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martes, 11 de diciembre de 2012

Evolución de la novela en la generación de fin de siglo




Apuntes extraídos del libro de Pedraza y Rodríguez Cáceres Las épocas de la literatura española.

Epígonos de la novela realista-naturalista

Alejandro Sawa
La novela realista no presentará su acta de defunción ante el público lector en una fecha determinada. De hecho, aunque los presupuestos básicos de este tipo de textos hayan cambiado sustancialmente, sería atrevido considerar que el género ha muerto hoy en día. No obstante, en los últimos años del siglo XIX esta forma de novelar se encontraba agonizante. Debemos recordar que las nuevas generaciones de escritores, que no sólo eran poetas, sentían cierta repulsión por la literatura que se venía haciendo con anterioridad a su irrupción en el panorama artístico. La perpetuación de un modelo depauperado exigía la aceptación de algunas renovaciones. 
Una serie de autores continúan con cierto deleite la senda abierta por el Naturalismo. Escritores como Alejandro Sawa introdujeron en la novela temas eróticos que transcurrían en ambientes intencionalmente decadentes. Otros no sabrán superar un Realismo en declive y perpetuarán las formas y la ideología del mismo. Entre ellos cabe citar, tal vez para rescatarlos del ostracismo, a Ricardo León o a Concha Espina. Un tercer grupo, imbuido de los ideales regeneracionistas pero demasiado apegado al estilo realista, creará novelas en las que se ensayará una narrativa de testimonio y denuncia. Formarían parte de este grupo José López Pinillos y Ciro Bayo.
Mención a parte merece Vicente Blasco Ibáñez. Escritor de enorme éxito, partirá del folletín para recalar en la novela social (La bodega), la novela psicológica (Sangre y arena) y la novela de aventuras (El Papa del mar). Pero sin duda, donde destacará, y por lo que será recordado, será por sus novelas de ambiente valenciano.
En otro orden de cosas, Felipe Trigo será uno de los más acabados representantes de la novela erótica. En Jarrapellejos (1914) adoptará una actitud combativa en defensa de la libertad sexual. 

 Una nueva forma de novelar

Los autores más representativos de la generación finisecular alejarán decididamente la novela de los presupuestos decimonónicos del género. La novela ganará en lirismo al tiempo que se torna más subjetiva e impresionista. La preocupación por la representación mimética de la realidad irá decreciendo y los autores se concentrarán en explorar el mundo interior de los personajes.
Ganará fuerza la expresión de los sentimientos y el desarrollo coherente del argumento perderá protagonismo dejando espacio para la introducción de divagaciones intelectuales. El paisaje se convertirá en símbolo y el narrador irá cediendo progresivamente la voz a los personajes. 
La prosa se volverá mucho más ligera, reduciendo los periodos y predominando la yuxtaposición en detrimento de la coordinación y la subordinación.

La novela regeneracionista

En las novelas también entrarán las ideas regeneracionistas que de manera general se encontraban en el ambiente de la España finisecular. Predominarán en estos textos las disquisiciones y los excursos de carácter ideológico, lo que provoca la endeblez de la estructura. En estos escritos la línea que separa la novela del ensayo se vuelve difusa, tal y como ocurre con las obras de Ángel Ganivet (La conquista del reino Maya por el último conquistador español Pío Cid) o de Silverio Lanza (La rendición de Santiago).

La nívola unamuniana

La novela le proporciona a Miguel de Unamuno la libertad adecuada para plasmar sus reflexiones sobre la vida y la muerte. Consciente de la novedad de sus producciones, Unamuno, acuñará el término nivola para referirse a esta nueva manera de novelar que empezará a practicar en Amor y pedagogía (1902) y que encontraremos plenamente desarrollada ya en Niebla (1914).
Aunará filosofía y novela para crear un medio óptimo para indagar en la condición humana. La acción se concentra, se prescinde de la pintura del entorno y se anulan las referencias geográficas e incluso temporales. El texto se centrará en los conflictos existenciales de los personajes y el tiempo de su conciencia, el tiempo interno del vivir de los personajes, sustituirá al tiempo externo. El lector accede a este mundo interior plagado de conflictos personales gracias al monodiálogo. Será el protagonista, en su continuo diálogar consigo mismo, el que nos permitará acceder a su subjetividad cargada de lirismo.
En los últimos años de su existencia Unamuno llevaría a la novela sus particulares obsesiones religiosas. En San Manuel Bueno, martir (1931), Unamuno presentará la trágica contradicción entre la voluntad de creer y la imposibilidad de alcanzar la fe.

La novela impresionista

Pío Baroja romperá con los moldes del género al proponer una novela compuesta de cuadros sueltos que se aglutinan gracias a la presencia de un personaje protagonista. En sus obras se presentan fragmentos de vida en los cuales el autor ha seleccionado con técnica impresionista los detalles más relevantes.
Partirá Baroja de la observación de la realidad, pero resultarán más importantes las sensaciones y las reflexiones que esa percepción suscita. En no pocas ocasiones el novelista se vale de un alter ego para dar entrada en la narración a sus inquietudes, recuerdos o reflexiones. Tal es el caso del Andres Hurtado de El árbol de la ciencia (1911) o del Fernando Ossorio de Camino de perfección (1902).
Sus héroes son antisociales, ejemplificando de manera magnífica el desencanto del mundo o  el culto a la libertad. Baroja no los describirá atendiendo a su perfil psicológico. Preferirá mostrarlos en acción, deambulando de un lugar a otro, para que de este modo seamos capaces de descubrir su personalidad a través de sus actos.
El estilo de Baroja es directo y expresivo, primando la claridad por encima de cualquier artificio retórico.
Dentro de su producción es posible reconocer cierta variedad. Así encontraremos obras que representan a la perfección la novela regeneracionista como Camino de perfección o El árbol de la ciencia, pero también nos será dado descubrir obras de talante picaresco (La busca), decadentista (El mayorazgo de Labraz), aventurero (Zalacaín el aventurero) o político (Cesar o nada).
Junto a Baroja, Azorín será el otro gran representante de la novela impresionista. Para este autor resulta indispensable observar con atención la realidad, pero el propósito de esta mirada atenta no será, como en los realistas, la reconstrucción fidedigna de la misma, sino recoger sólo aquellos detalles que resulten sustancialmente significativos. El resultado será un relato de estructura fragmentaria y discontinua que por momentos da más la sensación de borrador que de obra acabada.
Las disgresiones y descripciones interrumpen constantemente la escasa acción de las novelas de Azorín. El diálogo adopta la forma de largos monólogos yuxtapuestos en los que el autor otorga a sus personajes patente de corso para exponer sus ideas. Entre estas ocuparán un lugar destacado aquellos temas que preocupan más hondamente a Azorín: la meditación sobre la existencia, la muerte, el paso del tiempo, la disolución de la voluntad, la descripción de los pueblos españoles...
Son textos cargados de un profundo lirismo, que participan de una prosa concisa pero al mismo tiempo cargada de recursos expresivos y rítmicos tan propios de toda la prosa impresionista.
El punto culminante de su novela lo alcanzará Azorín con la trilogía autobiográfica de su primera etapa (La voluntad, Antonio Azorín y Las confesiones de un pequeño filósofo). Más tarde se ocupará de algunos mitos literarios en Tomás Rueda y Don Juan para intentar, con la llegada de las Vanguardias, obras experimentales (El caballero inactual).

Del decadentismo al expresionismo

Partirá Valle-Inclán del decadentismo modernista para dejar muestra en sus Sonatas de una impecable prosa impresionista. Predomina el esteticismo y la sensualidad a la hora de describir los espacios por los que se maneja el marqués de Bradomín, y no es descartable la herencia parnasiana en el tratamiento de los ornamentos. También cabría incluir en esta estética plenamente modernista los cuentos agrupados en Féminas, Seis historias amorosas y El jardín umbrío.
La trilogía de La guerra carlista desempeñará un papel capital en la evolución del literato gallego. En estas novelas se mezclarán personajes reales y ficticios sobre un trasfondo histórico. Pero se ocupará Valle de la pequeña historia, de los acontecimientos nimios que se esconden tras la grandilocuente epopeya de la guerra civil. La necesidad de referir una guerra hace que el autor renuncie al refinamiento esteticista de las Sonatas. La prosa se vuelve bronca y en ocasiones desgarrada.
El esperpento en la novela culminará con Tirano Banderas, espeluznante retrato grotesco de una dictadura hispanoamericana. La crueldad del régimen dictatorial es puesto ante los ojos del lector con despiadada crueldad, utilizando con profusión las hipérboles macabras.
El proceso de evolución se dará por terminado con El ruedo ibérico. Se trata de un ambicioso proyecto que pretendía dar una visión grotesca y paródica de la España de Isabel II. En los tres libros que se llegaron a publicar de este ciclo (La corte de los milagros, Viva mi dueño y Baza de espadas) se presentan una serie de brevísimos cuadros. Son en su mayoría escenas ridículas que utilizan la técnica impresionista al servicio de la sátira corrosiva. 

lunes, 19 de noviembre de 2012

Benito Pérez Galdós: técnicas narrativas



Buena parte de las características narrativas de la obra de don Benito Pérez Galdós son las mismas que caracterizan a la novela realista, no por nada Galdós será considerado como uno de los más destacados cultivadores del género. 
De manera general podemos concluir, tal y como plantea Gullón (Galdós, novelista moderno), que don Benito irá depurando su estilo y perfeccionando su técnica en la medida en que va avanzando en su carrera, lo cual, bien mirado, no es decir demasiado, pues parece lógico que el novelista, sobre todo un autor tan prolífico, conozca mejor las herramientas de su oficio conforme las va manejando. Lo que sí ya resulta más interesante es la afirmación realizada por Pedraza y Rodríguez Cáceres (Manual de Literatura Española: Época del Realismo) a cerca del predominio de la expresión directa y eficaz de las ideas sobre los virtuosismos técnicos en la obra de Galdós.

El narrador

Lo más habitual en las novelas de Galdós es encontrarnos con un narrador omnisciente, algo por otro lado común a buena parte de la novela realista. No obstante, entre la amplia obra del escritor canario nos encontramos ejemplos de novelas dialogadas (Realidad, Casandra, El abuelo...), obras epistolares (La incógnita) o autobiográficas (El amigo Manso).
En la inmensa mayoría de casos en los que la voz narrativa pertenece a un narrador de tipo omnisciente, este puede ser testigo de los sucesos o mero transmisor de los hechos que un tercero le ha narrado (Fortuna y Jacinta). No resulta extraño que este narrador caiga frecuentemente en digresiones que le facilitan al lector información pertinente sobre los antecedentes de la historia o que, simplemente, se dedique a la especulación de carácter filosófico. Este modo de narrar hace que la acción se demore, permitiendo al lector familiarizarse convenientemente con todos los aspectos de la narración.
Pero lo que sin duda llama más la atención de este tipo de narrador es que, como apunta Sánchez Barbudo (Estudios sobre Galdós, Unamuno y Machado), es un narrador que narra desde la novela misma, tan cercano a los sucesos que duda, critica o se muestra chismoso, tan paradójicamente humano como los personajes de quien habla. Esto hará que el tono narrativo predominante sea de carácter conversacional, lo cual colaborará a que entre narrador y lector se establezca un tono de confianza, llegándose incluso a apelar  directamente a este último.
Finalmente, el narrador galdosiano, como no podría dejar de ser, se muestra extremadamente cuidadoso con las descripciones, que suelen ser detalladas tanto al presentar personajes como espacios.

Diálogo, monólogo y lo onírico

Galdós destacará por el dominio del diálogo, el cual en sus novelas aparecerá intercalado con la voz del narrador, quien contribuirá a puntualizar ciertos aspectos relacionados con la personalidad de los dialogantes. De este modo, los personajes se irán construyendo tanto por lo que dicen como por lo que el narrador va diciendo sobre ellos, lo que dará lugar a un retrato completo de los mismos. Esto ayuda a que la novela gane en viveza, acercándola a esa realidad que el autor pretende reflejar.
En este sentido, destaca el magnífico uso que hace Galdós de la lengua hablada. De manera perfecta don Benito ajusta un gran número de idiolectos a las diferentes personalidades que deambulan por su universo novelesco. Recoge las múltiples inflexiones del habla coloquial renunciando a la retórica y tomándolas de la vida misma. Esto le llevará a utilizar un gran número de giros y expresiones castizas que se incrustan a cada paso en el habla de los personajes y del propio narrador.
A la caracterización de los personajes contribuirá también el uso del monólogo interior. No se trata, tal y como ocurre en el Ulysses, de un monólogo revuelto e inconexo. Esto no implica que carezca de complejidad, sino que cuenta con la suficiente como para dar entrada en la novela a aspectos de la vida de los personajes que solo nos es posible descubrir inmiscuyéndonos en sus más íntimos pensamientos, los que realizan a solas, dejando fluir su conciencia de manera libre. En combinación con este recurso, utilizado con la misma finalidad, suele emplear don Benito Pérez Galdós el monólogo interior libre. Ambos serán frecuentes en las novelas de introspección psicológica, tales como La desheredada, Fortunata y Jacinta o Miau.
Muy relacionado con estos dos recursos se encuentra la utilización de los sueños por parte de Galdós. Como en el caso del diálogo, y de manera muy cercana al monólogo interior, los sueños le permitirán a don Benito mostrar los aspectos más íntimos de sus personajes. En ellos se dejan al descubierto las aspiraciones  más profundas de los tipos galdosianos, pulsiones estas que no resulta posible descubrir en la vigilia, pero que se muestran de manera alegórica en el mundo de lo onírico.

Tratamiento de los personajes

Con frecuencia se considera que Galdós es el autor que con mayor intensidad y amplitud describe los diferentes tipos que constituyen la "comedia humana" de la España de la Restauración. Ofrece el autor canario, como hemos dicho, un retrato completo de sus personajes, lo que pasa por la realización de una prosopografía y una etopeya totales que no descuiden ni los aspectos de su fisonomía ni sus honduras psicológicas.
En ciertas ocasiones Galdós optará por recurrir a descripciones burlescas, que hacen gala en buena medida del humor galdosiano y anticipan algunos rasgos de lo que será el esperpento. Igualmente, Galdós llevará a cabo descripciones enaltecedoras de aquellos personajes que gozan de la estima de su autor. Forman parte de este grupo los héroes galdosianos, en múltiples ocasiones representantes acabados del burgués liberal de talante positivista defensor del progreso.
Para Baquero Goyanes ("La 'perspectiva cambiante' en Galdós") don Benito utilizará con fruición en la descripción de sus personajes lo que denomina la "perspectiva cambiante". Esta técnica consiste en dotar a los personajes de la suficiente dosis de mutabilidad como para que se ajusten de manera coherente a la variación psicológica que los seres humanos padecemos en el mundo real. Se constituyen de este modo entes complejos, que dudan y cambian de parecer según sean las circunstancias y las necesidades que les acucian. Es cierto que esta técnica será menos habitual en sus primeras novelas. Doña Perfecta constituye un ejemplo prototípico de personaje de una sola pieza. Es obvio que el dominio de este recurso irá madurando en la medida en que el autor conozca el oficio de novelista.
Otra característica de los personajes de Galdós es que su mundo novelístico no se circunscribe a una sola novela. Resulta bastante habitual que los personajes reaparezcan en distintos textos, construyendo de este modo un paisaje humano que parece caminar y respirar por el orbe ficticio creado por el autor. Este tipo de relaciones intertextuales, especialmente común en las llamadas "novelas contemporáneas", dotan a la ficción novelesca de una autonomía conscientemente pretendida por Galdós, la cual, si cabe, se ve reforzada por la inclusión en sus novelas de personajes pertenecientes a la realidad de su tiempo.
Entre la nómina de personajes creados por Galdós encontramos un grupo que Ricardo Gullón (op.cit.) ha denominado personajes anormales. Este gusto por la anomalía social, que algunos autores como Pedraza y Rodríguez Cáceres (op.cit.) han emparentado con las técnicas naturalistas, pretende registrar una serie de patologías "psíquicas" que se derivan directamente de las condiciones ambientales impuestas por la sociedad contemporánea. Se trata de seres ambiguos y contradictorios que buscan alcanzar su pleno desarrollo vital pero que lo encuentran coartado por las imposiciones sociales. Gullón habla de cuatro tipos de personajes anormales:

  • Dementes. Podemos considerar como tal al pobre Villamil, que termina enloqueciendo en Miau o, desde cierto punto de vista al menos, a Nazarín en la obra homónima.
  • Neuróticos. Un caso de histerismo de manual sería el de Beatriz en Nazarín.
  • Epilépticos. Tal es el caso de el ciego de Torquemada en la cruz y Torquemada en el purgatorio Rafael del Aguila.
  • Rebeldes. Sería posible incluir en este grupo a Mauricia la Dura, de Fortunata y Jacinta, pura energía ella que se mueve entre lo enigmático y lo demoníaco.


Humor

El humor será una constante a lo largo de toda la creación literaria de Benito Pérez Galdós. Discurre este por las novelas galdosianas con sosegada mansedumbre, cimentado en la ironía que en múltiples ocasiones se vuelve hacia los personajes, lo cuales serán tratados con una mezcla de cariñoso desdén y cordialidad.
Alberto Montaner ("Galdós, humorista" y otros ensayos) distingue dos etapas a su juicio claramente diferenciadas.
En sus primeras novelas Galdós haría gala de un humor quevedesco, que caería muchas veces en lo caricaturesco. Generalmente los antagonistas son descritos en estas novelas como seres grotescos, recurriendo en muchas ocasiones el autor a la animalización o cosificación de sus rasgos más destacados. Para Baquero Goyanes (Perspectivismo y contraste) contra lo que podría parecer, Galdós no detecta ninguna contradicción entre el empleo de estas máscaras de carácter burlesco y sus pretensiones realistas.
Durante su etapa de madurez el humor galdosiano continuará presente si bien, como señala Montaner, ya no resultará tan hiriente como en la etapa anterior.






viernes, 16 de noviembre de 2012

Benito Pérez Galdós: trayectoria literaria



En lo literario, Galdós se muestra como una personalidad tremendamente fecunda y ambiciosa. Entre sus pretensiones estaba la de renovar plenamente el panorama de la novela española. Se trata, igualmente, de un escritor precoz, ya que comienza a escribir antes de que lo hagan otros novelistas contemporáneos y mayores que él como Alarcón, Pereda o Valera.
Comenzará su andadura literaria, si obviamos los textos juveniles, en el teatro. Sin embargo, el fracaso de algunas obras que no llegarán a ser estrenadas, hace que centre sus esfuerzos en el campo de la novela. Desde La Sombra, escrita en 1866, hasta la última de sus novelas, La razón de la sinrazón, de 1915, Galdós escribirá, sin tener en consideración los Episodios Nacionales, más de treinta novelas. Por su parte, los mencionados Episodios, ocuparán la práctica totalidad de su vida creativa. A ellos dedicará Galdós los años que transcurren entre la publicación de Trafalgar en 1872 hasta la de Cánovas en 1912. 
Desde 1892 regresará Galdós al teatro, actividad que le reportará en esta segunda etapa no pocas alegrías y que ya no abandonará hasta su muerte (la última de sus obras, Antón Caballero, quedará inconclusa). 
Por lo que respecta a su labor como periodista, don Benito no la abandonará desde que comienza su colaboración con La Nación en 1865 hasta fechas cercanas a su muerte. 

Algunas características básicas de la narrativa galdosiana 

Unos de los principios básicos que determinarán la creación literaria de Benito Pérez Galdós está relacionado con el papel jugado por el folletín en el desarrollo y evolución de la novela realista. Galdós, pese a ser un ávido consumidor de este tipo de relatos en su adolescencia, dejó constancia en múltiples ocasiones de la falta de estimación que siente por este género, lo cual, como indica Ynduráin (Galdós entre la novela y el folletín), no le impedirá sufrir el leve contagio de algunos de sus recursos, al menos en las obras de su etapa inicial y en las dos primeras series de los Episodios Nacionales. Galdós tomará de estas obras la utilización de tipos esquemáticos, de ciertas situaciones y la aplicación a la novela del tono y del estilo que caracteriza al folletín.
Por otro lado, don Benito cree que la labor del novelista es la de reconstruir toda la sociedad en el texto literario. No obstante, el escritor canario centrará su atención en la clase burguesa madrileña, de la cual forma parte. Especial interés mostrará por intentar reflejar la vida de los sectores sociales relacionados con la burocracia, una clase media que se caracteriza por vivir más hacia fuera, hacia el mundo de las apariencias, que hacia dentro, coherente con las propias circunstancias personales con las que le toca capear. Galdós, así, desnudará ante el lector ese mundo interior, caracterizado por los contrastes derivados de cierta hipocresía social que conduce a sus protagonistas a aparentar lo que no son y nunca podrán ser. La crítica satírica del "quiero y no puedo" se convertirá de este modo en uno de los leitmotiv recurrentes de la narrativa galdosiana, llevándole, en no pocas ocasiones, a acercarse a tipos y ambientes ajenos al mundo burgués, pero que se encuentran directamente relacionados con esta especie de "mal pasar" disimulado del que estamos hablando. Entran así en las novelas de don Benito el paisaje y el paisanaje del Madrid humilde, que si bien es cierto que en pocas ocasiones desempeñan un lugar central en sus textos, si que funcionan como conveniente contrapunto (el ejemplo más evidente puede que sea Misericordia) a ese animal herido que es la clase media venido a menos.
Ejerce de este modo Galdós una crítica de la sociedad contemporánea, pero una crítica que Oleza (La novela española del XIX: del parto a la crisis de una ideología) considera en todo caso constructiva y sincera. Se trata de hacer evidentes los problemas nacionales para, desde esa identificación, colaborar a la mejora de las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto. Se sitúa de este modo la obra de don Benito en la órbita de la ideología del liberalismo individualista tan propia de la época y con la cual simpatizó el autor.

Etapas de la narrativa galdosiana

En el siguiente apartado recogeré dos clasificaciones distintas de la narrativa galdosiana. La primera de ellas responde, en su mayor parte, a la propuesta por Gustavo Correa, la segunda, más tradicional, sigue la propuesta por Pedraza y Rodŕiguez Cáceres (Manual de Literatura Española: Época del Realismo).

Gustavo Correa

  • Novelas de la primera época.
    • Periodo histórico (1867-1874). Durante esta etapa Galdós se sumerge en la historia para encontrar los antecedentes de la situación contemporánea. La Sombra, La Fontana de oro.
    • Periodo abstracto (1876-1878). Se ocupa de investigar las deformaciones ideológicas de la sociedad española y su influencia en la vida familiar. Se trata de novelas de tesis que proporcionan una visión esquemática de los personajes. Especial importancia del problema religioso. Doña Perfecta, Gloria.
  • Periodo naturalista (1881-1885). Es el momento de máximo esplendor de la narrativa galdosiana. Su novela se ve levemente influida por las teorías naturalistas. Los escenarios rurales son sustituidos por las calles madrileñas por las que camperán a sus anchas los representantes de la burguesía. La desheredada, El amigo Manso, Tormento.
  • Periodo de interiorización de la realidad (1886-1892). Fortunata y Jacinta será la obra de transición de este periodo. En él Galdós se internará en la conciencia de los personajes, interiorizando el concepto de realidad. Fortunata y Jacinta, Miau, Ángel Guerra.
  • Periodo espiritualista (1892-1905). Estrechamente relacionada con la anterior aporta una visión de la realidad eminentemente espiritual. La individualidad se verá vigorizada mediante el ascetismo y el renunciamiento. Se producirá al mismo tiempo una revalorización del mundo moral y religioso. Nazarín, Misericordia.
  • Periodo simbólico (1905-1915). Romperá con las limitaciones de la realidad para centrarse en el universo de la alegoría. El caballero encantado, La razón de la sinrazón.

Pedraza y Rodríguez Cáceres

  • Primeras novelas (1865-1881).
  • Novelas contemporáneas 
    • Primera etapa (1881-1888). Obras más cercanas a la realidad observable y verificable. La desheredada, El amigo Manso, Tormento, Fortunanta y Jacinta, Miau.
    • Segunda etapa (1889-1909). Mayor interés por los fenómenos psicológicos de signo espiritualista. Se hace evidente la influencia de las corrientes religioso-filosóficas de finales de siglo. La incógnita, Misericordia, Nazarín.
  • Novelas finales. (1909-1915). El caballero encantado, La razón de la sinrazón.




miércoles, 14 de noviembre de 2012

Los precedentes, evolución y características de la novela realista en España

El taller del pintor,  Courbet, 1855.
Precedentes de la novela realista

La novela realista no surgió de la nada. Existieron toda una serie de formas narrativas que de algún modo colaboraron a la construcción de esa nueva manera de novelar que representaba el Realismo. Entre estas, pese al desprecio con que parece contemplarlas don Benito Pérez Galdós, jugaron un papel capital tanto los folletines como las novelas por entregas. Este tipo de composiciones, cuyo autor más destacado sería Wenceslao Ayguals de Izco, exportador del género, precisaban describir con detalle los ambientes en los que se desarrollan sus narraciones. La vida urbana de la sociedad contemporánea, los interiores de las casas burguesas o la pobreza de los barrios marginales pasaron a ser pintados ante los ojos del lector con tintes vivos y verosímiles. El desarrollo en estas obras de las técnicas descriptivas serían, al menos en parte, asumidas por los escritores realistas del siglo XIX. 
Wenceslao Ayguals de Izco
Otro precedente de la novela realista lo encontramos en el cuadro de costumbres. El afán por escudriñar la realidad, por describir hábitos y usos sociales, influirá de manera decisiva en la nueva manera de novelar. No obstante, de la misma manera que los cuadros de costumbres sirvieron de acicate a una novela que tendría como premisa fundamental la observación de la realidad, funcionó también como fuerza centrífuga que impedía la consolidación del género. En los cuadros de costumbres la descripción se convierte en protagonista de la narración desplazando, y en no pocas ocasiones haciéndola desparecer, la trama. Esto, como es lógico, se enfrentaba directamente con las características de la novela que, por encima de todo, es suceso, acontecimiento, trama. De este modo, los cuadros de costumbres proporcionaban a la naciente novela tanto una serie de herramientas valiosas como un serio escollo que refrenaba su eclosión. 
No podemos dar por concluido el presente epígrafe sin hacer mención de las denominadas novelas de sucesos contemporáneos. Este tipo de composiciones trataban asuntos de la historia cercana. Entre ellos parece existir una especial predilección por los acontecimientos de la Guerra de la Independencia, tal y como ejemplifica la obra de Juan de Ariza El dos de mayo. Igualmente, se tratarán problemáticas rigurosamente coetáneas, lo cual obligaba a sus creadores a tratar hechos y circunstancias concretas. Serán este tipo de composiciones las que, a juicio de Pedraza y Rodríguez (Las épocas de la literatura española), se convertirán en el más inmediato precedente de la novela realista.

Evolución de la novela realista

El desarrollo de la novela realista-naturalista pasará por distintas fases. En un principio los escritores comprendieron que el formato de la novela les permitía demorarse en las descripciones de todo aquello que rodeaba a la acción principal. Esto propició que las novelas de sucesos contemporáneos evolucionaron adquiriendo una mayor coherencia en sus argumentos y dotando a sus personajes de mayor profundidad. La fontana de oro, El audaz o La sombra, todas ellas de Galdós, son ejemplos representativos de este tipo de composiciones. 
Juan Valera
En estos primeros tiempos de la narrativa realista nos encontramos también con el llamado realismo idealizante de Juan Valera. Se trata de unas obras que, valga la paradoja, participan de postulados clasicistas en la misma medida que lo hacen de preceptos platónicos. En obras como Pepita Jiménez o Doña Luz, Valera profundiza en el análisis psicológico de sus personajes al tiempo que los sitúa en una naturaleza idílica. 
La llamada novela de tesis, donde la trama se sitúa al servicio de las ideas morales o políticas de su autor, es igualmente un importante exponente de la novela realista todavía en ciernes. Benito Pérez Galdós escribiría obras como Doña Perfecta o Gloria que censurarían claramente la intransigencia religiosa. 
Pedro Antonio de Alarcón
Una postura diametralmente opuesta mantendría Pedro Antonio de Alarcón, quien en El escándalo o El niño de la bola, defendería posturas que bien podríamos considerar de ultracatólicas. Presupuestos antiliberales no exentos de sátira encontraremos en El buey suelto o Don Gonzalo, González de la Gonzalera, ambas de Pereda. 
La publicación en 1881 de La desheredada de Galdós marcará el comienzo de lo que rigurosamente podemos considerar novela realista. La obra, que no fue muy bien recibida por el público, se basa en la observación libre de la realidad, renunciando a toda tesis pero recreándose en la descripción de los ambientes sórdidos por los que se mueve su protagonista. El decidido y entusiasta apoyo con que Leopoldo Alas y Giner de los Ríos acogieron la obra de Don Benito, fueron decisivos a la hora de fijar la determinación con la que nuestro escritor continuaría con la senda de la novela realista recién iniciada. Fruto de esta determinación sería la serie “Novelas contemporáneas”. 
Por lo que se refiere al Naturalismo español la cuestión no deja de estar exenta de polémicas. Mientras Pedraza y Jiménez (op.cit.) consideran que se trataron algunos de los temas y se utilizaron buena parte de las técnicas naturalistas en obras como La cuestión palpitante de Emilia Pardo Bazán, autores como Beyrie en su artículo “A propósito del naturalismo: problemas terminológicos y perspectiva literaria en la segunda mitad del siglo XIX”, dudan seriamente sobre la existencia de un Naturalismo español, señalando que lo que otros críticos creen identificar como tal no es otra cosa que el influjo de las obras más significativas de este movimiento escritas al otro lado de nuestras fronteras. 
Emilia Pardo Bazán
Personalmente creemos que el Naturalismo, de haberse dado en nuestro país, no se caracterizó por la virulencia con que creció en otras literaturas. Nuestros escritores no llegaron a aceptar el determinismo promulgado por Zola. Tampoco sus obras resultaban tan morbosas, ni desagradables y obscenas. Se trataría pues de un Naturalismo matizado, en el que el patetismo nunca alcanzaría las cotas de Los Rougen-Macquart. Historia natural de una familia en el segundo Imperio
La década comprendida entre 1880 y 1890 será la que aportará a la literatura nacional las piezas maestras del Realismo. Junto a la ya citada La desheredada, Galdós produciría, en estos años, obras tan significativas como Tormenta, Fortunata y Jacinta o Miau. Pereda daría a la imprenta Pedro Sánchez y Montálvez, además de una serie de obras donde utilizará la observación y las técnicas naturalistas, pero prescindiendo por completo de su temática, sustituida por la evocación de su patria chica, la montana cántabra. (El sabor de la terruca, Sutileza, Peñas arriba). Por estos mismos años Doña Emilia Pardo Bazán publicará La madre naturaleza, La Tribuna, y Los Pazos de Ulloa; Clarín La Regenta y completarán el panorama escritores como Octavio Picón, Armando Palacio y José Ortega Munilla. 
Después de 1890 se producirá un paulatino proceso de interiorización en la novela. Las descripciones perderán protagonismo y los personajes estarán más desarrollados. Ejemplos de este tipo de composiciones serán Ángel Guerra y Misericordia de Benito Pérez Galdós o La quimera y La sirena negra de Emilio Pardo Bazán. Juan Valera, que había dejado de escribir en la época de mayor esplendor de la novela realista, volverá a publicar con su obra, de cariz idealizante, Juanita la larga.

Rasgos principales de la novela realista-naturalista

Podemos resumir en los siguientes rasgos las características más destacadas de este tipo de novela: 
  • Observación de la realidad desde un punto de vista eminentemente burgués, pero no por ello exento de crítica hacia esa clase social. 
  • Los ambientes que predominan en este tipo de composiciones son los urbanos, especialmente Madrid. Estos tienen una serie de connotaciones positivas frente a las negativas, en concreto el oscurantismo, de las que se suelen cargar los ambientes rurales. 
  • De forma general se suele dejar en un segundo plano a los sectores del proletariado. Esto respondía al miedo que comenzaba a experimentarse ante la progresiva organización del mismo. 
  • El personaje prototípico y protagonista será el burgués y será su problemática la que se destile en las páginas de estas novelas. Sus circunstancias, especialmente las económicas, serán las que se ventilarán en estas novelas. 
  • En ciertas ocasiones el interés naturalista puede propiciar que el objeto de la observación se desplace al mundo marginal. 
  • Se cumple una serie de rigurosas exigencias artísticas: 
    • Creación de un mundo autónomo. 
    • Presencia de un narrador omnisciente. 
    • Abundancia de descripciones. 
    • Presencia importante de diálogos lo cual proporciona al lector una sensación de mayor proximidad a lo narrado en la novela. 
    • Presencia del monólogo. 
    • Minuciosa caracterización de los personajes que se encuentran dotados de una compleja psicología que evoluciona en el tiempo narrativo. 
    • Utilización de aquellas variantes sociales y geográficas que colaboren a hacer más verosímil la narración. 
    • Búsqueda por encima de todo de la eficacia narrativa que se encuentre en consonancia con los presupuestos realistas en detrimento de los primores estilísticos.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Novela realista en España. Contexto y etapas


Contexto socio-político

Es posible distinguir tres momentos distintos en el periodo histórico que en España vería el nacimiento y posterior auge de la novela Realista-Naturalista. 
Así, en el reinado de Isabel II, bajo los gobiernos de Narváez, O-Donell y Espartero, España experimentará un fuerte desarrollo económico que favorecerá el afianzamiento de los sectores capitalistas de la sociedad. Al final de este periodo se produjo una progresiva radicalización de las posturas políticas que llevó a los conservadores liberales a ser excluidos del juego político y como consecuencia se llegaría a la Revolución de 1868.

Se iniciaba así el segundo periodo de este etapa al proclamarse la Primera República Española. En su principio la República contenía el germen de una democracia de tintes liberales, pero dicho proyecto fracasó estrepitosamente. A los múltiples conflictos internos que tendrían como resultado la sucesión vertiginosa de gobiernos, cabría añadir la guerra que durante diez años España se vería obligada a mantener con la Cuba colonial. Como consecuencia, en diciembre de 1874, un pronunciamiento de Martínez Campos terminaría con la República.


El último momento del periodo que estudiamos sería el de la Restauración. Terminada la República la monarquía volverá al trono de España, Cánovas será el encargado de desplazar a los militares del poder para crear un régimen liberal-conservador fundamentado en el principio de la alternancia en el poder previamente acordada. De este modo se sucederán en el tiempo los gobiernos conservadores del mismo Cánovas y los liberales de Sagasti.


Etapas del Realismo español

En la segunda mitad del siglo XIX se producirá el nacimiento, auge y decadencia de la novela realista-naturalista. Así, entre 1850 y 1875 se iniciará un debate entre quienes pretendían seguir cultivando los moldes románticos y aquellos otros que se inclinaban por las nuevas formas de la novelística que se encontraban ya en el camino de la novela realista. A este primer momento Pedraza y Milagros Rodríguez (Las etapas de la literatura española) lo denominan eclecticismo.
El fracaso de la República proporcionó un ambiente propicio para que entre 1875 y 1880 se intentarán las primeras obras claramente realistas.
Entre 1880 y 1890 se dará la maduración definitiva del Realismo al tiempo que comenzará el influjo del Naturalismo. Con ello se dará origen a una narrativa basada principalmente en la observación.
Los treinta años que separan 1890 de 1920 serán testigos del agotamiento de la novela realista. Poco a poco se habrá ido perdiendo la fe en las teorías positivistas al tiempo que la novela se interesará cada vez más por la interioridad de los personajes que pululan por ella.