se vuelve insoportable, lo que hace que, sin el consentimiento de Gregorio, pidan ayuda a un amigo médico. El diagnóstico de este doctor descubrirá el engaño del cual han sido víctimas. Julia nunca  ha estado embarazada. Unos incautos, miembros de ese sector de la sociedad que desprecian, han aprovechado sus miedos, sus hipocresías, su suficiencia imprudente, en fin, todos sus pecados de clase para sacarles sus buenas pesetas.
De este modo Hortelano, sin decirlo explícitamente en ningún momento, hace evidente cuan de inauténtica es la vida de estos personajes. Toda la trama montada sobre el embarazo de Julia, el conjunto de decisiones, los riesgos asumidos, incluso el modo de enfrentarse al amor, al odio y a la vida, se desmorona cuando el principio motor de todo ello no es más que una burda trampa. La reacción final de los miembros del grupo acentúa esta idea y no hace más que perpetuarla. Al agredir Gregorio al doctor que acaba de evidenciar el engaño y les reprocha su modo de actuar, asistimos a la renuncia de todo el grupo, de todo un sector de la sociedad española, a la verdadera realidad que se encuentra más allá de esa burbuja que les proporciona el dinero, los buenos puestos en la administración o las amistades de papá.
Me queda la impresión de que todavía quedan muchas cosas por decir, lo cual, entiendo, acrecienta el mérito de esta obra. No obstante, sería demasiado trabajo y muy probablemente ahondaría en un error que comenzó con la primera palabra. Por lo tanto...

viernes, 12 de julio de 2013

La noria



Luis Romero (1916-2009) ganará con La noria el Premio Nadal de novela en 1951. Esta obra sitúa a su autor en la vasta provincia del realismo que en la década de los cincuenta dominará la novela española. Diez años después, en 1962, ahondará en esta misma línea con La corriente, una novela de nuevo ambientada en Barcelona y que volverá a ensayar el personaje colectivo. Antes de La corriente, en 1956, Romero publicaría Los otros, una obra de carácter social en la que un obrero, empujado por las circunstancias, cometerá un atraco. Muy distinta será la colección de cuentos Tudá (1957), en la cual su autor trata de recoger las vivencias personales experimentadas durante su estadía en la División Azul. No obstante, este prolífico autor catalán, investigará muchos y variados caminos literarios. Con Costa Brava (1958) se internará por la senda de las guías de viaje, la cual abandonará para dedicarse a la investigación histórica en Tres días de julio (1967), que se ocupa de los primeros días de la sublevación franquista, o en Por qué mataron a José Calvo Sotelo (1982). Sin embargo, el mayor éxito de público no le llegará a Romero hasta 1963, año en el que se haría con el Premio Planeta gracias a su novela El cacique. Esta obra trata, con un maniqueísmo no comprometido, la situación del campo español y la de sus trabajadores.
Me dice Jordi Gracia (Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010) que la importancia de esta obra de Luis Romero sería mayor si no hubiera tenido la mala pata de aparecer en nuestra historia literaria solo unos meses después de La colmena. Lo cierto es que las similitudes entre La noria y la novela de Cela son evidentes, en ambas se opta por el personaje colectivo para intentar representar el calidoscopio social que era la España de la posguerra, pero también son muchas las diferencias.
Para lograr su propósito Romero crea un total de treinta y siete pequeños capítulos protagonizados cada uno de ellos por un personaje distinto, a los cuales no regresará como sí hiciera Cela en su momento. Sobre este protagonista circunstancial centrará su foco el narrador omnisciente, uno de los elementos vertebradores del relato. Durante unas pocas páginas seguiremos su peregrinaje vital y físico por las calles de Barcelona. Cada uno de estos personajes se definirá por sus actos, sus palabras, su historia y su pensamiento, el cual nos será presentado por medio de un monólogo interior no siempre bien logrado. El deambular del personaje principal de cada uno de estos capítulos, que funcionan como los cangilones de una noria, resulta, después de la lectura de tres o cuatro de ellos, bastante previsible. Recurrentemente la voz del narrador omnisciente nos informará del pasado y presente (en ciertas ocasiones de imprecisos futuribles) del protagonista. Después será el propio personaje, mediante su actuar y su pensar, el encargado de completar el cuadro.   Esta estructura reiterada colabora a crear la atmósfera de monotonía sísifica de la cual dimanará la neblina pesimista que parece envolver a todos los personajes.
En ocasiones, no pocas, el narrador utiliza ese deambular de sus criaturas para introducirnos en los distintos ambientes que conforman el pequeño universo barcelonés. De igual modo, cada personaje nos conducirá al protagonista del nuevo capítulo, estableciéndose de este modo una estructura primaria que cohesiona la novela dando lugar, al mismo tiempo, a interesantes consecuencias. 
De modo general, existe una relación entre los personajes que habitan las teselas contiguas de este mosaico. La historia de un personaje es completada por el personaje que le sigue, quien, si no tiene un papel crucial en la circunstancia vital del primero, siempre tiene algo que decir sobre él. De esta manera se establece una suerte de multiperspectivismo que mantiene al lector atento al "progreso" de la novela. Este mecanismo, que en ocasiones funcionará en la dirección contraria, proporciona un mínimo andamiaje estructural que le permite al lector hacerse la ilusión de un argumento que, simplemente, no existe.
Nos encontramos, por lo tanto, ante una suerte de collage social que pretende reflejar, con relativa exactitud, la realidad española de comienzos de los cincuenta. Para ello pasa revista a diferentes clases sociales, si bien todas ellas son tratadas con idéntica pretensión de objetividad. Supongo que se tratará de una elección consciente, una manera de narrar que no busca otra cosa que la creación de un ambiente concreto, dominado por la pertinaz obligación de continuar siempre hacia adelante, tiranizado por la obligación de resolver, en muchos casos, urgencias que apenas le aseguran a sus protagonistas la posibilidad de acceder a nuevas urgencias. Es la busca constante, que se vuelve mucho más significativa en aquellas clases de extracción más humilde. Aunque nada se nos diga, aunque el pretendido objetivismo no se rompa, no podemos dejar de sentir la lucha vital que le resta por realizar a la prostituta que dejamos, en el primer capítulo, apaciblemente dormida en su cama. El lector, así lo quiere el narrador, se alegrará con el pequeño triunfo mercantil que acaba de experimentar, pero, tal y como ocurrirá con la bailarina ya anciana del penúltimo capítulo, sabe también que este no la liberará. Continuará rodando el destino y al caer la tarde esa muchacha habrá de volver a la calle a buscar su propia fortuna. Es cierto que, como he dicho, las urgencias a las cuales se enfrentan los personajes más humildes de la novela son más significativas, más perentorias. En el caso de las clases medias y altas, las urgencias, las necesidades, la busca, será de otro orden. Estos seres se verán inmiscuidos en aquellas circunstancias que al hombre le restan cuando ha superado la subsistencia. Se trata del amor, la soledad, la venganza, la piedad...  pero como en el caso anterior, tampoco estos seres verán plenamente colmadas sus expectativas. Para ellos también estará reservada cierta dosis de insatisfacción, de camino truncado, de constante lucha no exenta de un leve poso de frustración.
Consecuentemente, y así vistas las cosas, la novela no exime plenamente cierta responsabilidad social. Su presentación de los personajes, sin renunciar al realismo objetivista propio de su genética narrativa, le posibilita evidenciar, sin exibirlas con explícita publicidad, las diferencias sociales de la España de su época. Lo hace además sin renunciar a crear un ambiente general que domina a todas ellas, fruto de la situación que las envuelve como sociedad.

martes, 25 de junio de 2013

Escuadra hacia la muerte



Ahí, sobre estas líneas, están los protagonistas que la noche del 18 de marzo de 1953 llevaron a las tablas del María Guerrero Escuadra hacia la muerte. Cuenta Jaime Ferrán, poeta, que el por entonces ministro del Ejército, Agustín Muñoz Grandes, amenazó con quemar el teatro esa misma noche. Esta pequeña anécdota, tan del gusto de los que como yo disfrutan con la intrahistoria pato-heroica de la literatura, me permite ilustrar lo alejado que desde sus comienzos se mostró Sastre y su teatro de la situación política que le tocó vivir. No sin razón Farris Anderson verá en el teatro de Sastre un cuestionamiento constante de la realidad que lo circunda. Sastre se opondrá dialécticamente a su entorno, ya sea este social, político o artístico, y esta postura, embrionaria en estos primeros años, no hará sino radicalizarse con el paso del tiempo.
Decididamente comprometido, Sastre verá muy pronto el teatro como una eficaz herramienta de acción social. La creación del TAS (Teatro de Agitación Social) en 1950, si bien no fructificó, fue la primera piedra  (la segunda si contamos la fundación de Arte Nuevo en 1945) sobre la que solo diez años después se habría de cimentar el GTR (Grupo de Teatro Realista) y, paralelamente, el cambio de foco desde lo artístico a lo social. A resumidas cuentas, lo que pretendían tanto Sastre como sus compañeros de viaje (un paradójico Alfonso Paso, Medardo Fraile y Carlos José Costas en un principio, a los que se uniría, ya en el más profesional TAS, Jose María de Quinto) era renovar profundamente la escena española. Tarea esta tan perenne como dificultosa dadas las circunstancias.
Las peripecias que configuran la creación y representación de la obra (aparte el arrebato neróntico del bueno de don Agustín Muñoz) son también especialmente llamativas. En un principio la obra fue un encargo de un empresario inglés que tuvo, no sé si la peregrina idea, de llevar a Londres una obra española representada por una compañía española. La obra en cuestión debía ser algo nuevo y el encargo cayó en las manos de Alfonso Sastre. Sastre decidió contar para esta representación con los antiguos miembros de Arte Nuevo e ideó una obra que, libre de las cortapisas que le supondría un estreno en España, resultó radicalmente novedosa. Lamentablemente la gira británica no llegó a fructificar, lo que llevó a la compañía a estrenar la obra en Madrid en la fecha y lugar indicado. Escuadra hacia la muerte no pasaría en su estreno de la tercera representación, pero su autor, un joven Alfonso Sastre, pasaría a ocupar un lugar destacado en la escena hispana.
Bueno, pero, ¿de qué va Escuadra hacia la muerte? La cosa es bastante sencilla de explicar. En una hipotética tercera guerra mundial un escuadrón de castigo formado por seis hombres es enviado a una misión suicida para purgar de este modo sus culpas (se entiende que cada uno de los miembros del escuadrón tiene un oscuro o vergonzoso pasado. Llama la atención de entre todos el caso de Luis, un soldado que es condenado al escuadrón por no haber querido formar parte de un pelotón de fusilamiento. Volveremos a él más tarde). El escuadrón está al mando de un cabo tiránico que maltrata a sus compañeros haciendo cumplir las ordenanzas militares con una escrupulosidad carente de sentido. Todos los miembros del pequeño escuadrón se saben condenados, conducidos de manera inevitable a una muerte segura y, por lo tanto, ven absurdo el cumplimiento de la disciplina militar. El caso es que, como no podía ser de otro modo, el cabo termina siendo asesinado por cuatro de sus compañeros (Luis en ese momento se encuentra haciendo la guardia). Desde ese momento el estado de cosas se ve radicalmente alterado. Hasta ese momento los soldados parecen tener clara su situación. Si el resultado de su misión suicida es la muerte expiarán con ella sus pecados. Si por el contrario salen sanos y salvos habrán recibido el perdón, no me atrevo a decir divino, pero perdón a fin de cuentas. El asesinato del cabo es una nueva muesca en sus almas y en este caso no existe restitución posible. Así, por lo menos, es como lo ve Pedro, el más veterano de los cinco soldados, que decide ocupar el lugar del cabo tras la muerte de este. Pedro comprende la necesidad de mantener la disciplina militar, lo cual desvirtúa en parte la muerte del cabo, y, al final de la obra, la necesidad de confesar su culpa ante un consejo de guerra llegado el caso. Mucho más interesante me resulta la figura de Adolfo. Este no cree en la concepción judeo-cristiana del pecado que de manera tan varonil acepta su compañero Pedro. El prefiere huir, echarse al monte y dar continuidad a una existencia que se desliza por la ladera de lo nietzscheano. Por su parte Andrés renuncia como Pedro a su existencia, no de un modo total como este, o como ocurrirá en el caso de Javier, pero sí lo hace nominalmente. Andrés decide entregarse al enemigo, a ese enemigo cruel y despiadado del que solo puede esperarse o una muerte lenta o la animalización total en un campo de prisioneros. De este modo Andrés renuncia a su voluntad, a su voluntad de hombre, la misma que a Javier, prudentemente fuera de escena, le permite disponer tan libremente de su vida como para colgarla de un árbol. Por último nos queda Luis, ese justo entre sodomitas. El pecado que le ha llevado a ese escuadrón no es, como se ha apuntado, tal pecado, consecuentemente la justicia poética no puede otorgarle el mismo final que a sus compañeros. Él, que no quiso participar en un pelotón de ejecución, no podía participar y no participó en la ejecución del cabo. Sastre lo salva, protege de este modo a un alma inocente posibilitando su redención final.
Pues esto, más o menos, es lo que yo he entendido de esta obra teatral que tristemente he leído porque no he tenido la suerte de asistir a su representación. Estoy seguro de que sobre las tablas el texto ganará mucho. No obstante, no puedo dejar de sentir cierta decepción tras haberme acercado, por fin, a esta obra. 
Es posible que yo esperara algo mucho más radical, un planteamiento que dinamitara con tal contundencia las concepciones morales de la sociedad de la época como para que los ecos de esta explosión llegaran hasta mí. Lamentablemente no ha sido así. Es cierto que la obra es antimilitarista e introduce lateralmente lo absurdo de seguir unas normas que resultan delirantes en determinadas circunstancias (que actual es en este sentido la obra), sin embargo, me molesta esa solución complaciente que el autor proporciona al conflicto moral que dimana de su planteamiento trágico. Claro que, si no fuera de este modo, cabría preguntarse si realmente existiría tragedia alguna.  

lunes, 24 de junio de 2013

El Balneario



Hacía años que no iba por una librería de viejo. Renuncié a ellas porque lo que podía encontrar entre sus estanterías me había dejado de interesar y, tal vez, porque mi madurez, hasta cierto punto económica, me llevó a preferir la asepsia perfumada de la Fnac o de El Corte Inglés. Sé que en esta actitud mía hay mucho de traición contumaz, y puede que también un algo de estulticia postmoderna. Sin embargo, no me flagelo demasiado por ello. Convivo pacíficamente con mis traumas consumistas sin perder el sueño, al menos, no por completo.
Siempre había tenido a Manuel Vázquez Montalbán por un escritor menor. No es que ahora mi opinión haya cambiado sustancialmente. No poseo datos concluyentes y desdecirme así, de improviso, de una convicción que me ha acompañado desde mis años de estudiante, sería una nueva traición que no podría sumar sin sonrojo a la ya mencionada. Hasta fechas muy próximas solo conocía de este escritor la versión televisiva  que de Las aventuras de Pepe Carbalho había llevado a la pequeña pantalla Adolfo Aristarain para TVE, con guión del propio Vázquez Montalbán y Domenec Font. En mi memoria, memoria de primera adolescencia, Eusebio Poncela actúa como agente catalizador de una erotismo interruptus que, por otro lado, resultaba tan propio de la época. Para mí, desde ese despertar a las señoritas, el nombre de Pepe Carbalho quedaría irremediablemente unido a cierto onanismo frustrado, lo cual, me temo, determinó fatalmente mi opinión para con el pobre Montalbán.
El caso es que en los últimos tiempos me he hecho con un ejemplar del séptimo volumen de la Historia de la Literatura Española que para Ariel dirige José-Carlos Mainer. En este tomo, Derrota y restitución de la modernidad. 1939-2010, Jordi Gracia Domingo Ródenas repasa la literatura española de más reciente cuño. Lo cierto es que, por razones pedagógicas e ideológicas que no vienen al caso, yo siempre he sido un profundo desconocedor de esta literatura, por lo cual me puse a leer el citado manual con relativa curiosidad. Allí aprendí muchos nombres que he olvidado y de entre todos ellos me llamó la atención el de Vázquez Montalbán. Jordi Gracia le asigna un papel capital en la elaboración de la nueva narrativa que logra superar la novela testimonial del segundo cuarto del siglo XX y, al mismo tiempo, lo convierte en un actor principal del clima literario que se respirará en la España de la segunda mitad de ese siglo.
De este modo es como mi natural ignorancia se alió con mi falta de convicciones y no pude resistirme al ejemplar de El Balneario que, encuadernado en tapas duras por Planeta, me llamaba desde los anaqueles de El Indio -local especializado en la venta de artículos de muchas manos-.
Lo que viene a continuación es lo esperado. Lo pagué, lo acaricié y lo leía con relativa rapidez. Ciertamente la novelita se lee en dos patadas. Era la primera obra que leía del género -de nuevo mis prejuicios literarios- y debo confesar que no recibí más de lo que esperaba.
La trama tiene lugar en un balneario de la costa española. Se trata de un establecimiento especializado en la cura de la obesidad mediante la aplicación de una severa dieta vegetariana. De este modo Montalbán construye un espacio cerrado, aislado del entorno y sin posible escapatoria, en el cual se llevan a cabo una serie de asesinatos. Consecuentemente, todos y cada uno de los huéspedes del balneario se convertirán en posibles víctimas y en potenciales asesinos. Esta circunstancia les obligará a permanecer encerrados, lo cual aprovechará Montalbán para proponer un divertido juguete sociológico en el cual, sin más pretensiones, pasará revista a los estereotipos regionales, clasistas y nacionales que, por entonces, regían la percepción que los españoles tenían tanto de sí mismos como de buena parte de Europa o América. Reconozco que en este punto la novela se desliza por la vertiente del chiste clásico, (aquello de "había un catalán, un vasco, una señora de Toledo y un belga....") no obstante, esto, que podría ser un defecto según se considere, a mi me resultó lo más ameno del texto, ya que la trama policíaca por momentos resulta endeble, previsible y, si me apuran, con un interés menor.
Resumiendo, leí esta novela por un puro casual y no creo que su memoria se prolongue mucho más allá de esta entrada. Novela de carácter ligero, creada por aquello del pane lucrando y sin mayor pretensión. Como pasatiempo está bien, como muestra del verdadero potencial de este autor no creo que resulte significativa.

jueves, 11 de octubre de 2012

Cien mejor que uno



Llegué al libro de Surowiecki después de la lectura de Socionomía de Dolors Reig. Lo que tal vez buscaba en él era toda una serie de estrategias, sumamente agudas y perspicaces, que me ayudaran a comprender de qué modo actúan los grupos y, al tiempo, aprender qué hacer para que las actuaciones de los grupos resulten más inteligentes. Bien, pues me temo que ni lo uno ni lo otro. 
En buena medida creo que esto ha sido así porque he realizado una lectura muy superficial de la obra de James (seguro que no se lo merece). Ya se sabe, lo leí en la cama, en el parque mientras mi hija jugaba con sus amiguitas, en la oficina de empleo mientras aguardaba mi turno... En fin, de todas aquellas formas y maneras en las que uno no debe leer un libro si pretende enterarse medianamente de su contenido. Sin embargo, y asumiendo completamente la parte de culpa que me corresponde, creo que el propio libro tiene también alguna responsabilidad en todo esto.
Veamos. A mí me ha quedado bastante claro que el señor James considera que las decisiones que pueden llegar a tomar un grupo, pongamos que lo suficientemente numeroso, heterogéneo, independiente y descentralizado, tienen muchas probabilidades de mostrarse más inteligentes que las que puede tomar, por decir algo, un servidor. Esto será así, al menos, si nos enfrentamos a tres tipos de problemas concretos: problemas cognitivos, problemas de coordinación y problemas de cooperación. Los problemas pertenecientes al primer tipo son aquellos para los que es posible llegar a una solución definitiva, según explica el propio autor. Lógicamente estos serán los que se podrán resolver con mayor probabilidad de éxito (es difícil resolver un problema para el cual contamos con varias soluciones y sentirse plenamente satisfecho) y donde los grupos se muestran más inteligentes (obviamente porque su inteligencia es demostrable empíricamente). Los llamados problemas de coordinación son aquellos que pretender hallar el modo de coordinar el comportamiento de unos sujetos con respecto a otros de tal manera que todos ellos puedan hacer, básicamente, lo mismo al mismo tiempo. Estos problemas resultan, desde luego, más complejos y las multitudes tienen mayores dificultades a la hora de encontrar soluciones satisfactorias a los mismos (o por lo menos resulta más complejo determinar inequívocamente que la solución a la que llega la multitud es satisfactoria). Aún así, según este autor, las multitudes lo hacen, aunque sea en laboratorios o en aquellas circunstancias en las que pequeñas variables como el egoísmo, el instinto, la avaricia y otros múltiples factores intrínsecamente humanos carecen de importancia. Por último, en los problemas de cooperación, la dificultad estriba en que los sujetos dejen a parte sus egos y trabajen juntos para alcanzar un fin concreto de manera eficiente.
Dejemos a un lado que los problemas que plantea el autor son sustancialmente distintos. Dos de ellos son de tipo social y propios de los grupos mientras el otro es general. Obviemos también que en muchas ocasiones, cuando los grupos no se han mostrado inteligentes, han entrado en juego características individuales de los seres que los conforman pero que, paradójicamente, son tan comunes que bien podríamos calificarlas simplemente de humanas. Olvidemos la ideología neoliberal que se esconde tras la concepción del mercado.  No importa demasiado que el texto fuera escrito en el 2005 (que interesante sería hablar de las inteligencias de los mercados ahora, y que esclarecedores resultarían al respecto los asépticos experimentos de los profesores de Harvard). Todo esto resulta más bien confuso y sé que mi perspectiva se encuentra viciada por las circunstancias y mis personales opiniones. Lo peor de todo, lo que hace a este libro culpable de que yo no haya sido capaz de leerlo con la debida atención y respeto, es que está lleno de anécdotas, de un conjunto de casuística, en ocasiones vacua, que pretende demostrar ora que los grupos son muy listos, ora que los grupos son muy tontos y todo sobre el principio perogrullesco de que la gente es gente. 
No obstante, debo confesarme que soy bastante injusto. En esto alguna culpa tiene, como he dicho, la ideología. Y creo que hablando de estas cosas la ideología puede llegar a convertirse en una algo muy feo. 
El libro ciertamente propone una idea interesante. Las multitudes pueden ser inteligentes si se dan las circunstancias y es cuestión de procurar que esas circunstancias se cumplan. Es necesario ver un poco más allá de la presunta infalibilidad de los mercados y otorgarle una posibilidad a las multitudes en otros ámbitos, al menos en los que sea posible prescindir de las pasiones individuales, o en los que estas pasiones sean domesticables sin que ello suponga un menoscabo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Tiempos líquidos



Escribir algo con sentido y  pertinente es siempre una tarea compleja, pero esta se vuelve titánica y absurda si pretendemos hacerlo sobre una obra de Bauman. Sé (estúpido sería continuar engañándose a estas alturas) que mi capacidad es limitada y que lo que pueda llegar a comprender de las tesis de este buen hombre queda consecuentemente circunscrito a esa limitación. Apenas escucho el tañido de las campanas y no logro ubicarme pero, el tañido es tan ensordecedor...
Lo primero que me llama la atención de este libro (con los ecos de la lectura de Mundo consumo) es la facilidad con la que consigo trasladar las propuestas de sus páginas a la cotidianidad. Pongamos por caso la tesis de que los Estados-Nación han perdido el poder. No es necesario ser una lumbrera ni estrujarse demasiado las meninges para comprender que la actual situación por la que pasa nuestro país es un caso de manual de lo expuesto por Bauman. El Gobierno, con su falta de acción política, con la aceptación fatalista de las condiciones socio-económicas dictadas desde los marcos de poder global, no hace otra cosa que confirmar lo expuesto por el filósofo. En este sentido, creo que lo que los movimientos populares descentralizados que cada día se hacen oír más están pidiendo no es, en última instancia, que el Estado-Nación recupere esas cotas de poder. Esto se antoja imposible, pues los gobiernos han renunciado de facto y  complacientemente a hacerlo, además no está en sus manos. Lo que esas masas piden, ya que el gobierno al renunciar a sus responsabilidades se vuelve ilegítimo, es su propio empoderamiento. La asunción de los principios de la sociedad red, de la que habla Castells, por parte de los mencionados movimientos sociales, no es otra cosa que la toma de conciencia colectiva, espontánea y natural de las nuevas condiciones que rigen el mundo (incluida la toma de decisiones políticas). A todo ello el Estado-Nación responde con el miedo, disparando a la base misma de la condición humana.
El lento pero demoledor adoctrinamiento impuesto por el capitalismo (y su sistema de valores) ha logrado dinamitar los principios de solidaridad innatos al ser humano. El hombre ha ido conquistando con su esfuerzo de hormiguita su cubículo capitalista (esos espacios seguros de los que también habla Bauman). En él tiene su ficción de libertad y si se esfuerza pasará un invierno tranquilo. Pero es una hormiga solitaria y, consecuentemente asustadiza. Tiene miedo de convertirse en cigarra, de que la devoren las termitas, de que se derrumbe su magnífico hormiguero adosado... y el miedo es tan fácil de propalar y las termitas tan fáciles de exterminar si se emplea la fuerza necesaria...
Bueno, para que seguir si todo ya es conocido. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Cultura basura, cerebros privilegiados



Este libro supone que la cultura pop sufre un proceso de continua mejora. Este se debería, básicamente, a la progresiva complejidad de estos productos culturales que genera, lo cual implicaría la activación de determinados procesos cognitivos, no necesariamente nocivos, que hasta la complicación de los citados productos no se venía produciendo. El resultado de este proceso sería la modificación de los cerebros de los consumidores de cultura pop, haciéndolos, consecuentemente, más inteligentes, al menos, en algunas de las concepciones que de la inteligencia se maneja hasta la fecha (así se explicaría en parte el denominado  Efecto Flynn).
Por lo tanto, se trata de un texto que se opone de manera frontal a las teorías, tan en boga hoy en día, que suponen una degeneración continua de la cultura popular. Este proceso, según señalan estos "apocalípticos", no solo implica contenidos de dudoso valor moral o ético, sino también una simplificación de esos productos. Esta simplificación haría disminuir el esfuerzo cognitivo de los consumidores y consecuentemente, idiotizaría a las masas.
Johnson, para cimentar su propuesta, analiza la estructura de diferentes productos de la cultura de masas (video juegos, televisión, internet, cine). En todos los casos demuestra que existe una evolución hacia la complejidad, procurando en todos los casos comparar manzanas con manzanas, es decir, productos culturales pop que compartan unos similares niveles de calidad. Esto, particularmente, es lo que me resulta más interesante y, tal vez, lo que más fuerza da al razonamiento del autor. Trataré de explicarme.
Johnson no afirma en ningún momento que los productos de la cultura de masas sean hoy en día comparables con las grandes productos culturales de la historia de la humanidad. Esto, como es obvio, no implica tampoco que la cultura pop no pueda llegar a generar grandes obras culturales, pero esto no es lo que se discute. Cuando Johnson realiza sus comparaciones pretende hacerlas de manera objetiva. Comparando, como sugiere el propio autor, mierda con mierda si es el caso. Lo que pretende demostrar es que la mierda de hoy en día es más compleja que la que ayer se aventaba, por poner un caso, en televisión. No voy a repetir aquí todos los ejemplos y conclusiones a las que llega el autor, para eso está el libro, pero sí que podría citar la necesidad de realizar continuas inferencias en las series de televisión actuales (también la mayor complejidad narrativa), o la creciente utilización de la inteligencia interpersonal en la comprensión de los "reality". 
Lo que menos me ha gustado de este libro es la conclusión que podemos extraer de todo este asunto. Entiendo que los productos culturales sean progresivamente más complejos, en esto no hay, bajo mi punto de vista, nada de sorprendente. Como bien apunta el autor hay factores económicos y tecnológicos que determinan esa complicación, es más, que determinan la complicación de la cultura de manera general, de hecho, lo extraño es que fuera de otro modo pues, desde que el hombre es hombre, en términos generales, la cultura ha sufrido un proceso de continua complicación. Ahora bien, esto es una cosa y otra muy distinta que este proceso tenga repercusiones en la estructura cognitiva del ser humano. La falta de pruebas empíricas (tanto en el caso de los "apocalípticos" como en el caso de Johnson, he de reconocérselo) hace que las declaraciones de este tipo, amen de los juicios de valor que propician, resulten ridículos. Es en este punto en el que Johnson se excede en sus pretensiones y es justamente por lo que sus fallos se vuelven más evidentes.

viernes, 14 de septiembre de 2012

Socionomía


Hoy he terminado de leer los últimos tres capítulos de este libro de Dolors Reig (@dreig). Lo cierto es que ahora mismo no tengo demasiadas ganas de registrar mis impresiones sobre el mismo y, muy posiblemente, puede que en el futuro cercano estas ganas no se vean acrecentadas. Son tan azarosas las circunstancias que han envuelto esta lectura que pretender reflexionar seriamente sobre toda ella puede resultar pretencioso.
No obstante, como resultado de esta intención mía (la de construirme unos apuntes ampliados),  sí que he ido tomando algunas notas sobre estos últimos capítulos y creo que sobre ellos podré reflexionar aquí, aunque solo puede que haya comprendido muy poco de los mismos.
Una primera reflexión que me ha parecido interesante guarda relación con la presunta bondad o perversidad de las nuevas tecnologías, es decir, sobre si estas nos están haciendo más listos o más tontos. Ya se sabe que la polémica es antigua y tal vez no sobraría recordar la distinción establecida por Eco para los medios de comunicación. El caso es que Reig, como buena optimista, sugiere, sin afirmarlo tajantemente, que las nuevas tecnologías no nos hacen más tontos, sino que simplemente propician nuestra evolución permitiéndonos integrarnos de manera eficiente en un nuevo tipo de realidad que bien pudiéramos considerar resultado de la sociedad aumentada de la que nos habla. La idea, debo de reconocerlo, es sugerente, y se encuentra convenientemente cimentada con la autoridad de "renombrados evolucionistas".
Interesante en esta línea resulta el estudio reseñado por Reig y realizado por Betsy Sparrow. Para esta psicóloga Internet se ha convertido en una especie de memoria transactiva. Las implicaciones de este descubrimiento, no sé si más sugerente que fiable, resultan importantísimas para el ámbito educativo. La memorización, al menos a gran escala, deja de resultar pertinente. La web, con su ubicuidad, funciona como una excelente memoria auxiliar, más rápida, más "fiable" (si se sabe buscar) y de capacidad ilimitada. Por lo tanto, las voces que piden al profesor que modifique su función o papel, ganan fuerza.
También resulta interesante, con evidentes connotaciones educativas, la reflexión realizada por Dolors sobre la escritura hoy en día.  Hace tiempo que algo parecido a lo expuesto por Reig rondaba por mi cabeza como una mera intuición, ahora Reig aporta datos concluyentes y se convierte en una fuente de autoridad citable.
Hoy en día los jóvenes escriben más que cualquier otra generación en la historia. La utilización masiva de las redes sociales les obliga a utilizar este tipo de código, aunque razones económicas los hayan llevado a crear un nuevo registro caracterizado por la economía (monetaria, física, temporal...). Este hecho ya de por sí me resulta interesante, ya que como fenómeno lingüístico cuenta con sus propias implicaciones, pero no es posible obviar las bondades educativas que en el ámbito de la enseñanza de la lengua pueda llegar a tener, hacerlo sería renunciar a conectar el aprendizaje informal con el que se da en las aulas al tiempo que se desaprovecha una magnífica oportunidad de poner en marcha un aprendizaje significativo.
En esta misma línea también resulta interesante la definición que la autora propone del término texting (abreviatura de text messaging) Reig hace referencia con él al registro empleado por los adolescentes en la escritura de mensajes de texto. La reflexión que realiza sobre la capacidad de síntesis que muestran los adolescentes al utilizar este registro me parece adecuada y, al mismo tiempo, establece prometedoras relaciones con la postura mantenida por H. Gardner sobre los cinco tipos de mentes que será preciso dominar en el futuro si se quiere triunfar.
Pasa a hablar la autora sobre la importancia de la creatividad. La necesidad no ya tanto de crear información, sino de hacerse las preguntas importantes. De este modo nos hablará de la teoría de las inteligencias múltiples de Gardner y de la visión de la creatividad planteada por Robinson, posturas ambas que nos llevan a pensar sobre la necesidad de llevar a cabo un cambio en nuestra forma de acercarnos al conocimiento y, sobre todo, de "impartirlo".
Debemos considerar que existe una cosa que se denomina "inteligencia colectiva" y que precisamente la innovación, tan relacionada con la recién citada creatividad, surge en buena medida, tal y como establece Steven Johnson, de la apertura de la sociedad y de la conectividad de las personas. De este modo la colaboración se convierte en la fuerza constructiva de las grandes ideas.
En la misma línea, es decir, relacionado con la inteligencia colectiva, James Surowiecki en Cien mejor que uno establece los principios que la caracterizan, entre los que Reig cita: diversidad, descentralización, agregación y organización. Respecto a esta última característica, afirma Dolors, y creo que lo hace con indudable perspicacia, que el docente debe funcionar "como organizador de la inteligencia colectiva en las aulas, en la consecución tanto de productos de conocimiento como de experiencias de aprendizaje significativas y de calidad".
Continúa la autora llamando la atención sobre el hecho de que buena parte de las características de la web social se están transplantando a la sociedad, constituyendo lo que bien podemos llamar sociedad 2.0. En buena medida esto sucede como resultado de la crisis generalizada que la sociedad postdigital o ĺíquida, en términos de Bauman, está sufriendo, pero también, como ha expuesto ya en este mismo libro Dolors, como resultado de las disonancia cognitiva que las nuevas generaciones experimentan al no poder trasladar a la realidad ciertos aspectos que sí experimentan en Internet, lo cual, dicho sea de paso, nos conduciría a la sociedad aumentada. De los múltiples ejemplos que la autora expone, desde la economía a los modelos de negocio pasando por la industria energética (curiosa al respecto resulta la postura de Jeremy Rifkin), sin duda la más interesante para mí guarda relación con la crisis que afecta a la educación y la necesidad de rediseñar el papel del docente como guía e inculcador de valores. En esta misma línea resulta más que prometedora la relación establecida por Dolors entre el concepto de "zona de desarrollo próximo" establecido por Vygotski en Mind in society: the development of higher psychological processes, y las posibilidades de la web social. Si se guía al alumno convenientemente en su búsqueda de conocimiento, resulta evidente que las potencialidades de la web, donde el conocimiento es prácticamente ilimitado, propiciará que las posibilidades de desarrollar esa zona de desarrollo próximo se multipliquen.
El último capítulo del libro está dedicado a aportar razones para el optimismo. Eso ya, cada cual.